Carta a un socio que no ha ido a Las Parrandas

Muchacho:

Hay algunas experiencias a las que se llega demasiado pronto, otras a las que se llega con retraso y unas pocas a las que llegamos en el momento justo para vivirlas, disfrutarlas, analizarlas y sentirlas con toda la intensidad. Así me ha pasado con Las Parrandas de Remedios. De la disputa entre los barrios de El Carmen y San Salvador había oído hablar mucho. También había visto documentales, reportajes y fotos de amigos entre las luces, pero nada de eso se compara con la experiencia. Esta fue mi primera vez, así que no puedo comparar, ni evocar tiempos pasados que tal vez fueron mejores, y mucho menos hacer un recuento histórico desde las misas de Aguinaldo y las primeras gestiones de las Doñas Chana Peña y Rita Rueda, las capitanas pioneras de ambos barrios. 

Solo te cuento sobre mis visiones, sin la pretensión de emocionarte porque La Parranda hay que vivirla pa´ entenderla.

Lo primero que tengo que contarte es que antes de llegar a Remedios ya yo era sansarí. Y llegué con las espuelas puestas y el cantaíto oriental que me distingue. Me fui de Santa Clara para Remedios con dos amigos: Pedrito Franco y la bella Betisa. ¡Gente de teatro, ya tú sabes! Cuando llegamos tuvimos que ir a pie desde la carretera hasta el centro del pueblo; por el camino había un silencio tremendo, las casas estaban cerradas y algunas de puertas entreabiertas dejaban ver gente meciéndose, plácidamente, frente al televisor. Era el escenario perfecto para que saliera de su gruta la Gritona de El Seborucal. Esa fue una mujer que se resistió a ser atrapada en uno de los ataques piratas a la Villa de Remedios y le cortaron la cabeza con una espada. Dice la gente que desde las primeras décadas del siglo XVIII La Gritona sale cuatro viernes al año y va por las calles de La Bermeja, El Carmen, el Corojo…, asustando a los pobladores con sus horrendos gritos. Se quita la cabeza, la tira a la calle y de su cuello sale sangre fresca, entonces su cuerpo se alarga por encima de los techos y vuelve a bajar para recoger su cabeza. Mientras realiza su sangrienta rutina, va dejando a su paso muertos, abortos, cegueras y parálisis en los que escuchan su grito o la ven. Menos mal que era domingo y no viernes… si no, ¡nos coge lo que anda!

Si llegas de noche a Remedios el día 24 todos los hostales están llenos, y hasta las casas de vecinos que no tienen licencia y los portales y las calles del centro. Ahí te puedes encontrar gente de cualquier parte de Cuba que hace años no veías y lo más cómico es que todo el mundo se asombra cuando te ve. En las calles aledañas al parque hay música de la mala, reguetón, trap y más pa´ trá. Hay cientos de catres con pacotillas de colores, de esas que venden en las ferias. A simple vista es como un carnaval de pueblo, pero cuando te acercas al parque, comienza la maravilla.

Ahí están los trabajos de plaza, el de El Carmen y de San Salvador, uno frente a otro, con sus cambios de luces espectaculares. Son enormes, preciosos, pero si los miras desde atrás te vas a asombrar mucho más, porque se devela la artesanía, se descubre de forma mágica el artificio de la luz. Por detrás hay miles de cables de colores ensartados, conformando otras figuras quizás tan misteriosas y alucinantes como las que se presentan de frente. 

¡¡Tienes que verlo!! No hay descripción que se acerque a la realidad, a la vibración que esas luces producen en la gente.

Como ya sabes ocurrió un accidente, nos enteramos enseguida. Estábamos comiendo en una casa a dos cuadras del parque cuando sentimos la explosión. Pero como yo nunca había estado allí pensé que aquella humareda era algo normal, luego pasó un camión de bomberos pero no le dimos más importancia al asunto. Después de comer salimos a la calle buscando un lugar donde guardar las mochilas y la gente hablaba del accidente. Todo el mundo comentaba sobre la explosión, entonces me empecé a sentir un poco mal, porque parecía algo muy serio. La gente estaba bailando, comprando y vendiendo cosas, comiendo, cantando, todo parecía estar normal. Pero se notaba cierta sombra sobre algunos rostros. Cuando estábamos en el centro del parque, sin entender muy bien qué pasaba, dieron una información por el audio. Una voz muy seria, pero agradable, nos informó que se había producido un accidente con los fuegos de San Salvador, dio cifras de los heridos y dijo que estaban siendo atendidos en los hospitales. Se informó de la reunión con las autoridades y de la decisión conjunta de evacuar los fuegos. Solo se tiraría lo que estaba montado, del barrio de El Carmen.

