Causas y azares

Cuando una obra de arte resiste la prueba del tiempo es que verifica su autenticidad. Justo ello es lo ocurrido con el álbum Causas y azares, de Silvio Rodríguez. Han transcurrido 30 años desde que dicho fonograma viese la luz a través del sello EGREM. Recuerdo que a mediados de 1984 un amigo me comentó que Silvio estaba montando repertorio con el grupo Afrocuba. Mi primera reacción fue algo así como cierto escepticismo. He sido uno más de esos fanáticos que se adscriben incondicionalmente a la “silviomanía”, pero pensaba que la voz del trovador resultaría demasiado pequeña dentro de la potencia sonora de una macrobanda como la entonces dirigida por Oriente López. Meses después, al presenciar la primera muestra pública del trabajo conjunto durante la celebración del festival de Varadero, aprecié que las posibles dificultades habían sido salvadas gracias a las destacadas y funcionales orquestaciones.


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Los arreglos realizados por Oriente López para las canciones de Silvio ponen de manifiesto una muy interesante dualidad: por un lado, resaltan el trabajo de Rodríguez como solista; por otro, la labor del grupo, no limitada a la simple función de acompañante, sino que apunta a realzar los valores propios y la personalidad del colectivo. Ahí está el primer logro de la vinculación entre dos identidades artísticas independientes como Silvio y Afrocuba. Ambos salieron beneficiados al intercambiar disímiles criterios de cómo abordar el quehacer musical.

El resultado de tal comunión, que gozó del favor tanto del público nacional como internacional, aparece  plasmado por primera vez en el álbum Causas y azares, del cual ahora celebramos su trigésimo cumpleaños. En breves palabras: este disco es una obra de arte y no la simple suma de canciones como ocurre con frecuencia. Y es que desde sus comienzos como trovador, Silvio interiorizó la idea de que cantar es una manera de sangrar y, por ende, una forma de comunicarse con los demás.

Vuelvo a realizar en el presente 2016 una audición íntegra de esta producción fonográfica y  lo primero en que pienso es en la calidad de la grabación, a cargo de Santiago Cuello y Jerzy Belc. A lo anterior contribuye, decisivamente, el modo de ordenar los planos fónicos, combinados con un alto grado de sutilezas. Así, el oído adiestrado capta cada matiz, esta o aquella sonoridad de la orquestación y hasta el más ínfimo detalle en apariencia perdido en la armonía. Resultado de una eficaz labor de ecualización y mezcla, para las cuales Silvio contó con la colaboración de quien ha sido asesor artístico y arreglista en varios de sus trabajos discográficos: Frank Fernández. La compenetración existente entre el trovador y el concertista garantizó siempre un producto artístico de altos quilates.

Este álbum, grabado en España en los Estudios Sonoland, recoge composiciones realizadas entre 1967 y 1984. El peso recae en piezas del período 1967-1970, sin dudas la etapa creativa más prolífica del autor. Hay versiones de antiguas canciones rejuvenecidas gracias a nuevos arreglos orquestales que las hacen resurgir con renovado rigor. Es el caso de “Cuando digo futuro”, pieza compuesta en 1969 y que conocimos unos cuantos años atrás por la interpretación del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Dicha creación trasmite una visión optimista del porvenir y es por ello que en la presente instrumentación se hace énfasis en el aspecto ritmático para impregnarnos del sentimiento de alegría ante la nueva vida que surge.

Una de las temáticas que siempre ha sido motivo de inspiración para artistas de todos los tiempos es la muerte. Silvio no ha escapado a ello. Así, en una composición como “El pintor de las mujeres soles”, manifiesta una profunda tristeza por la desaparición prematura del amigo. De paso, también evidencia su vocación por la pintura en las imágenes de gran fuerza plástica que se hacen visibles a lo largo de la canción.

Todo auténtico creador musical sabe aprovechar los distintos géneros que se interpretan en el mundo. Silvio pertenece a una generación que de un modo u otro ha estado marcada por el rock. Títulos como “Mariposas” y “Tres mil pájaros” manifiestan tales influencias en el trovador. En Causas y azares las reminiscencias rockeras aparecen nítidamente en “Sueño de una noche de verano” dadas por la armonía empleada, el rasgueo de las cuerdas de la guitarra, el continuo soporte rítmico del bajo y la batería, y la colocación de la voz del cantante, quien por momentos realiza el ataque a la melodía de forma agresiva. A la atmósfera de rock también contribuye el final del número con una típica secuencia de acordes de blues. Esta pieza sirve, además, como muestra de la predilección de Silvio por la utilización del verbo soñar y de sus derivados, ya sea simplemente como vocablo o como agente activante del inconsciente, que le permite develar aspectos de la realidad.

No podía faltar en la producción un ejemplo de las composiciones en que él asume el lirismo clásico de la trova tradicional, pero universalizado de acuerdo con las exigencias de nuestro momento. “Historia de las sillas” es de esas canciones en que la dinámica de la guitarra y la voz de Silvio nos magnetiza y envuelve en una especie de hechizo. Por supuesto que aquí también se encuentran muestras de creaciones en las que el verso del poeta es un látigo que fustiga cuanto merece ser criticado. Hacia 1970 en Latinoamérica se discutía acerca de cuál debería ser la función del intelectual. De aquel entonces es “Canción en harapos”, obra que todavía hoy mantiene plena vigencia en su irónica denuncia a los oportunistas.

Quizá la pieza que más llama la atención, por su concepción general, sea la que da título al álbum. “Causas y azares” revela mejor que ningún otro acople del álbum la dualidad de que se hablaba al comienzo de este escrito. Dicho son —de los que invita a mover los pies— comienza con toda la potencia sonora que era capaz de desplegar Afrocuba; luego, en contraste, da paso al cantante y su guitarra, a los que se van añadiendo paulatinamente la percusión, una trompeta y la guitarra eléctrica con un fraseo de tres, para de ese modo evocar el septeto sonero de los años 20. Por último, se produce el encuentro entre el solista y las posibilidades que brindan las formas contemporáneas de orquestar nuestro más popular ritmo bailable.

Cuando se llega a la atmósfera in crescendo del final de “No hacen falta alas”, último número de Causas y azares, se tiene el convencimiento de que este álbum sigue representando para la música cubana, a los 30 años de su aparición, una oda al presente con una salva de futuro.