Carta abierta a Guillermo Rodríguez Rivera

Hermano, de nuevo nos sorprende la partida del viaje sin retorno y duele todavía mucho más porque no se esperaba. De todos modos, tus amigos tenemos la certeza de que a donde quiera que llegues, te vas a sentir orgulloso de todo lo que hiciste por este mundo. Amaste tanto como el gentilhombre de las novelas de caballería que siempre has sido, y en reciprocidad, por supuesto que fuiste muy amado. Por algún lugar tengo anotado tu poema sobre una receta para enamorar que todos pudimos leer, escuchar o verte recomendando por cualquiera de nuestros medios, y aunque me la sé casi de memoria, voy a extrañar la posibilidad de hacerte de vez en cuando una consulta para corregir el tiro si hiciera falta.

Antes de continuar hablando de cómo vivías en compañía de la poesía, quiero darte las gracias por todo lo que has hecho a favor de promover la trova de siempre en donde te dieran un chance. Nunca te lo dije porque no coincidíamos por esos días, pero debido a las notas que escribiste para el CD Con Olor a Manigua, el disco alcanzó esa solemnidad propia de las canciones que le han cantado a la patria en nuestras guerras de independencia, como también fue excelente la nota que hiciste para el reciente disco de Lynn Milanés cantando a Sindo Garay.


Foto: Internet


A quienes todavía no te identifican, solo les digo que recuerden al crítico literario que estuvo durante unos cuantos años en el intermedio del programa Escriba y Lea de la Televisión cubana. Pero mucho antes de trabajar en ese popular programa televisivo, Jorge Gómez, Pepe Rodríguez y yo, nos pusimos de acuerdo para que fueras parte del colectivo del programa Encuentro con la Música, de Radio Progreso, hacia finales de los años 70.

Desde tu sección La Poesía, de cinco minutos de duración al aire, cuántas reflexiones nos hiciste acerca de la necesidad espiritual de cultivar la lectura de la buena poesía tanto de nuestro país como la de cualquier parte del mundo.

Y ya que estamos hablando de enseñanzas, nunca imaginé que al graduarme de la Escuela de Artes y Letras, iba a tener el privilegio de trabajar contigo, uno de nuestros maestros de Literatura. Como ya estoy a punto de despedirme, permíteme compartir con los lectores esta simpática anécdota ocurrida entre tú como maestro y yo como alumno:

Durante uno de los exámenes de tu asignatura, escribíamos en hojas lisas y yo tenía el hábito de dirigir los párrafos hacía arriba, como si mis oraciones quisieran salirse del borde de las hojas. Cuando nos devolviste a cada cual el examen revisado, recuerdo que en mi primera hoja escribiste una frase lapidaria: “¿Hasta dónde piensa Usted llegar?”. Por supuesto que te referías al mal habito de escribir desordenado, pero en ese momento lo tomé como una invocación de hasta dónde yo sería capaz de avanzar en mi profesión una vez graduado, si seguía escribiendo así. Ante semejante reto venido de alguien que he estimado y respetado siempre, tomé un impulso tal que todavía, para los tiempos que corren hoy día —aunque ya camino con el cansancio de los años—, nuestra mente continúa fresca y abierta a toda nueva tarea que nos llegue en el plano profesional, perseverante actitud de los que no conocemos el desánimo ni la desidia gracias a tu oportuna nota en aquella hoja de mi examen.

Como te das cuenta, me acordaré de ti siempre.

Un fuerte abrazo,

 

Guille Vilar.