CanciĆ³n de Rachel (fragmento)

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Esta isla es algo muy grande. Aquí han ocurrido las cosas más extrañas y las más trágicas. Y siempre será así. La tierra, como los seres humanos, tiene su destino. Y el de Cuba es un destino misterioso. Yo no soy bruja, ni gitana, ni cartomántica, ni nada de eso; no sé leer la mano como es debido, pero siempre me he dicho que el que nace en este pedazo de tierra trae su misión, para bien o para mal. Aquí no pasa como en otros países que nacen gentes por toneladas y todos son iguales, se comportan igual, y viven y mueren en el anonimato. No. El que nace en Cuba tiene su estrella asegurada, o su cruz, porque también existe el que viene a darse cabezazos.

Ahora, lo que se llama el media tinta, el que no es ni una cosa ni la otra, el tontucio, ese aquí no se da.

Esta isla está predestinada para que se cum plan en ella los mandatos divinos. Por eso yo siempre la he mirado con respeto. He tratado de vivir en ella lo mejor posible, cuidándome de ella y manteniéndome yo como centro. Para eso lo mejor que hay es trabajar, entretenerse en hacer algo y no darle mucha rienda suelta al cerebro porque es peor. Cuba es mi patria. Aquí nací y me hice mujer y artista. Y aquí es donde quiero morirme, porque si en algún lugar quisiera que me sepultaran es en este rincón. He visto otros países muy bellos, muy modernos, muy gentiles; pueblos de gran cordialidad, pero como el calor de mi patria, nada. Y eso que soy de origen europeo. Mi madre era húngara y mi padre, alemán. Ella húngara y él alemán. Ella bajita y pecosa, muy jaranera. Una mujercita de temple. Mi padre no sé. Lo vi, lo veía cada vez que mamá me enseñaba la fotografía. Parecía buen mozo. Al menos en aquel retrato.

—Era alemán, niña —me decía mamá—. Tú has sacado de él esa cabecita dura.

Mi madre me inculcó una buena educación. Y sobre todo mucho amor al prójimo. Ella tenía esa genuina tendencia a convencer, y convencía. Mamá amaba a la humanidad. Hablaba bien de todo el mundo para que la respetaran. Y no se comprometía con nadie. Ni con los maridos. Al contrario, rehusaba el matrimonio. Para ella yo era su razón, el primer y único objeto de su vida.

A casa subían los amigos de mamá y yo «buenas, qué tal» y nada más, porque en cuanto llegaba uno, la niña para el cuarto, a jugar, y cuidadito si sacaba un filo de nariz.

Mamá sabía ser una mujer recta y dulce a la vez. No había Dios que la desobedeciera. La misma criada le tenía miedo. Una criada que más que una criada era una amiga, una compañera, y sin embargo todo era: «Diga, señora», «Señora, por favor», «Con el permiso de la señora», «Si la señora lo desea», y así, de modo que yo que era su hija, sangre suya, tenía que vivir aterrada a pesar de que mamá era mi único amor, lo único que yo tenía en el mundo.

A veces yo soñaba que mamá venía con una colcha y me abrigaba y nos dormíamos las dos. Me sentía feliz en ese sueño. Otras veces mamá se hinchaba en la cama y yo me caía al suelo, ¡cataplum!, y ahí me despertaba y no pasaba nada porque yo dormía sola, solita. La costumbre de dormir siempre con una lucecita viene de esos años. Y el diablo son las cosas, porque vieja como estoy, serena y madura, y no me la he podido quitar.

Mamá lo hizo todo por mí. Sacrificó su vida por hacerme una carrera decente y lo logró.

Yo vivo en el callejón. Lo que sé de Rachel es lo que hubo entre ella y yo, y eso es personal.

Mejor entramos otro día en ese terreno. Hoy no, ella está enferma ahora con la gripe, déjenla, total ya eso no da más. Ella murió con el teatro, se quedó atrás, y de lo actual no tiene nada que decir.

Déjenla que siga en su parnaso, si la sacan de ahí, entonces sí que no hay Rachel.

Mañana yo le adelanto algo de todas maneras. Vamos a ver qué me responde. Ella a mí me hace caso. Fuimos marido y mujer y ahora toca la casualidad de que vivo a dos pasos de su casa.

Después de treinta y cinco años sin verla. ¡La vida es así!

Hay personas que venimos ya con ese magnetismo al mundo. Yo creo que lo que el destino le depara a uno siempre se cumple.

Eso le decía yo a ella el otro día: «Muchacha, que tú y yo estamos como dice la canción: “en una misma celda, prisioneros”».

