Carta a Mirta Yáñez

El día que Thelma Jiménez dijo públicamente que Sangra por la herida (Letras Cubanas, 2010)  era la novela de tu vida, LA NOVELA DE MIRTA (dijo en mayúsculas y en negritas para ser exacta), no entendí muy bien qué quería decir: ¿La mejor, la primera, la gran, la única novela tuya, acaso? Imaginé cuán duro y regocijante a la vez, debe ser escuchar semejante sentencia: una especie de loa condenatoria, por decir lo menos, hacia alguien dedicado a la literatura. Pero luego de leer cuidadosamente las casi 220 páginas del libro, comprendo el juicio de nuestra amiga editora. No es que sea un texto que congele tus posibilidades de seguir escribiendo novelas, sino que se trata, en mi opinión, de la gran catarsis de Mirta, del exorcismo de Mirta, del despliegue de sentimientos de Mirta largamente sepultados, de la apertura inmisericorde de heridas de Mirta que, lógicamente, se ponen a sangrar porque, ¿habían cerrado en falso?


Foto: Internet


Quisiera poder decirte que el humor, proverbial en ti, hace las delicias de la novela a través de personajes como Daontaon, por ejemplo, con las tareas insólitas que debe acometer (sugiero con particular énfasis la lectura de los pasajes que aparecen en las páginas 136 y 149, verdaderos ejemplos de tu habilidad humorística), pero restaría solemnidad al verdadero propósito del libro, según entiendo. Pudiera acusarte de excesiva nostalgia si me ciño a personajes como Gertrudis, quien reitera su interrogante: ¿Se acuerdan o no se acuerdan?, para contarnos cómo era La Habana. Su Habana, que es, por supuesto, la de hace 50 años, con Su Universidad, Sus clubes nocturnos, Sus trabajos agrícolas, Sus sueños, Sus olores y Su música. Al respecto, por cierto, me quito el sombrero ante una frase maravillosa salida de la boca de ese personaje: “El día a día no tiene banda sonora, pero el pasado sí”. 

Sin embargo, no hay desborde de añoranza sin justificación en tu novela, sino que aparece, digamos, en la dosis exacta. Es la cuota de morriña que se requiere para hilvanar un personaje con otro, una situación con la siguiente, una desgracia seguida de otras, las cuales, por cierto, abundan en Sangra por la herida. A ojo de buena cubera, contabilizo las muertes y las enfermedades, y parece mentira lo divertida que resulta a ratos la lectura de este libro tuyo: La India decapitada, la hija de la vecina de Clara Luz muerta jovencísima, la Doctora Carvajal apestando por tres días, Tomás pegándose un tiro, María Esther agonizando de cáncer, la hija de Olguita grave por no se sabe qué cosa, Lola más perdida que Martín en el bosque, La Difunta lanzándose desde las alturas, ¡Jesús mil veces!, diría Yuya.

Para no ser condescendiente contigo, a quien conozco desde que asistías a la Universidad que tanto te place describir, con pelos y lunares, a través de los cuentos de Hermi, de Tristán y de Gertrudis —aclaro que yo era una niña en ese momento—,  señalaría  entonces que los muchos personajes femeninos (pudieras haber prescindido de los masculinos, la verdad)  debilitan el discurso primordial de la novela, pero en realidad eso no sucede. Cada una de las mujeres que habita esta historia posee lenguaje propio, estilo definido, dolor o hartazgo individual, de modo que sus intervenciones son inconfundibles. Salvo La Difunta, a quien dedicas particular empeño y acaba por ser un fantasma enlazador, el resto de las mujeres cuenta su existencia con una resignación que distingue una de la otra.

La búsqueda de recuerdos atesorados durante años en baúles y cajones (fotografías, cartas, reliquias del ayer) de varios personajes como Lola, Gertrudis, Martín y su madre, representan no solo el apego emocional al pasado, sino la insatisfacción de sus vidas presentes. Bien vistas las cosas y bien leídas tus páginas, absolutamente nadie es feliz en la novela. Ni los personajes que se quedaron, ni los que se fueron, ni quienes se enamoraron alguna vez, ni aquellos que se visitan, gozan de un mínimo placer existencial. La desdicha, sin embargo, no los paraliza, y he ahí el secreto de por qué no debe considerarse enteramente desencantador el relato. Cada quien se acomoda al destino que, de una forma u otra, le ha sido conferido, y el ejemplo más aleccionador (mi personaje favorito) es Yuya.

Esta mujer incansable, cuyas ideas son narradas de forma magistral al estilo de Sostiene Pereira (aquel de Antonio Tabucci) o de Gutiérrez a secas (el de Vicente Battista), posee la fortaleza que le falta al resto. No por gusto es quien nos ofrece la oportunidad de recorrer los barrios habaneros de Alamar (zona reseñada desde sus orígenes hasta su actual decadencia) y de El Vedado, con todo su ensueño de mágica belleza venida a menos; y es también quien resiste los vaivenes de fanatismos, prohibiciones y sincretismos religiosos que acompañan cada momento histórico. Yuya es la sobreviviente por antonomasia. ¿Serás tú, Mirta, mujer rebelde y sin pelos en la lengua, como sabemos, quien se proyecta en Yuya? Nadie lo sabrá, querida amiga; ese es uno de los misterios más insondables de la literatura.

El remordimiento es otro fantasma que constantemente revolotea en las páginas de Sangra por la herida. Cuando creemos que ya sabemos todo de la vida de los personajes, que ya estamos en condiciones de otorgar perdones, de sentir lástima, nos ofreces nuevos indicios que culpabilizan a quienes tratan de engatusarnos. Estela, la emigrada en Londres, con ese exquisito lenguaje que contrasta con la desfachatez de Daontaon, con el tono pedestre de Yuya o con los desvaríos de Lola, resulta un esbirro despreciable que bien merecería una bofetada, aunque solo fuera por decir que los cubanos la sacamos del paso. La misma Lola, con sus delirios, casi me hace llorar hasta que me entero por mi amiga Yuya del peso de la culpa que llevaba entre el pecho y la espalda.

Todos esos ocultamientos que no son develados hasta el final, tienen un vínculo común: la triste historia de La Difunta. Casi al concluir la lectura de tu novela, recordé esa otra que nadie menciona nunca: Rebeca, de Daphne Du Maurier. A diferencia de ese personaje, La Difunta fue buena, como diría Machado, en el buen sentido de la palabra, pero comparten ambas el hecho de no estar vivas en ningún momento de la narración. Curiosamente, el o los verdaderos culpables de la tragedia de La Difunta, permanecen en la sombra en la novela, y quién sabe agazapados donde más, en caso de haber existido una persona así, una situación así y un momento así. Fuenteovejuna, señor, dice Gertrudis, la dama encargada de abrir ¿y de cerrar? la herida por donde sangra una ciudad conocida como La Habana, que alguien dirá que se muere, pero que al ser otra, pues no. Habrá que aclarárselo a “La Mujer que habla sola en el parque”, quien solo mira por el hueco de la rosquilla, pobre mujer derrotada.


Nota:
La novela Sangra por la herida, de Mirta Yáñez, recibió el Premio de la Academia Cubana de la Lengua, en el año 2012.
Texto tomado de Cubaliteraria
http://www.cubaliteraria.cu/articuloc.php?idarticulo=13264&idcolumna=31