Carlota en Angola

El nombre de Carlota mereció con creces ser enarbolado como símbolo de la Misión Militar Cubana en Angola hace ahora 40 años. Dos veces y por siempre el ejemplo y sacrificio de la esclava se ha inscrito en  la historia de Cuba hasta trascender al mundo.

El comienzo de la quinta década del siglo XIX se caracterizó por las sucesivas rebeliones y represiones a esclavos africanos y criollos, sobre todo en la fértil llanura La Habana-Matanzas, emporio entonces de la oligarquía negrera dada la riqueza de sus tierras con su peculiar manto freático y en particular la profusión de la industria azucarera y el desarrollo del ferrocarril, entre otras ventajas.

Infame por su crueldad generalizada, resultó la represión esclavista para quienes se le oponían y se recuerda, especialmente, la llamada Conspiración de la Escalera y su impresionante secuela de torturas, crímenes y fusilamientos ordenados por el general O´Donnell, entre ellos el del gran poeta mulato Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) y un grupo de hombres, artesanos en su inmensa mayoría, que integraban la incipiente burguesía “de color”, así como millares de negros y mulatos libres y esclavos. No escapan a la represión blancos liberales, criollos. Fue tan largo y escalofriante, en verdad, ese proceso, que 1844 ha pasado a nuestros días con el apelativo de “El año del cuero”.

Sin embargo, la historiografía tradicional cubana, en la primera república, nunca abordó como debía, el impetuoso comienzo de la rebeldía e los esclavos en ese espacio físico y en esa etapa histórica, en las vísperas de 1844.

El silencio —un olvido exprofeso, ignorancia o desestima— en no pocos casos, comenzando (más atrás) por los 160 años de rebeldía de los esclavos y sus descendientes en las minas de El Cobre en Santiago de Cuba, y luego la conspiración de Aponte, dejaron de ser eso: un silencio para Cuba y el mundo, o un recuerdo con sordina hasta el triunfo de la Revolución. De aquí que resplandece la impresionante rebelión del famoso ingenio Triunvirato, en Matanzas, y más específicamente se hace valer la dimensión heroica de una mujer llamada Carlota, la esclava rebelde, asesinada.

La rebelión que encabezó Carlota y un grupo de esclavos heroicos llegó a tener, en ese momento, repercusión impresionante entre los esclavistas que trascendían los mares vecinos del continente, lo cual hizo que se recrudeciera aún más la represión por parte de las autoridades españolas en Matanzas. La avanzada rebelde de Carlota fue sitiada y ella descuartizada. Se consumó uno de los crímenes más atroces para reprimir la lucha por la libertad de los  esclavos africanos y descendientes.

Este fue el comienzo:

Los tambores “hablaron” en el ingenio Triunvirato en los meses de julio y agosto de 1943. Había dos africanos en contacto, dicen que era lucumies: Evaristo y Fermina, esclavos del ingenio Ácana. Estos decidieron hacer campaña entre los demás esclavos para poner fin a la brutalidad de aquel sistema. Lograron comunicarse, fundamentalmente, con el lenguaje de los tambores que interpretaban con elocuencia y en Triunvirato lo secundaron. Tuvo un oído especialmente receptivo en Carlota. El 5 de noviembre de 1843 se rebelaron, en respuesta, los esclavos de ese ingenio. Carlota y sus capitanes, de acuerdo con el plan ya acordado en secreto se dirigieron de Triunvirato a Ácana para liberar a una esclava rebelde llamada Fermina, encerrada con grillos en los tobillos, por sus amos.

Carlota lideraba el rescate. Iba descalza, con su vestido de esquivación, raído y con solo un arma de filo. Fermina fue liberada y con ella otros esclavos. Los éxitos de Triunvirato y Ácana estimularon a otros negros cautivos que una vez liberados se juntaron para proseguir los ataques sorpresivos en ingenios de la zona. Libertaron a numerosos esclavos de los partidos de Santa Ana, Guanábana, y Sabanilla del Encomendador pertenecientes a los ingenios Concepción, San Lorenzo, San Miguel, San Rafael y de varios cafetales.

Pero las poderosas tropas del Gobernador seguían a la líder rebelde, que identificaban como lucumí (aunque en Matanzas estaba literalmente toda África), al fula Eduardo y sus demás compañeros hasta que en un combate tan desigual como encarnizado Carlota fue apresada. La ataron a caballos briosos que tiraban en  sentido contrario sus miembros, hasta desarticularle las extremidades y descuartizar su cuerpo.

A Fermina  reapresada y torturada, luego la fusilaron porque —se consigna en los anales— don Blas Cuesta, administrador y condueño de la finca San Rafael, apeló con ruegos tenaces al Gobernador de Matanzas para que no continuara masacrando negros inermes. Algunos esclavos liberados lograron huir. Llegaron a la Ciénaga de Zapata y continuaron luchando en el Gran Palenque de las Cuevas del Cabildo.       

La lucha libertaria de Carlota, por su fuerza aglutinadora, vigor y valentía forma parte del patrimonio cubano de rebeldía contra la opresión. Y al escoger su nombre para identificar a la Misión Militar cubana en solidaridad con Angola, fue como si sus huesos y su sangre, junto a la de sus compañeros de sublevación se hubieran juntado nuevamente —como un símbolo— para servir, mancomunada, a la liberación de los descendientes de aquellos africanos que contribuyeron, desde el llamado independentista de Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, a la fragua de la nación cubana.

Angola, en especial, sin subestimar la lucha en Namibia o la contribución al fin del apartheid en Sudáfrica, como consignó más de un vez el gran Mandela, tiene un símbolo imperecedero en la operación militar cubana revelada por primera vez al mundo entero en un artículo de Gabriel García Márquez.  

La Misión Militar Cubana en Angola “Carlota”, regresó victoriosa a la Isla y trajo de África solamente  a sus muertos.