Ciertas maneras de globalizar el jazz

Todo el mundo en todas partes quiere hacer jazz, dijo Thelonious Monk a mediados de la década de los 60 cuando descubrió que músicos asiáticos y africanos se sumaban al interés que desde mucho tiempo antes los europeos, y por supuesto, los latinoamericanos y caribeños mucho más cercanos, habían manifestado por ese complejo sonoro originario del sur de los Estados Unidos.

Cuando a instancias de la Unesco a principios de la actual década quedó instituido el Día Internacional del Jazz (30 de abril), una demostración palmaria del alcance del género aconteció en 2014, ocasión en que la celebración tuvo lugar en Osaka.

Ello permitió visibilizar a escala planetaria el gusto de los japoneses por el jazz, la proliferación de bandas gigantes, la existencia de una nutrida red de clubes caracterizados y el nicho cada vez mayor de sus creadores en los catálogos de las casas disqueras; así como significar el estrellato históricamente conquistado por el pianista y compositor Toshiko Akiyoshi y el trompetista Fumio Nanri, elogiado en su día por Louis Armstrong.

En la reciente velada habanera, que puso a Cuba en el centro de la celebración, los aficionados pudieron apreciar cómo el jazz cuenta con notables cultores más allá de los ámbitos tradicionales, y justifican a plenitud la dimensión universal de las expresiones jazzísticas.

foto de la gala cubana por el Día Internacional del Jazz
La gala cubana por el Día Internacional del Jazz reunió más de 50 músicos de importante trayectoria en el género. Fotos: Sonia Almaguer


Continuador de la saga japonesa, el trompetista Takuya Kuroda, muy joven aún, las puso todas en su instrumento, con firmeza, claridad y una dicción impecable. Es evidente su afinidad con la línea creativa establecida por Wynton Marsalis, aunque en el entorno del llamado afrobeat tiene mucho que decir.

Sorpresa mayor resultó la coreana Youn Sun Nah, con una versión inédita del “Bésame mucho”, de la mexicana Consuelito Velázquez. A un bolero de esa categoría, numerosamente abordado por las más disímiles voces desde su estreno en los años 40 por Emilio Tuero —de vez en cuando suelo escuchar las históricas grabaciones de Javier Solís, Pedro Infante, Pedro Vargas y Antonio Machín—, maltratado en versiones descafeínadas como la de Julio Iglesias y los instrumentales de Xavier Cugat y Ray Coniff, y recreado como emblema del latin pop por Nat King Cole y los mismísimos The Beatles, le ha sido afín el discurso jazzeado, en el cual, al menos, hay dos aproximaciones memorables, por parte de Carmen McRae y Michel Petrucciani.

La coreana paladeó, con más encanto que precisión, la conocida línea melódica, que dio pie a las fabulosas intervenciones de la violinista norteamericana Regina Carter y la contrabajista Esperanza Spalding, secundadas en la batería por un mexicano que muchos quisieran en su formación por la seguridad de sus trazos, Antonio Sánchez.


Esperanza Spalding.


Aunque mínima su participación en el concierto, asomó el talento del chino A  Bu. Tómese nota de ese nombre, seudónimo artístico de Dai Liang, ganador absoluto hace un par de años de la competición de Montreux, Suiza. Con apenas 19 años de edad se halla en una etapa donde acostumbra a deslumbrar con su virtuosismo. Hay que escucharlo reiventar hasta límites insospechados “Night in Tunisia”, de Gillespie. Cuando consiga madurar imágenes artísticas propias, será el Lang Lang del jazz.

De África partió una de las raíces del jazz, por lo que es lógico y natural que hacia ese continente haya vuelto. Sudáfrica es un semillero de intérpretes y exhibe una agenda anual pródiga en festivales y eventos. Mirando hacia otros países de la región puede hablarse, en cierto sentido, de estilos que beben en las fuentes tradicionales, como la experiencia del guineano Djeli Moussa Diawara y los senegaleses Moussa Sissokho y Abdoulaye Diabaté al fundar en 2003 el  Kora Jazz Trio, compuesto por piano, percusión y kora, además de sus propias vocalizaciones. La kora es una suerte de arpa africana que sobrepasa la veintena de cuerdas y se toca con los pulgares enfrentados, con un sonido relativamente cercano al de una guitarra o un laúd.

Desde el norte del continente contribuyó a la celebración, y de qué modo, el tunecino Dhafer Youssef, cantante y laudista, o para decirlo mejor, ejecutante del oud, instrumento árabe de cuerdas pulsadas, 12 agrupadas en seis órdenes, que sirvió de modelo para la versión europea que hoy conocemos.

Youssef rebasa la etiqueta que comercialmente tiende a hacer que un artista como él encaje en la world music, dada la creatividad y la filosofía desprejuiciada de sus criterios musicales. De ahí que fuera orgánico al fundirse con el changüí guantanamero y la descarga cubana.

Con artistas como los que mencionamos y muchísimos más se explica por qué el jazz cada vez más se parece al mundo. Lo hermoso será el día en que el mundo, en términos de libertad e inclusión, se parezca al jazz.