Carta de un día

A José Manuel Valladares

Esa mañana pensé que me gustaba tu cabeza rapada a lo Bruce Willis, y que las arrugas de tu frente eran tan atractivas como las de Benicio del Toro. Luego, cuando sonreíste frente a mi casa, me recordaste a Richard Gere, a pesar de que la sonrisa ocultaba un poco la elocuencia de tus ojos, que eran como los de Baldwin. Te presentaste adelantando una de tus hermosas manos, igual a las del Subcomandante Marcos, y no me importó que tu vientre me recordara al de Elliot Goull. Al decir tu nombre, con la mirada cansada que siempre tiene Willem Dafoe, mostraste una dentadura imperfecta, como la del magnífico Denzel Washington, y avanzaste un paso hacia mí, de pronto desvalido, al estilo de Hugh Grant.

―Sí, venga. Necesito un hombre que pinte las paredes, que arregle las tuberías, que componga el teléfono y que resuelva la rotura de las luces, te dije lo más parecido a Sharon Stone que me fue posible.

Sobraban veinte palabras en mi respuesta, pero no quisiste darte cuenta. Con la misma ternura de Julia Robert pasé horas mirando cómo preparabas las mezclas de pintura y observando la fuerza de tus brazos al impulsar la brocha, como si yo fuera Nicole Kidman en ropa de “Molino Rojo”. Muy a lo Jessica Lange fui ofreciéndote refrescos en medio de tu trabajo con los cables, inspeccionándote con el retorcimiento de una Demi Moore a medio camino con la desfachatez.
No me impresionaba tanto lo bien que hacías cada cosa ni el sorpresivo arreglo que ibas logrando, sino que al terminar los techos me recordaras a Morgan Freeman. Que una vez el teléfono y las luces listas, yo dejara de ser la Brigidte Bardot de antes para convertirme en la Lauren Bacall de los noventa. Que no fuera más Penélope Cruz ni Mónica Vitti, ni la Raquel Welsh de siempre.

Al final del día, cuando nos parecíamos más bien a Henry Fonda y a Katharine Hepburn en “La laguna dorada”, ocurrió   el milagro. Ya tus espaldas no eran las de Kirk Douglas ni mis piernas las de Marlene Dietrich ni tu boca la de James Wood ni mis ojos los de Liz Taylor ni los de Simone Signoret, ni mucho menos nuestros cabellos como los de Tom Hanks o Marilyn Monroe.

De noche fuimos lo que siempre habíamos sido: ignorados, grises, caminantes de no hacer ruido, pero ahora con la sorpresa de haber descubierto que no íbamos a renunciarnos. Que aunque nunca se supiera, o por eso mismo, nos sentíamos deliciosamente lindos, igualmente bellos, definitivamente reales. Sencillamente tú y yo, sin parecernos a nadie, ocupando la madrugada en darle aletazos a una soledad que ya nos había durado demasiado.
 
(Del libro Será siempre)

FICHA
Laidi Fernández: Médico y narradora cubana. La Habana, 1961. Miembro de la UNEAC. Escribe para varias revistas culturales digitales como La Jiribilla y Cuba contemporánea. Entre sus publicaciones se encuentran: Dolly y otros cuentos africanos (1994); Clemencia bajo el sol (Gran Premio Cecilia Valdés, 1996), Oh vida (Premio UNEAC, cuento, 1998), La Hija de Darío (Premio Alejo Carpentier 2005), Nadie es profeta (Ediciones UNIÓN, 2006), La vida tomada de María E (Ediciones UNIÓN, 2008), Jugada en G, (Ediciones Unión, 2014), La lista de Universo (Ediciones Matanzas, 2014), Será siempre (Ediciones Holguín, 2014), La Habana en dos tiempos (Ediciones Holguín, 2014), compilación de estampas escritas por Jorge Mañach y Eladio Secades; Sucedió en Copperbelt (Premio de cuento Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC, Ediciones UNIÓN, 2014). Con “Naderías de hoy” obtuvo el Gran Premio del Concurso Internacional de Minicuentos “El Dinosaurio”, 2015. En 2004 recibió la Distinción por la Cultura Nacional. Coordina y conduce el espacio Miércoles de Sonrisas, dedicado al humor en la literatura, en el Centro Dulce María Loynaz.