Mamá no era lo que se llama una guaricandilla, una refistolera.

El que hable así está en un error. Mi madre tuvo su vida, la vivió a su manera, hizo con su cuerpo lo que le vino en ganas: maromas para sobrevivir y mucho pecho. Esa fue mi madre.

A decir verdad, yo quejas de ella no tengo. Parece que mi luz natural me la hizo comprender en todos sus pormenores. Ella sabía que yo, ya de jovencita, me lo olía todo, pero nunca me habló a las claras. Siempre fue escurridiza en ese aspecto. Se me iba por los contenes. Y yo como era una bicha ya, me callaba. A quién mejor que a mi madre le iba a guardar sus cosas, sus secretos. Todo lo que yo pueda decir de mi madre es poco. No porque esté debajo de la tierra y haya que hacerle devoción, no, sino por que conmigo fue una santa, vivió entregada a mis caprichos, a mis majaderías. Yo pedía pajarito volando y ahí iba mi madre y me traía pajarito volando.

Hablar de ella me da tristeza pero me despeja. Cuando uno quiere así, es bueno hablar de esa persona constantemente porque el amor crece.

A mí hay días en que me da por hablar de mi madre y soy una cuerda sin fin.

Luego me paso días sin recordarla. Por la noche es cuando más pienso en ella. Por la noche, que Ofelia se va y yo me tiro en la cama con esos almohadones blancos.

Ofelia es una gran compañera, me cuida, me soporta lo que nadie, pero no es lo mismo que una madre. Para mamá yo siempre era la ñoña, la distraída, la cosita.

Estoy sola, sí, sola. Pero no soy una mujer que se ahoga en un vaso de agua. Tampoco soy histérica. Dramática mucho menos. La palabra desgraciada yo no me la aplico nunca. Yo soy una melancólica triste.

Oigan eso. Qué se habrá creído esa mujer. Si la dejan, si la dejan...

Ella no nació en ninguna cuna de oro, ni ese es el camino. Bien pobre que se crió, con muchos retorcijones de la madre y mucha hambre. Lo sé yo que conozco esa familia. Siempre ha sido muy engreída. Uno pasa y la ve emperifollada y todo, pero de ahí a que sea de cuna, va un trecho.

Rachel nació en un barrió que mejor es no decir su nombre. Puñaladas, depravación, robo.

Bastante pura salió.

Nunca fue otra cosa que una rumbera. Lo único que sabía era menearse.

Estuvo meneándose toda su vida. Es ignorante, desenfrenada, frívola.

Una mujer frívola y nada más. No me gusta hablar de ella, no.

Lo más lindo que hay es mirar atrás con alegría. Verse una como en una película: de niña juguetona, sentadita en una butaca, tecleando un piano... Eso me encanta.

Fuimos lo que se da en llamar clase media. Ni ricos ni pobres.

La Habana empezaba a tomar vuelo, a convertirse en una ciudad de adelantos que causaban verdadera admiración. El tranvía eléctrico fue uno de los grandes sucesos. La gente se paraba en la calle, yo de niña, y miraban con los ojos abiertos, se idiotizaban viéndolo correr movido por la electricidad.

Después de su miedito en montarse, al principio, ya lo cogían todos los días y hasta por gusto.

Lo que yo conozco bien es esa parte de San Isidro, el barrio de la Estación Terminal de Trenes, la muralla de La Habana. Esa es La Habana de mi niñez: muy bonita y muy alegre.

Vivimos en una casa de inquilinato, en una habitación un poco apretada pero con buena ventilación. Mamá no era amiga de mudarse como los gitanos. Ella prefería la permanencia en un lugar. Mudarse es cambiar de ambiente y eso significaba para ella un trastorno, porque como éramos solas y ella era una extranjera con todo y su cubanía...

A los nueve años ya yo tecleaba algo de piano y bailaba rumbas. Eso nació con mi naturaleza.

En la escuela me distinguía siempre por encima de las otras. Me decían la estrella. Y yo me lo creí. En todos los actos yo bailaba o tocaba mi numerito o recitaba. Siempre lo hacía bien. Desde entonces gusté, desde niña. Se me pegó la costumbre del mundillo de los aplausos y «Qué bien», «Qué mona», «Qué figurita» y cuando vine a ver estaba inoculada con el virus fatal del artista.

