Cenicienta, de Mónaco a Cuba

La Habana acogió con gran entusiasmo las tres funciones de Les Ballets de Monte-Carlo como colofón del 16 Festival Internacional de Teatro. La Compañía trajo una versión de Cenicienta a cargo de su director y coreógrafo, Jean-Christophe Maillot, Premio Benois de la Danza.

La agrupación a todas luces mantiene un perfil de vanguardia inclinándose por su cercanía a los discursos expresivos más actuales. En resumen, se trata de una institución hija de los procesos evolutivos que de manera constante tienen lugar en el arte. Y digo arte en el sentido más amplio, porque los primeros elogios en esta serie de presentaciones que tuvieron lugar en la capital cubana deben ir destinados a los diseños de escenografía, iluminación y vestuario de Ernest Pignon-Ernest, Dominique Drillot y Jérôme Kaplan, respectivamente.

La pieza en cuestión, estrenada en 1999, con música de Serguei Prokofiev, reconstruye y actualiza el célebre cuento de hadas a partir de un lenguaje neoclásico contemporáneo.  Maillot es un sensible cirujano de las emociones humanas, del dolor y el placer como eje de las mismas, y un acertado compositor del movimiento. Otro de sus aciertos es el refinado y preciso uso de la ironía y la parodia, que dotan de frescura su creación y contribuyen a redondear la complejidad de la trama. Sin embargo, hay escenas que se distienden, sobre todo las eminentemente pantomímicas y otras, que bien podrían sintetizarse en el guion argumental.

Los bailarines, con una sólida base clásica, se desempeñan de forma correcta, sobresaliendo, en general, las féminas por encima de los hombres por sus líneas y la limpieza de los pasos, sobre todo en los momentos más ágiles.

De entre los protagonistas, cabe destacar el desempeño de Maude Sabourin como la Madrastra, Anjara Ballesteros en el papel de Cenicienta, Stephan Bourgond, como el Príncipe, Álvaro Prieto, como el Padre, y Mimoza Koike y Liisa Hämäläinen, ambas deslumbrantes en la encarnación del Hada.

Otro mérito de la Compañía es que si bien resulta evidente la pluralidad de nacionalidades entre sus miembros, logran una gran homogeneidad, y a la vez esta condición les posibilita particularizar ciertos rasgos interpretativos. Por tanto, en su conjunto, se convierten en un cúmulo de individualidades que se proyecta con una energía y una plasticidad similar.

Sin duda, estas han sido unas presentaciones inolvidables, no sólo por el encuentro cultural que implica cada visita de personalidades o agrupaciones foráneas a nuestros escenarios, acostumbrados a la confrontación de la más alta escala; sino también por el destello que supone volver a disfrutar de propuestas afines a otras idiosincrasias que amplían el panorama artístico de la Isla.