Centro Pablo: dos décadas en la visualidad artística cubana

En 1996, hace ya dos décadas, emerge en el panorama institucional de la cultura cubana el Centro Cultural  Pablo de la Torriente Brau.

En la tercera y última planta de una edificación colonial en la calle Muralla, donde hace más de un siglo los comerciantes de tela tuvieron su sitio, se instaló el Centro como una institución independiente sin fines lucrativos, con el auspicio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Han transcurrido 20 intensísimos años de duro y enriquecedor bregar, durante los cuales el equipo de ese Centro, bajo la dirección del intelectual Víctor Casaus, ha logrado amplificar dinámicas de creación artística, satisfacer zonas apenas atendidas y acoger la producción reflexiva sobre la memoria histórico-cultural. Su actividad ha estado dirigida a los cubanos, pero también con una proyección hacia Latinoamérica y el mundo.

En el ámbito de las artes visuales, he acompañado al Centro desde el periodismo y la crítica de arte durante 15 años. Apenas ha quedado exposición, evento teórico o concierto en el que participaran artistas de la plástica, al que no haya asistido, de ahí que homenajear al Centro desde estas breves líneas se me antoja una tarea casi inconmensurable, porque han sido varias las manifestaciones de las artes visuales que han recibido atención, tanto en su pequeña sala de exposiciones Majadahonda, como en otras galerías de la ciudad y también en nuestra región latinoamericana y caribeña.


Fotos: Cortesía Centro Pablo


Desde el comienzo del trabajo en el tercer piso de la Calle Muralla 63 entre Oficios e Inquisidor, se tomó en cuenta a nuestros más prestigiosos creadores plásticos. En 1997, en la ya entonces llamada Sala Majadahonda ―en homenaje al lugar donde cayera Pablo de la Torriente Brau defendiendo a la República Española―, expusieron los reconocidos artistas Eduardo Roca (Choco), Nelson Domínguez, Roberto Fabelo, René de la Nuez, Gilberto Frómeta, Julio Girona, Manuel Mendive, Juan Moreira, Pedro Pablo Oliva, Lesbia Vent Dumois, José Omar Torres, entre otros, en una muestra colectiva bajo el título Una obra para Pablo. Ellos, y muchos otros que no cabría mencionar aquí, se han mantenido a lo largo de los años como queridos amigos y colaboradores del equipo y dirección del Centro.

Grandes artistas tuvieron repetidas exhibiciones, por ese objetivo mayor del Centro de preservar la memoria histórica, cultural y artística, y tomar el presente como un referente histórico para el futuro.

Grandes artistas como Julio Girona y José Luis Posada (el Gallego) tuvieron repetidas exhibiciones, por ese objetivo mayor del Centro de preservar la memoria histórica, cultural y artística, y tomar el presente como un referente histórico para el futuro.

En 1999 el Centro Pablo creó el primer Salón de Arte Digital, único evento en su género en la Isla y uno de los más significativos de Latinoamérica. Sin pecar de excesos, podemos afirmar que ya no es posible examinar el arte cubano donde intervenga fundamentalmente la herramienta digital, sin mencionar los salones. Gracias a su realización, que con mucho ahínco desarrolló el Centro durante 11 ediciones, se ha difundido esta creación de arte y tecnología, a la vez que la institución nos ha legado con rigor una memoria de lo registrado en esos eventos (como en el libro Arte Digital: Memorias).

Por otra parte, y no menos importante, esos encuentros que se desarrollaron bajo el lema una “apuesta por la imaginación y la belleza”, permitieron la concurrencia una y otra vez de artistas y teóricos tanto de Cuba como de otros países. Me gusta citar al profesor australiano de nuevos medios Greg Giannis, cuando nos dijo que se trataba de “un evento de vanguardia, realizado en medio de dificultades, sin equivalente en el mundo, y que significa una apertura mucho mayor de lo que he visto en Occidente”.

Aunque el nombre digital no sienta a muchos, y creen que el término salones es decimonónico, de cualquier modo, y más allá de los rótulos, de lo que siempre se trató fue de dar visibilidad a algo que, hasta la realización de los eventos por el Centro Pablo, no había sucedido antes. Me refiero a poner en la mira a aquellos artistas que emplean al ordenador como instrumento, medio o soporte necesario para su quehacer en video, audiovisuales, instalaciones; o también a aquellos que operan para lograr la interactividad (con los internautas, espectadores o usuarios) y obtener simulaciones en multimedias para multiplicar de manera casi infinita imágenes, conseguir sonidos artísticos electrónicos, crear nuevos performances simultáneos en red, conformar creativos usos de espacios virtuales, originales iconografías, emplear la tridimensionalidad, etc.

En los eventos teóricos de los salones de arte digital, no solo participaron prestigiosos expertos internacionales, sino que también se revelaron aspectos que deberán tener una continuidad en su atención, como las mencionadas inquietudes de los más jóvenes ante los desniveles en cuanto a actualización y acceso tecnológico en Cuba, en comparación con el mainstream internacional.

Además, no debe olvidarse que el Centro realizó las actividades de Arte Digital Infantil o ADI, y aunque no pudieron tener un seguimiento posterior, fueron indicativas de cuánto debían explorarse en el futuro cercano, por otros espacios, instituciones y organizaciones cubanas.

También ha sido meritorio el trabajo en la web del Centro, y una vez más debo citar a Casaus, quien ha afirmado que “el Portal Arte Digital Cuba, colocado en los servidores de Cubarte, conforma el único museo virtual del arte digital en la región, con obras de cuatro centenares de artistas de más de 35 países, entre ellos Cuba”.