No me lo pude quitar. Di lata en todos los lugares por hacer algo de mi arte. Me empeñé en ser una primerísima figura y con la ayuda de mi madre lo logré. Un tal Rolen fue el primero que me hizo subir a un escenario. Tendría yo unos trece años y había dejado la escuela porque el hambre se aproximaba y mamá era precavida. El tal Rolen me iba a buscar y me llevaba, todo esto al lado de mi queridísima madre, a un teatro que había en el Cerro. Allí nos sentábamos los tres. Rolen, mi vieja y yo. La función era como un cirquito de mala muerte con dos o tres jovencitas que bailaban haciéndoles gracias a los jóvenes de la primera fila. Un lenguaje muy decente, eso sí, nada de chusmería ni salpafueras. Pero yo mi raba como una boba para el techo porque me daba pena. Los ojos se me iban para arriba y el tal Rolen me cogía la cabeza y me la bajaba, obligándome a mirar a las bailarinas.

Él era un hombre simpático que nos quería ayudar a las dos. Y parece que tenía acciones allí o mucha influencia porque a las tres semanas estaba yo bailando en el Tívoli, en la tanda de la tarde, como corista.

Mi cuerpo se prestaba y oía bien la música. Nunca me fui de tono cuando hice pinitos en el canto. Nunca me caí, nunca cometí un equívoco grande, ni se me olvidó un solo paso.

El escenario aquel lo conocía a las pocas se manas como la palma de mi mano. Tan es así que despunté enseguida, cogiéndole el gusto, claro, y fui la primera bailarina de la compañía. Con trece o catorce años, pero con cuerpo de mujer. Las maestras de mi infancia me llamaban de vez en cuando para que yo hiciera mi papelito en la escuela y yo iba. Hacía de niña, de galleguita, de operática entonando arias. ¡El diablo y la vela!

Un día una de ellas, no sé por conducto de quién, se enteró de que yo era profesional y fue a mi casa a darle un escándalo a mi madre. Se sentía en el deber de hacerlo. Aquellas mujeres beatas de cuello alto eran anticuadas y mi madre no. Mamá tenía un sentido práctico, moderno, del vivir.

Pues va la profesora y empieza con el dime que te diré y el torna y vira. Y lo único que recuerdo es que mi madre la sacó a cajas destempladas de aquel cuarto. Hizo bien, porque yo estaba en mi juicio y todo lo que hacía era por mi voluntad. Bailar de joven no es malo. Lo malo es servirse del baile para comerciar. Pero a esa vieja no había quien la hiciera comprender. Además, ella no nos iba a pagar la luz, ni el alquiler.

De entonces acá yo he sentido siempre un gran respeto por el artista que se las ha visto negras. Y no he sido de esas censoras del mal público que se visten de pecado, esas damas católicas, esas...

Jamás me ha gustado quitarle a nadie su ilusión. Porque una ilusión cumplida vale cualquier cosa. Si no, pregúntenmelo a mí, que he sido en la vida lo que mi ilusión me pidió, desde niña.

Antes de entrar en el Tívoli yo fui una niña ingenua, bitonga.

Luego allí me curé de muchas cosas. Abrí los ojos al mundo.

Llegaba por la tarde y ensayaba mi poco, salía, comía una fritura y a la función. Mamá detrás de mí todo el tiempo. Yo creo que ella tenía miedo a que me violaran o me maltrataran.

Empecé a comprar ropa: lamé, sedas, vestidos de guarachera, de noche.

Me hice un ropero más o menos con dignidad y muy coqueto.

¡Qué miedo tenía la vieja que la niña fuera a desembocar mal! Una vez, cantando yo un cuplé, no recuerdo cuál, me grita un joven: «¡Tírate, muñeca!».

Yo me quedo perpleja con el tírate aquel. ¿A qué se refería? Le hago una seña de negación. Y se tira él y me agarra las piernas en medio del número. Le di un soplamocos delante del público y cerraron las cortinas. Como todas las artistas cuentan su primer incidente, este fue el mío. Y ese fue mi primer enamorado.

Ahora es y yo me asombro mirando hacia atrás, leyendo las cartas, las cartas no, las alegrías, las noticias que me mandaba mi príncipe.

Qué extraño sentimiento, cualquiera diría que yo estoy loca. En ese baúl hay residuos de aquellos años: 1902, 1903, 1904, 1906... (Magoon, sí, era Magoon.)

14 de julio de 1906

A lo que más te pareces es a una rosa. Vaya esto como una declaración de amor.

EUSEBIO

El Tívoli era un teatro de mala muerte que habían levantado en Palatino. Año 1906, si mal no recuerdo. Yo fui mucho. Los hombres de aquellos años teníamos que entretenernos en eso. Y yo fui siempre muy dado a las mujeres. Rachel empezó allí de corista, de corista mala. Bailaba, una niña todavía, durante los días de feria, y luego en el tiempo muerto se iba a reposar de la manera más recatada, por supuesto. Recogió alguna plata allí y se largó. ¿Cómo llegó al Alhambra? No sé; una mujer podía llegar al Alhambra por muchas razones. Rachel llegó, eso sí. Y despuntó, como se dice, que levantó cabeza y salió a flote.

