Canción de amor de Guillermo Rodríguez Rivera

Nunca lamentaremos lo suficiente la ausencia del poeta, editor, narrador, ensayista  y profesor de Literatura Guillermo Rodríguez Rivera. Muy conocido en el ámbito intelectual revolucionario, sobre todo como poeta, y como fundador de El caimán barbudo. Emblemática publicación de la cual fuera el primer jefe de redacción y confieso que no sabría escoger, ahora mismo, cuál de sus obras deja mayor impronta en nosotros. Lo cierto es que Rodríguez Rivera mantuvo intactas sus inquietudes juveniles hasta el final de su vida. Tanto así, que podíamos encontrarlo frecuentemente en Segunda Cita, el blog de su amigo entrañable, Silvio Rodríguez, analizando con particular agudeza y valentía asuntos de nuestra cotidianidad.

foto del escritor cubano Guillermo Rodríguez Rivera
"Rodríguez Rivera mantuvo intactas sus inquietudes juveniles hasta el final de su vida". Foto: El Caimán Barbudo


Cabe destacar que Por el camino de la mar. Los cubanos (Editorial Boloña, 2004), libro que fue ampliado y publicado en el 2005 y 2008, bajo el título Por los caminos de la mar los cubanos o Nosotros los cubanos, con nota introductoria de Cintio Vitier. Este libro se convirtió, desde su aparición, en un material de consulta obligada cuando se quiere conocer aspectos de nuestra identidad.

Hoy me limito a reseñar su novela Canción de amor en tierra extraña, publicada por Ediciones Unión en 2007, misteriosamente ausente de librerías, de notas críticas, y comentarios aunque fueran adversos. La fecha de su aparición parece ser la clave del misterio: coincide con el momento de la llamada “Guerrita de los emails”, que tanto revuelo causó, y que dio origen a los intensos análisis del llamado quinquenio gris, liderados por Desiderio Navarro. Y es que esta novela aborda precisamente esa etapa de nuestra vida cultural y política.

Lejos de resultar inadvertida, hubiera sido mucho más lógico la rápida promoción de Canción de amor en tierra extraña, cuya lectura ahorra muchas horas de intercambios orales, siendo un documento de gran valía, narrado por uno de los protagonistas (y víctima) de momentos particularmente difíciles.

En ella aparecen incontables claves que el público irá descubriendo poco a poco, hasta conformar una especie de mapa de una Cuba que ya no existe, pero que marcó a más de una generación. Sucesos que conmovieron a la izquierda latinoamericana (el llamado caso Padilla), el asesinato de Roque Dalton, el dogmatismo de aquella época, con las incomprensiones e injusticias que acompañan a toda imposición, aparecen en la novela perfectamente enmarcados: “El desastre empezó en el 71, que no fue el año de la Comuna ni el del fusilamiento de los estudiantes de Medicina, sino el del I Congreso de Educación y Cultura, y toda la puñetería que lo envolvió” (p.156)

Figuras imprescindibles de nuestra cultura conforman personajes, delimitados según el arte al cual se consagran, y también de acuerdo a la postura que asumió cada quien en esos años duros. Algunos son reconocibles a simple vista (Silvestre-Silvio Rodríguez; Victoriano-Victor Casáus; Ricardo-Wichy Nogueras; Tony-Guillermo Rodríguez Rivera; Carlos San Juan-Raúl Rivero; Humberto Pá-Heberto Padilla; César Ordóñez-Jesús Díaz), varios nombres son los reales (Virgilio Piñera, Pablo Armando Fernández, César López,  Fernando Martínez Heredia) mientras que otros y otras aparecen de forma velada, fundidos bajo distintas máscaras. La historia del surgimiento de El Caimán (bajo el nombre de El Manatí) está contada con pelos y señales, con sus glorias, y con los desatinos que afrontaron los fundadores.


Guillermo Rodríguez Rivera al lado de Luis Rogelio (Wichy) Nogueras,
Silvio Rodríguez y otros poetas. Fotomontaje con César Vallejo. Foto: Blog La fruta del cercado ajeno


El año 1971 marca los límites de la narración, aunque sus ramalazos llegan a fechas distantes, como los 90, “es probable que los profesores de Filosofía después del 71 sí habían tenido que pintar Coca-Cola en el aire, porque explicaban una jodienda que se llamaba Comunismo Científico, que nadie sabía lo que era” (p. 169).

 Dicho así, parecería que estoy hablando de una novela estrictamente testimonial, confesionaria, pero nada más lejos de la intención del autor. El humor, proverbial y derrochado en Rodríguez Rivera tanto en su literatura como en la vida misma, tiñe las páginas de la novela, hasta convertirla casi en un divertimento. Puede parecer paradojal esta afirmación, teniendo en cuenta que el tema central de la novela es la sobrevivencia de un grupo de jóvenes aglutinados por un mismo interés en la naciente cultura del país, vapuleado por distintas corrientes, que conllevaron a múltiples y casi siempre tergiversadas interpretaciones del arte. Sin embargo, Rodríguez Rivera logra el milagro de narrar situaciones terribles (expulsiones del trabajo, listas negras, calumnias, traiciones, vilezas) con alta dosis de comicidad, y, además, por añadidura, con elevado contenido erótico.

Puede decirse que Canción de amor en ciudad extraña es la contraparte jocosa y novelada de El 71, de Jorge Fornet, tal como es La conjura de los necios, de J. K. Toole con respecto a su otra novela, La biblia de neón. Si El 71 y La biblia de neón descarnan responsabilidades y consecuencias, Canción de amor… y La conjura… tratan de causas y de víctimas, que asumen el destino y conviven, cargan con él. Y encima, nos hacen reír las peripecias de los personajes. Basta disfrutar los epitafios (y otras jodederas) que Ricardo y Tony crean a modo de burla vengativa. O sea, que escribieron Wichy y Guillermo, cuyos sarcasmos geniales hicieron historia.

Por otra parte, es significativa  la insistencia del autor en dos elementos, casi obsesiones, que sabemos pertenecen a la vida personal de Rodríguez Rivera: la música, y las teorías sobre literatura. Casi deslizadas, estas últimas ilustran sobremanera a quienes se interesan en el arte de la novela. Todo un capítulo se dedica al análisis que hace Tony de obras clásicas de la novelística mundial, (Paradiso, El siglo de las luces, El reino de este mundo, Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, La fiesta del Chivo), como si tuviéramos delante al profesor R. Rivera argumentado su curiosa tesis de que “no debería permitirse escribir más de una novela por persona en la vida”. La música, acompañante esencial del protagonista de la novela (alter ego del escritor, como es obvio) desde su Santiago natal hasta la nueva trova  habanera, a cuyo nacimiento asistió, está presente también, sobre todo en un capítulo dedicado enteramente a ella (La música, la trova”).

No por azar, la novela termina justamente con una canción imaginaria, que resume los sueños del protagonista en términos de presencias oníricas de quienes ya no están, y también funciona como canto testamentario. Su vida, su melodía, escogidas a pesar de todo, estremecen ahora, cuando Guillermo Rodríguez Rivera nos ha dejado, y con palabras suyas, que nos hablan del más allá, reafirma la permanencia de su legado, porque la profecía se cumple, y desde hace diez años, al menos, podía tener “la confianza de haber dejado una palabra o un acto, o las dos cosas”. Y vaya si nos dejó mucho más!