Cinco consideraciones sobre Sonando en Cuba

1.

Si Sonando en Cuba pretendía llamar la atención de los televidentes y atraer al medio a una parte del público que se había desinteresado de la programación musical, pudiera decirse que cumplió su objetivo. Emuló con Vivir del cuento en términos de audiencia y popularidad y, a diferencia de la primera versión ─muy seguida, pero también muy criticada─, consiguió un consenso aprobatorio en cuanto a la propuesta general.


Sonando en Cuba: el rasguño en la piedra. Foto: Sonia Almaguer


El público, mayoritariamente, estuvo de acuerdo con la necesidad y pertinencia del programa a partir de un presupuesto: la defensa de los géneros de la música popular cubana. Si en aquel primer momento el repertorio se circunscribía a las especies bailables en boga durante los años 90 —plazos en que el creador del proyecto, Paulo Fernández Gallo (Paulo FG),ascendió a la fama doméstica—, esta vez se amplió el diapasón hacia otras zonas de la tradición y la actualidad.

Esto debe verse en contexto. La omnipresencia del reguetón —no confundir con otras variantes muy respetables del hip hop— y de otras no menos advertidas, pero igualmente cuestionables, derivaciones del mercado que explota los llamados aires tropicales, se vio quebrada por la irrupción de músicas que respondían a una tradición y a su evolución, las cuales encajaban en el gusto recuperado de la audiencia.

Esto, por sí mismo, justifica el programa. Mas no debe quedar en ello. Un espacio en la TV es apenas un rasguño en la piedra.

2.

Una medida de cuánto se requiere crecer para que Sonando en Cuba se eleve a la altura de lo que pretende ser, un proyecto cultural, se tiene cuando se repasan las opiniones vertidas por los televidentes al pie de las informaciones y los comentarios aparecidos en la prensa digital.

La mayoría de los pronunciamientos apuntaron a inconformidades con los resultados del concurso. No voy a tomar partido por el veredicto del jurado, pero no funcionó el método de reservarsolo para el final la disposición de un jurado ─muy calificado, por cierto─ y dejar las eliminatorias al criterio de los mentores.

No hubo un proceso previo de orientación a la audiencia acerca de los presupuestos que se evaluarían. Y ello originó desconcierto y apartó al público de la esencia de las cosas. 


Adriel López, finalista Premio de la popularidad. Foto: Web Sonando en Cuba 

3.

De la música al modelo vale la pena un acercamiento. Los realizadores, tanto en una como en otra temporada, tuvieron por referencias formatos de parecido corte puestos de moda por televisoras extranjeras.

Se sabe que es difícil la originalidad en una trama donde convergen patrones mediáticos hegemónicos, ampliamente favorecidos e impuestos por las transnacionales de la comunicación, y difundidos por todas las vías posibles, desde la antena parabólica al llamado paquete.
De American Idol a La Voz Kid, pasando por Operación Triunfo, no hubo una lectura crítica consecuente. En los pronunciamientos públicos de los realizadores, los productores y los concursantes, dichas lagunas se hicieron evidentes.

De American Idol a La Voz Kid, pasando por Operación Triunfo, no hubo una lectura crítica consecuente. En los pronunciamientos públicos de los realizadores, los productores y los concursantes, dichas lagunas se hicieron evidentes.

4.

Tampoco debemos idealizar el pasado. No está en nuestra memoria, pero sí en la de nuestros predecesores, el campanazo estruendoso con que en uno de los programas de la etapa prerrevolucionaria eliminaban a los contendientes.

Todo el mundo canta parece haber sido el referente más estable, lamentablemente agotado antes de que se apostara por su necesaria renovación. Buscando el sonero tuvo en determinados momentos sus bemoles, y en fecha más reciente, el intento de Palmas y cañas quedó justamente en el intento.

Sonando en Cuba se recuesta sobre un telón de fondo en que se ha desvalorizado el movimiento de artistas aficionados, la enseñanza del canto se enrumba casi exclusivamente al ámbito del arte lírico musical y el sistema de evaluaciones para la validación profesional de las voces, y de los músicos en general, no satisface ni las expectativas ni las necesidades.


Alcibiades Durruthy, otra revelación de Sonando en Cuba. Foto: Sonia Almaguer

Sonando en Cuba no deja de ser una isla en medio de la programación musical de la TV Cubana. La falta de coherencia en lo que se ofrece sigue prevaleciendo, con muy poco margen para la canción y sus mejores exponentes contemporáneos.


5.

Hay que reconocer la apuesta de RTV Comercial en cuanto al diseño de la producción. Fue un programa ágil, balanceado dramatúrgicamente y con una buena dosis de implicación de los aspirantes con la realidad de nuestros días.

Sin embargo,Sonando en Cuba no deja de ser una isla en medio de la programación musical de la TV Cubana. La falta de coherencia en lo que se ofrece sigue prevaleciendo, con muy poco margen para la canción y sus mejores exponentes contemporáneos.

Mientras el modelo sea competir con facturas y estrellas forjadas para el consumo, y las distinciones de la industria del entretenimiento concebidas para consumo de los públicos hispanos —véase lo que sucede en buena parte del Canal Clave o en 23 y M—, no habrá progreso.