Carbonell y la gráfica titiritera en Matanzas

Juan Antonio Carbonell Gómez (Matanzas, 1952), es un diseñador gráfico perteneciente a la época de oro de la serigrafía cubana. Lo conocí en 1987, a mi entrada en Teatro Papalote. Trabajaba desde hacía varios años en el departamento de publicidad de la Dirección Provincial de Cultura; era muy admirado —aún lo es— por Zenén Calero, responsable de la imagen escénica en el grupo yumurino.

Carbonell fue un activo colaborador de Papalote. Sus hermosos carteles adornan todavía las paredes del viejo edificio de la calle Daoíz, llamado otrora “El castillito de los niños”. El artista, que trabaja y vive desde los años 90 en España, ha regresado a la Ciudad de los Puentes en estos días, oportunidad que aproveché para repasar su importante legado artístico en la promoción del teatro para niños y de títeres.


Los hermosos carteles de Carbonell adornan las paredes del edificio de la calle Daoíz.
Fotos: Cortesía del autor

 

Su relación con el teatro se hizo más estrecha al formar parte del elenco actoral del desaparecido conjunto humorístico La Seña del Humor, pienso que eso le permitió dominar en sus trabajos gráficos la atmosfera dramática de cada puesta en escena que debió interpretar conceptual y cromáticamente. Una muñeca tierna y desvalida acodada en una esquina del cartel, fue ideal para anunciar Historia de una muñeca abandonada, texto de Alfonso Sastre dirigido, en 1981, por Sarita Miyares.  Un zapato de baile español sobre el que se posa una delicada mariposa, en medio de un bosque espinoso, resultó ideal para el afiche de La zapatera prodigiosa, de García Lorca, en 1982, según el personalísimo estilo teatral  del maestro René Fernández Santana. Lo mismo sucedió con los faroles estrellados que imaginó para  Los tres grandes farsantes cazadores de estrellas, obra escrita y dirigida por Fernández en 1983, entre otras piezas gráficas de excelencia.

En su relación con las tablas y la pista circense de ese periodo, destacan sus colaboraciones cartelísticas para el Circo Atenas, Teatro D´Sur, Teatro Mirón Cubano, o el Teatro Irrumpe, de La Habana. Más, en mi particular criterio, su contribución más apreciable ha sido la cartelería para el mítico Teatro Papalote, que recrea el mundo afrocubano, desarrollado por el grupo en montajes que fueron aplaudidos y premiados, entre 1982 y 1994, en el siglo pasado.


Cartel “Nokán y el maíz” basado en la cultura congo bantú

 

Inicia  esa colección inestimable el cartel realizado para la obra El gran festín, que concibió René en 1982, inspirado en la cultura de raíz Arará Dahomey.  Una especie de naipe de juegos, que cambia reyes y reinas europeos por los semidioses negros Gun y Gevioso Anamá, deja ver a las dos deidades guerreras, enfrentadas para conseguir, según la fábula dramática, el amor de la sensual Mase.

 En 1985, realiza el cartel anunciador de la obra Nokán y el maíz, escrita por Dania Rodríguez García.  Basada en la cultura congo bantú, que adora los animales y las piedras, la historia muestra la ambición del campesino Nokán, que quiere para él todo el maíz de un sembrado colectivo. Carbonell propone la acertada visión del personaje protagónico, cargando en solitario una gigantesca mazorca. Lo mismo hizo con las promociones de El tambor de Ayapá, también de Rodríguez, en 1987, y con la de Okín eiyé ayé, de 1988, ambas de Fernández Santana sobre la cultura yoruba. En los dos carteles prima la síntesis de color y la visión de la esencia de las historias a representar. El ciclo tuvo digna continuidad con la ilustración inteligente de otras puestas en escena escritas y dirigidas por el Premio Nacional de Teatro René Fernández Santana, en una nueva etapa del grupo.

Obiayá Fufelelé, de 1989, deja ver una máscara mitad coco, mitad histrión encubierto, que expresa la leyenda del coquito sagrado que no servía para nada. En Los Ibeyis y el Diablo, de 1992, los pícaros gemelos se ven comiendo una apetitosa guayaba y sostienen en la mano el fragmento de uno de los cuernos de Satanás. Ikú y Eleggua, de 1994, impreso en un formato más pequeño de lo acostumbrado, proclama con humor inefable el fin del valioso ciclo.

El uso de la técnica serigráfica para las promociones teatrales y cinematográficas, tuvo una profunda depresión durante el llamado Período Especial. Los carteles de Carbonell conforman hoy una colección de lujo, de la cual la agrupación atesora algunos ejemplares, sin pensar en desprenderse de ellos. Es bueno saber  que el artista ha seguido vinculado a la escena y los títeres en la Península Ibérica. Lo dicen las obras realizadas para  festivales de prestigio como el Iberoamericano de Cádiz o para la conocida Compañía de Marionetas La Tía Norica. Admirarlos es encontrarse con objetos exquisitos, unos hechos en el estilo collage, otros con tinta y pintura acrílica. El dominio del dibujo, la conjugación de volúmenes, planos, líneas y texturas, mediante el uso de maneras artesanales que van desapareciendo ante el imperio de la tecnología digital, siguen siendo en Juan Antonio Carbonell un poderío inderrotable, también inmensa nostalgia por una gráfica titiritera manual que va desapareciendo lentamente en nuestros predios.