Confines, de Eduardo Montalbán Quintana

Contrario a aquel axioma de Georges Sand donde aseguraba que “de nada vale pensar al escribir; el pensamiento y la palabra se llevan mal”, aparece en Confines, este libro de poesía publicado por la colección Niágara de Ediciones Santiago, una postura de negación y resistencia.

Partiendo del supuesto de que el confín se entiende como límite o frontera, en este caso entre los territorios del pensamiento y la palabra, el autor, Eduardo Montalbán Quintana (Santiago de Cuba, 1966), nos emplaza ante nociones del límite nada ortodoxas e inaugura zonas que traspasan, violan las fronteras de la realidad, de donde el sujeto lírico escapa y retorna sin que percibamos cuándo se transita de la experiencia de vida a la experiencia literaria: “siembro mi canción donde los límites enmudecen”, y continúa más adelante: “siento algo indescriptible y telúrico cada vez que regreso o me despido”.



 

Dividido en tres partes, Confines no es un libro con afanes vanguardistas ni de experimentación, sino un libro donde un sujeto lírico concentrado se expresa con rigor sin muchos ambages ni regustos tropológicos, desde una entidad cognoscitiva que recuerda entre sus referentes culturales aquella inscripción en el frontispicio del templo de Delfos “nosseteit sum”, o al sentencioso Dylan Thomas cuando dijo: “poesía es lo que está bien dicho, nada más”.

Ahora, ¿cómo se puede decir bien la experiencia? Eduardo Montalbán es un poeta que ha recorrido la vida literaria santiaguera quizás con más fervor que otros poetas de su generación; eso lo comprendí hace algunos años cuando leí Crónicas del fuego (2002), donde como bien lo anuncia el título encontramos poemas que intentan huir de todo afán metapoético y logran expresarse desde una visión más social, a veces familiar, pero siempre en un tono de largo aliento, en el que encontramos mayor participación del contexto, la crónica y el tono discursivo.

Sin embargo, en Confines emerge cierto aliento filosófico que dialoga con la tradición, pero con el ánimo de cuestionarla, sacudirse de ella. Solo referencia a Sócrates, Descartes, por ejemplo, para destruir la abulia y el vacío, como estableciendo un límite, una frontera que hay que sobrevivir; allí el tiempo, como en Borges, se vuelve cuestionable.

Un conjunto de poemas breves abren este poemario, casi epigramas que se conectan como si fueran bloques o ladrillos que levantan muros por donde el lector deberá apresurarse antes de que se cierre el paso, eso si está interesado en derrumbar ciertos paradigmas que animan al poeta en su postura de resistencia, en no dejarse doblegar ni manipular, a no sumarse a esas criaturas musicales de la doble moral y el oportunismo que, según él, “tiran de todas las cuerdas y entran en todas las armonías”.

El poeta no, el poeta rompe el límite y construye su catedral de palabras, se muestra puro para escribir: “cállame, patria, si es menester callar/ que es subversiva en sí la transparencia”. “Solo te observo en la claridad eléctrica de tus noches/ con una irreverencia intramontana/ mas no sé, Cuba por qué te han esculpido de este modo”.

Otra mirada en Confines podría ser la preocupación por el cuerpo donde el poeta, consciente o inconscientemente, resuelve algunas cuestiones de su realidad: el cuerpo como espacio simbólico, más allá del sexo, lo somático, la gracia; el cuerpo como resistencia y discurso de la intensidad. “Mi cuerpo, amiga, es un campo donde entra el tiempo a golpes de balón”, o se muda de sentido cuando anuncia que “siguen los cuerpos de bacanal en bacanal, mientras nosotros padecemos nuestra patria interior”.

Finalmente, los poemas engrosan y equilibran el concepto del libro hacia la construcción del límite, añaden cierta respiración y dejan entrar en ocasiones a la vox pópuli para fabular sin la rigidez del verso y penetrar en zonas más amplias. La prosa estalla en racimo y panea la realidad exterior, las cosas y los seres del mundo material, para filtrarlos y convertirlos en belleza.

Confines se presenta así como un cuaderno de estrategias, apuntes, notas telúricas que escarban en lo esencial del ser humano y lo ponen sobre el papel con mordacidad, ironía, pero sobre todas las cosas, con honestidad y sacrificio al tratar de explicarlo con el mínimo de palabras. Ojalá el lector se adhiera a ese embellecimiento del lenguaje del que hablaba Gastón Bachelard, al no poseer el don o el placer de crearlo.

 

Tomado de Ideas en feria.
(Transcripción Diana Ferreiro)