Comino, el hermano mexicano de Pelusín del Monte

Una de las primordiales contribuciones teóricas, entre otras tantas, del dramaturgo, investigador y profesor Freddy Artiles Machado (Santa Clara, 1946-La Habana, 2009), fue la de proponer al personaje-muñeco Pelusín del Monte, creado en 1956 por Dora Alonso, los hermanos Camejo y Pepe Carril, como títere nacional de Cuba. Ese planteamiento fue la tesis de su doctorado en ciencias sobre artes, grado al que posteriormente sumó una valiosa antología con los mejores guiones de la serie televisiva Las aventuras de Pelusín del Monte (1961-1963), adaptados al formato teatral; el ensayo De Maccus a Pelusín, el títere popular, publicado por la editorial Gente Nueva, y la creación desde su propio imaginario de la serie para televisión Despertar con Pelusín, transmitida por el canal Tele Rebelde.


Pelusín del Monte, títere nacional de Cuba. Fotos: Coretesía del Autor


Defender esa idea, sustentada en la permanencia activa durante 60 años del títere de origen campesino, lo mismo en programas escolares, la literatura, la radio, la televisión y principalmente en el teatro, no fue tarea fácil. Criterios contrarios, que iban desde el desdeño inútil al cuestionamiento caprichoso, intentaron plagar de tropiezos este noble pensamiento. Hace poco me encontré por Facebook —ese populoso libro digital de las caras— con la convocatoria acordada este año en el Congreso Nacional Extraordinario de Unima (Unión Internacional de la Marioneta), México, para elegir entre todos los titiriteros de ese hermano país, fueran o no de Unima, un muñeco emblemático que resumiera o simbolizara todo el arte del teatro de figuras en tierra azteca.

Esta hermosa invitación precisó de todos los amantes del retablo un ejercicio de memoria, que los llevó a transitar históricamente desde el posible inicio de la titerería mexicana hasta la actualidad. El afán fue gigante, salpicado de controversias y reprobaciones, mas la consulta, magnífica idea del inquieto titiritero Alberto Ignacio Larios (Nacho Cucaracho), creador y director del grupo La Cucaracha, del Estado de Jalisco, logró salir adelante. En la tierra de Benito Juárez hay una trayectoria titeril que arranca desde el bajorrelieve maya de Bilbao, donde muchos ven al primer titiritero de esos lares, hasta el nacimiento de singulares muñecos en todos los estados de ese inmenso país.

“Don Ferruco”, de Ramírez Alvarado, fue uno de los personajes títeres que trabajó en el siglo pasado al lado de la Secretaría de Salubridad del Estado, en apoyo a las campañas de vacunación, higiene y alfabetización, entre otras acciones sociales.  Otro de los designados para la elección fue “Petul”, personaje tradicional de Chiapas, llevado al teatro guiñol por el maestro Pepe Díaz, con una función igualmente educativa. Son muchos más los títeres mexicanos con posibilidades de alcanzar la categoría de emblemáticos: el “Vale Coyote”, personaje creado por la famosa Empresa Nacional de Autómatas Rosete Aranda; el “Señor Guiñol”, del grupo El Nahual, afincado en Bellas Artes, creación del inolvidable Roberto Lago; “Firuleque”, nacido de las manos de Lola Cueto, otra personalidad entrañable de la titiritería mexicana y el pícaro “Don Folías”, cuyo origen data del siglo XIX.

Juan Carlos Nuño González, director del Museo de Historia del Títere, ubicado en Tepotzotlán, Estado de Méxicoy de la revista electrónica En la ruta del titiritero, fue uno de los colegas, a sugerencia del dramaturgo y director cubano Salvador Lemis, que ayudó a enriquecer mi visión sobre esta especial elección. Me aportó datos imprescindibles para este acercamiento metafórico entre dos títeres plenos de historia. Nuño González, apasionado de la investigación, es de la opinión de que otros personajes como el intérprete de la Danza del venado, de Don Pedro Carreón, de Sinaloa, a quien tuve el honor de conocer personalmente, o la “Lela Oxkuctzcaba”, un títere bocón del yucateco Wilberth Herrera, o quizá algún títere de la familia Morales, la familia Rosas o la familia Galini,  todos con valores auténticos, también son merecedores de engrosar el honroso templo de títeres representativos mexicanos.