Igualmente, es loable la labor sistémica y coherente del Centro Pablo en su objetivo por preservar la memoria del diseño gráfico y estimular a los diseñadores protagonistas de una nueva cartelística. Es imprescindible recordar los encuentros concernientes a la gráfica cubana, tanto desde los creadores gráficos como desde el testimonio histórico que se recogió en el Centro Pablo sobre su desarrollo en Cuba. La exposición que se realizó en 2012 titulada El cartel en el Centro, ofrecía muestras de las exhibiciones y convocatorias efectuadas por la institución, ya fueran vinculadas a los eventos en específico, o a instituciones como ICOGRADA, Prográfica y el ICAIC.

Es loable la labor sistémica y coherente del Centro Pablo en su objetivo por preservar la memoria del diseño gráfico y estimular a los diseñadores protagonistas de una nueva cartelística.

El diseño siempre ha sido diana de atención del Centro a lo largo del tiempo. Con una participación importante del diseñador Héctor Villaverde, la institución dedicó un empeño específico a su identidad visual. Al respecto, han sido cuidadosos con logotipos, cubiertas, página web y DVDs, ya sea en cuanto al color o la tipografía.

Asimismo, manifestaciones como la ilustración gráfica y la fotografía han hallado un espacio significativo durante estos años en el Centro. Varios expertos han tributado al examen de problemáticas actuales, ya fuera en los Jueves del Diseño o en los encuentros con jóvenes diseñadores e ilustradores que expusieron sus trabajos al debate.

Por otra parte, la bibliografía cubana de arte se ha visto incrementada con las contribuciones del sello Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. De ello dan fe títulos como Juan David. La caricatura: tiempos y hombres; Testimonios del diseño gráfico cubano 1959-1974, de Héctor Villaverde; Eladio Rivadulla: carteles de cine (1943-1963), obra de Jorge R. Bermúdez; José Luis Posada: Cabeza para pensar y corazón para sentir, grabados y dibujos humorísticos del Gallego (preparado por Víctor Casaus y la que escribe estas líneas), y Conrado W. Massaguer. República y Vanguardia, del citado profesor Jorge R. Bermúdez, entre otros.

Temas como la violencia contra la mujer, los derechos de la infancia y la diversidad, fueron tomados como lemas para estimular la creación cartelística y hacer un llamado de atención a la conciencia de todos. Y es que las artes visuales, desde un inicio, tuvieron primacía en los proyectos que el Centro Pablo se planteó, ya fueran gráficos, editoriales, expositivos o de promoción. Esa prioridad no solo estuvo vinculada a los eventos específicos de artes visuales, sino también a la música y la poesía, con la intención de lograr un producto artístico concebido desde el conjunto único y diverso que es la cultura.

Así ha sucedido durante todos estos años con los conciertos A guitarra limpia, donde los trovadores cantan a la vida desde su ímpetu generacional.

Fabelo, Kcho, Choco, Agustín Bejarano, Eduardo Moltó, Luis Miguel Valdés, Aisar Jalil, Gustavo Echevarría (Cuty), Ernesto Rancaño, Rafael Zarza, Leonel López Nussa y Diana Balboa, se han sumado a la presencia visual en las tardes del patio de la yagruma en los conciertos, mientras los trovadores entonan sus canciones y los poetas leen sus versos. Ya fuera montadas en trípodes o expuestas en la Sala Majadahonda, las obras o muestras de los creadores se imbricaron siempre con los músicos y escritores. A la par, se trató siempre de cuidar la armonía entre sonido e imagen, de tal forma que existiera una afinidad entre los temas cantados y las piezas exhibidas, o entre el trovador y el artista plástico que exponía. Asimismo, las exposiciones fueron acompañadas de conciertos previos a su inauguración.  

El Centro siempre ha proyectado hacia todos esa intención de respeto, cordialidad e integración, desde el más joven cantautor de la novísima trova, hasta el artista plástico con una extensa trayectoria.

Ello ha dotado de un sentido de armonía a los artistas, músicos y escritores cubanos que nos hemos visto integrados humana y artísticamente, de forma mancomunada, en proyectos y presentaciones muy diversas. Y pudiera decirse que precisamente en esto radica el sentido de organicidad que identifica la proyección y labor del Centro Pablo en el escenario cultural cubano. Somos, hemos sido y seremos centropablianos, como a veces suele calificarnos Víctor Casaus. El Centro siempre ha proyectado hacia todos esa intención de respeto, cordialidad e integración, desde el más joven cantautor de la novísima trova, hasta el artista plástico con una extensa trayectoria.

Si bien son infinitas las gratitudes que el Centro Pablo tiene con la comunidad artística e intelectual de la Isla toda, de la misma manera son incontables las posibilidades de participación que hemos tenido, a lo largo de estas dos décadas, en la institución. Reconocidos hoy por teóricos y críticos, son varios los creadores visuales que se dieron a conocer muy jóvenes, por ejemplo, en los salones de arte digital; de la misma forma que personalidades afamadas del arte latinoamericano y cubano vivenciaron cuánto aportaban con su presencia durante cada etapa vencida.

Ninguno de los periodos atravesados ha sido fácil. Cada paso en la construcción de la cultura y la defensa de la memoria viva se ha logrado con el esfuerzo y el tesón de muchos compañeros y colegas desde dentro y fuera de esa institución. Creo que, como ya es costumbre en el Centro, estamos unidos para festejar este aniversario, porque 20 años del Centro “sí es mucho”, aunque la famosa canción de Carlos Gardel diga lo contrario, sobre todo, porque así lo verifican sus aportes a la cultura artística y visual de Cuba.