Caminos para tocar al ser humano

Polvo de malaquita, galena pulverizada, carbonato de plomo, óxido negro de cobre, ocre castaño, óxido magnésico de hierro, sulfuro de antimonio…  Parece una clase de química, y sí, en cierto modo lo es. De todo esto se ha encontrado en las tumbas faraónicas, para las orejas, para los ojos, para uso exclusivo del difunto. A la increíble cultura egipcia no se le escapó nada en el plano terrenal, ni en el plano celestial.

Han pasado milenios y esa búsqueda obstinada, esa búsqueda férrea de la belleza, no ha cedido un solo milímetro. El tiempo en vez de horadarla, la ha acrecentado. Hay una razón muy simple, una verdad de Perogrullo: la belleza es una necesidad. Eso es justamente lo que intenta mostrarnos Maquillarte con arte. Lo voy a confesar desde el inicio: este libro va más allá de consejos —valiosos, sin duda— para  cuidar la piel o el cabello.  Trasciende lo que parece exhibir a primera vista. Le sostiene una filosofía, hace emerger, sin complejos, lo que pudiéramos llamar “homo steticus” o “aestheticus”. Eso somos.

Maquillarte con arte no solo revela práctica y oficio. Eso hubiera bastado, tal vez, para un recetario práctico de belleza, mas no para este libro. Su autor, Vladimir Martínez Savón (Santiago de Cuba, 1975)  ha exprimido, ha filtrado su experiencia como profesor en la Escuela Vocacional de Arte, como docente del Instituto Superior de Arte, como especialista en cursos impartidos aquí y allá; y por supuesto, en el diseño, en la escena del cabaret Tropicana Santiago.

Esa experiencia asoma en el volumen: en la exposición consecutiva de los elementos y en su afán integrador; en la sistematización argumental, en la capacidad de síntesis, en las facilidades. Junto a ello, aparece la cita ilustre, la pincelada inusitada, la fuente testimonial. Una tríada acompaña a Maquillarte con arte (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2016): propiedad, orden e imaginación.

El primer capítulo se precia de un título exquisito: “La historia se maquilla por sí misma”, y va del khol egipcio y mesopotámico, a los cánones de belleza grecolatinos, el refinamiento asiático, el medioevo. Puedo ver a ciertas damas del rococó, inclinadas dentro en sus carruajes para preservar aquellos peinados de varios pisos. El renacimiento, las centurias más cercanas con las casas de moda, los grandes nombres —Dior & Co.—, la industria  cosmética. Es un pórtico sólido.

Maquillarte con arte aborda los misterios de la piel, así como el cuidado y conservación del cutis y el cabello. Vladimir nos introduce en la amplia gama de la cosmetología, nos explica sus funciones correctora, preventiva y embellecedora. El libro se gasta incluso unas páginas en las “alternativas populares”; en eso que Mañach tipificara como uno de los sellos del cubano: su ingenio, aguzado este, naturalmente, por las particulares circunstancias en que vivimos y soñamos.

La miel, la sábila, la majagua… desfilan en máscaras y acondicionadores y dan paso a un desafío —un amoroso desafío—, a una invitación y hasta para una verdadera filigrana de autor: su propuesta de plan de belleza semanal.  ¿Se atreve usted? El quinto capítulo, justamente nombrado “El maquillaje”, reserva no solo la tipología de este (natural, correctivo, de fantasía, de caracterización); sino que establece una “Guía básica” para aplicar el maquillaje natural, aun cuando no podamos apreciar siempre en las fotografías —mediada una impresión que no alcanzó los niveles cualitativos requeridos— todas las sutilezas y detalles que la letra expone. 

No me resisto a compartir un párrafo que nos entrega Martínez Savón, como al paso:

El objetivo fundamental [del maquillaje] es el de embellecer, dar tono, acentuar rasgos y corregir imperfecciones que posea la persona (…) su objetivo en la escena (teatro, cabaret, circo, etc.), en la televisión o en el cine es el de embellecer, contrarrestar los efectos de la distancia que media entre los intérpretes y el espectador (…) y para compensar la intensidad de la iluminación sobre el escenario que difumina el color facial natural y aplana los rasgos de los intérpretes.

 

No es gratuita la cita, pues considero que, lamentablemente, en algunos de esos espacios escénicos o audiovisuales se han extraviado los propósitos, y se aprecia que el empecinamiento anda azotando al rigor y la caricatura intenta suplantar al arte. En ese sentido también se agradece la utilidad de este libro que otorga sustento y categoría, nos rescata de la improvisación, amplía conceptos para iniciados, esclarece a neófitos y suministra a la par el sustrato cultural milenario y los caminos de la contemporaneidad. Y como si no bastara, el libro también nos propone un modo de apostar por los años de manera natural. 

Se trata, además, del tercer libro de Vladimir Martínez Savón, el tercer hijo de alguien que, sin temor a equívocos, ha devenido un experto en la materia. Le anteceden Rostros en la escena, máscaras útiles y bellas (Ediciones Santiago, 2007) y El rostro y la escena (Editorial Oriente, 2013).  

Sin embargo, un libro no es solo su autor. Se necesita también una editorial como Oriente, que figura entre las más prestigiosas del país y constituye una de las instituciones culturales de mayor alcance en el oriente cubano. Su colección “En Casa” ha hecho bien en apostar por esta obra, fruto, además, de la edición y corrección de Liliana Domínguez Diacén, el diseño de colección de Marta Mosquera, el diseño de cubierta de Sergio Rodríguez Caballero, las fotos de René Silveira y la composición de Abel Sánchez Molina. Ellos son los culpables, junto al prologuista Pascual Díaz Fernández, quien aporta, con toda razón, que: “No se concibe una actividad  social que no tenga su adecuado toque de belleza. Nadie es total ni plenamente hermoso, ni todo lo contrario. El maquillaje contribuye a diseñar la imagen. Las pequeñas vanidades e ilusiones  también ayudan a vivir”.

Maquillarte con arte, en resumen, habla de y desde Cuba, desde nuestra idiosincrasia, nuestra luz, nuestra rica mixtura y nuestras carencias. Y eso no es poco.