Comino y niños mexicanos


Sospecho que al querido Freddy Artiles le hubiera encantado este propósito, del cual salió triunfador el títere “Comino” —reconocido personaje del pintor y muralista Ramón Alva de la Canal—, cuyo nombre fue sugerencia de la bailarina de folklor Graciela Amador, animado por Dolores (Loló) Alva de la Canal y con historias escritas por el dramaturgo Germán List Arzubide (Comino vence al Diablo es una de las obras de Azurbide más representadas en nuestra Isla), todos integrantes de una de las tres primeras compañías que integraron el Teatro Guiñol de Bellas Artes en 1932.

Comino es un títere niño de marcado acento  revolucionario,  debido al modelo educativo mexicano que en la década del 30 del siglo pasado fue influenciado por la Rusia socialista. Aplaudido en las escuelas por alumnos de la enseñanza preescolar y primaria, tuvo un alto valor didáctico. Clamó a favor de las causas sociales y se movió a sus anchas en obras con temas pedagógicos y morales que no dejaron fuera ni a los más humildes ni a los campesinos.


Comino, títere emblemático de México


“Me encantaba ir a las escuelas fuera de la ciudad, recorrer los caminos, tratar con la gente sencilla, armar el teatro sobre la tierra, y con el sol, ver volar mis cortinas rojas como banderas, ver en cada par de ojos negros la inmensidad del campo y la frescura del rocío, dejar dentro de cada niño la verdad de un sueño… Muchas, muchas veces recorrí esas carreteras como cicatrices en la tierra, llevando la alegría que desbordaba en carcajadas. Tal vez, en esos caminos verdes en donde encontraba vacas, borregos y pájaros, me impregnaba de azul, de lejanía, de montañas y valles, tal vez era el alimento de mi cabeza hueca y la vida en mi cuerpo de alambre” [1]. La voz de Loló Alva de la Canal en esta hermosa evocación de sus tiempos de titiritera, parece el eco de las voces de Carucha, Pepe Camejo o Pepe Carril en los tiempos primigenios del guiñol cubano, cuando desandaban La Habana con sus muñecos, en los años 50, y posteriormente la Isla toda, con el triunfo de la Revolución.

En Cuba el títere emblemático también es un niño mentiroso y tierno, como el Comino mexicano, los dos tienen amiguitos, un perro y una abuela cariñosa. Doña Pirulina se nombra la cubana, lleva hacendoso delantal, similar al de su pariente mexica, las dos siempre quieren regañar a sus nietos, pero no pueden, se ponen sentimentales cuando estos les dan un beso. Los niños siempre conquistan los corazones infantiles y adultos con sus maneras, matizadas por la gracia y el encanto de la inocencia.

Así como los espectadores cubanos del siglo XX gozaron los dicharachos guajiros de Pelusín del Monte, convirtiéndolo en un ídolo todavía vivo en el repertorio nacional e incluso allende los mares, Comino, un títere vestido de rojo, con cachetes gordos y colorados (como su hermano cubano), de ojos chiquitos y boca sonriente, mimado y necesario para los mexicanos en otra época, ha regresado. Su rescate debe indicar un nuevo rumbo en el quehacer artístico e histórico de nuestros cercanos hermanos. Más allá de cualquier reivindicación, recuperar títeres emblemáticos es una acción que dice  mucho de la responsabilidad adquirida por los colegas mexicanos para con el presente y el futuro. Este es el inicio de una batalla por la dignificación del oficio titiritero, que allá o aquí, debiera tener carácter perenne y estar signada por la unidad, el desarrollo intelectual y técnico, más el cuidado y continuidad del patrimonio cultural de esta antigua y hermosa manifestación.

 

Notas:
1. Abriendo Brecha. María de los Dolores Alva de la Canal “Loló”, de Juan Carlos Nuño, publicado en la revista electrónica En la ruta del titiritero, del Museo de Historia del Títere, de Tepotzotlán, Estado de México.