Fue algo muy extraño, primero la rápida información a todo el pueblo, lo que agradecí infinitamente, porque estoy acostumbrada al secretismo. Luego pensé que suspenderían toda la fiesta, que pararían la música y que no saldrían las carrozas, pero allí la fiesta continuó, con mucho menos fuego del acostumbrado, por razones de seguridad, pero con las carrozas de ambos barrios y sus historias, las congas, las luces y la euforia de los remedianos y visitantes. Yo me afligí mucho en un momento, pensé que tenían que suspenderlo todo, pero luego entendí que el riesgo forma parte de esa cultura tan especial y tan arraigada. Que esa gente trabaja todo el año para una noche y que la fiesta popular tenía que continuar. Es algo muy difícil de entender, hay que estar allí para comprenderlo y asimilarlo. Solo tenía dos opciones: regresar a La Habana o seguirle la corriente a la gente y pegarme al fuego. Eso fue lo que hice. Deseando que todos se recuperaran pronto, me compré un sombrero, me comí un pan con lechón chorreante de grasa y una manzana navideña.

Pude encontrar un volador vivo, que se les cayó a unos hombres del tablero, lo guardé en mi cartera bien envuelto y aquí lo tengo, vibrando en el fondo de una gaveta. Te cuento que los fuegos son la cosa más impresionante que he visto en la vida. Dejé mis cosas con alguien y le pregunté a los que andaban conmigo: “¿Alguno va a correr detrás del fuego?”. Luego vi de cerca cómo colocaban los tableros con los voladores alrededor del parque y me quedé al lado de los hombres para ver cómo prendían la primera chispa. Encendí mi celular e hice un video para mostrárselo a mi hijo, que va a ser aventurero. Los hombres de El Carmen encendieron los voladores y no los pude seguir mucho tiempo corriendo porque ellos iban volando también. Ya habrás visto en una foto en mi Facebook que me quemé debajo de un brazo, el volador atravesó las tres cosas que llevaba puestas y me ha quedado una marca, la cicatriz del año.
 

Parrandas de Remedios
 

Después de la emoción de los fuegos, salieron las carrozas, cada una por su lado. La de El Carmen más fastuosa, la de San Salvador más sobria, pero ambas impresionantes y hermosas. Las congas son algo especial que tienes que ver. Imagínate que no son congas tremendas como las santiagueras con su toque inconfundible de quintos y bocuses, con su corneta china y su calor y su sube y baja. Las congas de Remedios son suaves y melodiosas. Las banderas de ambos barrios, de El Gallo y El Gavilán, sobresalen frente al cortejo de los músicos que interpretan las polkas, mientras remedianos y forasteros se unen en un mismo paso que arrolla y flota a la vez. ¡Qué maravilla!

Lo mismo te puedes encontrar un coro clásico que uno posmoderno, puedes oír uno que dice: “Con el Carmen no se juega, San Salvador, si se juega es con cuidado, San Salvador.” Y otro que dice: “Conmigo no se baila en pullas, conmigo se baila en converse”. En fin, que tienes que verlo, tienes que meterte entre sansaríes y carmelitas con el olor a pólvora y seguirles el ritmo y sentir cómo se mueven los flamboyanes de la única plaza del país con dos iglesias.

¡Tienes que ir, muchacho! ¡Tienes que vivirlo! ¡Y tienes que ser de San Salvador!

Lo más increíble es que no hay jurado, pero todos saben quién gana y quién pierde. Te digo con dolor que este año ganó El Carmen, pero el año que viene otro gallo cantará. 

Un beso y un abrazo de fuego sansarí,
tu socia,
Isabel Cristina