Hacía las tandas al final de cada función. Las tandas quería decir menear el culo al cierre de la obra de cada noche. Tocaban un danzón muy elegante y uno cruzaba las manos para escuchar en el más absoluto silencio, daban la obra luego y cerraban con una rumba de cajón que bailaba Rachel como única figura femenina. Lo hacía de pareja con un tal Pepe.

La fama de esta corista creció como la espuma. Todos los hombres la deseaban menos yo. A mí me gustan las verdaderas mujeres cultivadas y lo de ella era un barniz malo, de ocasión.

Se cuenta, vox pópuli, que una noche el gran escritor español clásico de las letras en lengua hispana y ortodoxo en su materia, don Jacinto Benavente, llegó a una función del Teatro Alhambra y parece que al viejo le gustó porque entró en los camerinos y les mandó flores a las artistas principales. Unas margaritas del Japón para Rachel y muchos besos, como es costumbre en las relaciones entre escritores y artistas.

Ella, haciéndose la dadivosa, y que lo era, no era mal educada no, al contrario, vivía para los detalles... bien, le brinda al viejo un trago, él se lo toma y ahí empieza el diálogo que es de morirse.

—Usted es una mujer muy atractiva.

—Y usted un caballero que mima a las damas.

—Me gustaría que visitara la tierra de Castilla y que fuera a Cataluña a actuar.

—Yo se lo agradezco, don Jacinto, pero adonde yo quiero ir es a Europa.

El viejo se da cuenta y cambia la conversación.

—Rachel, ¿le gusta la ópera?

—Sí, cómo no, yo siempre soñé con ser soprano, pero ya ve.

—¿Qué ópera le gusta?

—Todas, don Jacinto, todas.

—Pues, fíjese, yo me quedo con Andrea Chénier. ¿La ha escuchado, Rachel?

—Sí, ¿a la primera tiple, dice usted?

Y así las cosas que le ocurrían a esta mujer de joven, porque luego ella viajó y se pulió bastante. Pero volviendo a lo de hembra, yo, para ser sincero, prefería a Luz.

Eusebio me dio muchos dolores de cabeza. Estaba yo muy jovencita para esos torbellinos. Pero él no escarmentaba. Me seguía la pista constantemente. Yo me movía, él se movía; yo me sentaba, él se sentaba. Así era de meloso. Me acostumbré a amar como una tonta. Mi madre nos dio por incurables y nos dejó solos corriendo la gran aventura.

Así nació la única pasión pura de mi vida.

La familia de mi novio se negaba. Ellos tenían fábricas de zapatos, ingenios y un montón de cosas más. Yo no estaba viendo eso. Era él quien me interesaba. Pero ellos creían otra cosa. Y me hicieron, nos hicieron, la vida imposible: un collar de lágrimas fue aquella época para mí.

Eusebio no faltaba un solo día a la función. Todo por verme, claro. Me traía regalos, me mimaba, era mi ilusión.

 

Ficha: Miguel Barnet: Ensayista, poeta, narrador, guionista, promotor cultural e investigador cubano. Nació en La Habana, el 28 de enero de 1940. Presidente de la Fundación Fernando Ortiz, Presidente de la UNEAC. Es el escritor cubano vivo más publicado dentro y fuera de Cuba. Colaboró en Revolución, Unión, La Gaceta de Cuba, Hoy, Casa de las Américas, Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, Islas y Actas del Folklore. De su autoría son: La piedra fina y el pavorreal, Isla de güijes, La sagrada familia, Orikis y otros poemas, Carta de noche, Mapa del tiempo, Viendo mi vida pasar, Con pies de gato y Actas del final (poesía). Autógrafos cubanos, La fuente viva y Cultos afrocubanos (crónica, ensayo, monografía). Akeké y la jutía (fábulas cubanas). Biografía de un cimarrón, Canción de Rachel, Gallego, La vida real y Oficio de ángel (novelas–testimonio). Ha escrito guiones de varios documentales cinematográficos y de los conocidos largometrajes cubanos Gallego, basado en su novela homónima y La Bella del Alhambra, inspirado en su novela Canción de Rachel. La Federación de Sociedades Españolas de Cuba le confirió la Distinción Miguel de Cervantes y Saavedra en el 2008. En el 2010 recibió la Distinción Maestro de Juventudes.