Consumo y hegemonías

Allá en los años 80 del pasado siglo, vi un letrero pintado en el lateral de un camión de transporte colectivo en Panamá —sin  duda  escrito por su feliz propietario— que decía lo siguiente: “Es cierto que no puedo acostarme con todas las mujeres del mundo, pero al menos debo hacer el intento”.

Un concepto sexista, machista y todo lo que se quiera, pero que parafraseándolo se presta para afirmar que: “si bien es cierto que no puede aspirarse a alfabetizar culturalmente a todos los hombres y mujeres del mundo, al menos, debe hacerse el intento”.

Un esfuerzo que requiere del concurso inteligente de muchos, porque en él nos va una responsabilidad civilizadora y de difícil recuperación, una vez las musarañas del más abaratado consumo se nos instale en la cabeza.

En nuestro país no faltan los que critican cualquier empeño de alfabetización del gusto, o como se le quiera llamar a ese intento de hacernos culturalmente más plenos, mejor preparados y, por ende, más activos frente a las vidriera del consumismo ramplón, y lo califican de controlador y continuista de una política cultural envejecida y signada por una hegemonía asfixiante, hegemonismo —y ellos han puesto la palabra de moda— que conspira contra la sacrosanta libertad individual del ser humano, esa que hace creer ingenuamente que nuestros gustos escapan de las influencias largamente trabajadas e impuestas por otros, o para ser más precisos, impuestas por una hábil y millonaria industria del entretenimiento que desde que venimos al mundo nos hace sentir inferiores si no estamos a tono con sus modas y producciones.

Llevado al terreno de la política, no hay nada más parecido a un discurso neoliberal que abogue por el clásico “laissez faire”, ese dejar hacer mediante el cual el ser humano es un átomo suspendido en los vaivenes de una existencia tecnológica capaz de regular los diferentes aspectos de la vida por si sola, y sin que medien intereses políticos, sociales y económicos de ningún tipo, un país de Jauja en el que, remedando el titulo de una recordada película española To el mundo e güeno.

A partir de esa visión, un tipo determinado y masivo de público nació para consumir culturalmente el amor, la pasión y cuantos sentimientos puedan existir en el dominio artístico mediante los códigos de las telenovelas más rastreras, mientras que, ellos —los que protestan aduciendo que no quieren interferencia hegemónicas en la formación del gusto— los que estudiaron y perfilaron gustos, aborrecen esos descartes procedentes de una Industria Cultural que se ceba en lo insustancial.

Disertación de corte neoliberal, por demás, que en lo absoluto le presta atención a las ideologías y los procesos educativos, dejados a un lado para ser suplantados por el discurso de las nuevas tecnologías y las florecientes generaciones de consumidores, las que, preocupadas solo por el último grito del más reciente software y por las deslumbrantes aplicaciones dirigidas a sus celulares androides, no quieren escuchar ni recomendaciones, ni opiniones de ningún tipo, esas “muelas” perturbadoras y demodé como la que, posiblemente esté dando yo en este momento.

Nadie discute que quien ose darle la espalda al influjo social de las nuevas tecnologías se queda, intelectualmente hablando, en la retaguardia, pero quien trate de explicar lo humano y lo divino de esta existencia nuestra solo a partir de una esencia totalizadora conformada por esas nuevas tecnologías, pierde de vista factores tan decisivos como los de cultura, historia y nación.

La palabra de orden para los “antihegemónicos” parecería ser entonces consumamos, consumamos sin crítica alguna todo lo maravilloso que nos están ofreciendo las nuevas tecnologías —y en verdad que es un mundo maravilloso— ¿pero dónde quedaría la función intelectual, analítica, totalizadora, la que demanda —para solo poner un ejemplo— que a la hora de hablar del cine de 3D se exponga no solo que el proceso creativo exija planeamientos artísticos diferentes, o se canten las maravillas visuales que el recurso posibilita, sin detenerse a pensar que si bien la 3D llena las salas del mundo, lo hace mediante la vuelta al cine más comercial, el mismo concepto  de espectáculo con que nació el cinematógrafo hace más de 100 años, deslumbre más que pensamiento, y al respecto no son pocos los especialistas que afirman que la 3D estaría por demostrar que puede ser asimilada   intelectualmente, como en su momento lo hizo el color en suplantación del blanco y negro. Y los que tengan dudas, revisen los títulos de los filmes realizados con esa técnica para que comprueben cómo se imponen las historias simples y llenas de acción y, por supuesto, los efectos especiales.

No dejan de ser ilustrativos y altamente valorados los discursos acerca de las nuevas tecnologías y los cambios en el consumo que ellas traen aparejadas, pero creo percibir que en algunos de esos discursos  se siguen echando a ratos en un mismo saco identidades múltiples, sin reparar que se pretende moldearlas acorde con un modelo de vida imperante en una sociedad que, desde siempre, ha tratado de exportarnos sus modelos coloniales. Y si alguien tiene duda al respecto, que ponga el televisor en cuanto llegue a su casa y busque una de las muchas películas sosas norteamericanas que por necesidades de la programación están ahí, aunque  a veces son las manos incapaces de nuestros programadores los que deciden que estén ahí.

En cuanto a las hegemonías culturales, permítanme decirles que conocí una tan aplastante como adormecedora, aunque en aquel momento no me diera cuenta de los sometimientos a que era sometido y hasta pagara por ellos. Fue en la década del 50, siendo un niño, cuando prefería ser un soldado yanqui matando indios en el oeste, antes que un mambí luchando contra España, y me gustaba ser, aunque fuera un enclenque, un Tarzán rompedor de mandíbulas de cocodrilos y africanos, seducciones culturales e ideológicas que serían largas de enumerar y que agazapadas en diferentes pieles y modernidades, nunca han desaparecido, ni desaparecerán, de nuestras pantallas y otros medios.

Los Estados Unidos acababan de salir victoriosos de la Segunda Guerra Mundial y debían adaptar su economía bélica a los tiempos de paz. Y aunque fueron unos cuantos los tanques pensantes que trazaron los nuevos rumbos dominadores del mercado, correspondió al economista Víctor Lebow dar a conocer, en 1955,  el más contemporáneo de los discursos glorificadores del consumismo. Tan contemporáneo ese discurso, sesenta años después, que pareciera que la Industria del entretenimiento que hoy domina hábitos y bolsillos lo utiliza a diario como un dogma sin réplicas.

Cito textual uno solo de los conceptos esgrimidos por el señor Víctor Lebow: “Nuestra economía tan productiva requiere que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos en rituales la compra y el uso de bienes, que busquemos la satisfacción espiritual y de nuestro ego en el consumo. La medida del estatus, de la aceptación social, de prestigio, se encuentra ahora en nuestros patrones de consumo. El verdadero sentido y significado de nuestras vidas está expresado en términos consumistas. Cuanto mayor sea la presión sobre el individuo para que acceda a salvaguardar y aceptar los estándares sociales, mayor será su tendencia a expresar sus aspiraciones e individualidad en función de la ropa que lleva, lo que conduce, lo que come, su hogar, sus hobbies”.

Solo me quedaría por agregar que el más multimillonario de todos los consumos de nuestro días es el consumo audiovisual —en manos, fundamentalmente, de los dominadores del Norte— y aunque el señor Víctor Lebow nunca habló de ideología exportada, no tengan duda de que ella viene de ñapa, de contra, o como se le quiera llamar a lo que en apariencia no se cobra, pero tiene un precio.

Ello debería tenerse en cuenta por aquellos que, al referirse a diversos problemas de nuestra cultura —problemas que sin duda han existido en diferentes etapas y seguirían existiendo por ser la nuestra una sociedad viva y participativa— tratan de encasillarlos a partir de un alarmante y, algo extraño, concepto  de “hegemonía”.