Camino a Santos Suárez: alertas y provocaciones

Durante la travesía que me condujo desde cerca de mi Taller de Arte en La Habana Vieja hasta la base de contenedores, donde concluye el viaje la ruta A16, para luego retornar en esa guagua por el mismo camino al Cerro (de donde voy a pie hasta mi casa en Santos Suárez), pude leer los documentos que se abordarían en esta primera sesión del 2017 del Consejo Nacional UNEAC. También en ese “monstruo rodante” donde nos movemos la gran mayoría del pueblo, pensé estas anotaciones que a continuación refiero.


El taller del artista en la calle Paula, La Habana Vieja. Fotos: Internet


1. Las nuevas condiciones económicas y sociales que están engendrándose en el país exigen instrumentos institucionales que propicien una coherencia entre las líneas de desarrollo estatal y los proyectos de privados, también en la cultura. Es por eso que debe estudiarse la recuperación –adecuándolos al presente y al porvenir- de los Consejos Populares de Cultura (sobre todo en los municipios), que tuvieron una función importantísima en el primer lustro de los años sesenta. Por la cierta semejanza entre este momento y aquel, tales Consejos han de ser espacios de interacción, análisis y complementación de las distintas entidades de la sociedad, la proyección pública y el mercado –de nuestras ONG, el Estado, los organismos, las entidades religiosas y fraternidades, así como quienes desempeñan la de gestión privada-, especialmente cuando se trate de acciones relacionadas con el diverso campo de la cultura.

2. Las Casas de Cultura deben sobrepasar –cada vez más– el estrecho horizonte de las actividades de tipo literarias, históricas y artísticas o tradicionales, para incidir en el incremento del interés de las gentes por diferentes tipos de coleccionismo –incluso de imágenes y objetos memoriales, elementos naturales, cosas del medio familiar, etc.-, puesto que ello afina la percepción, incentiva el deseo de valoración estética o desinteresada y enriquece la conciencia ciudadana. También sería provechoso acercarse a otras facetas de la existencia, que incluyen la relación entre ciencia y belleza, medio natural y disfrute, historia y curiosidad. Eso concebimos quienes, en 1963, fundamos en Manzanillo la primera Casa de la Cultura que, si bien se inspiró en las que ya existían en Bulgaria, tuvo como referentes otras instituciones de mejoramiento civil que hubo en Cuba, en etapas previas al ordenamiento social revolucionario. Lo que han puesto en movimiento las “Rutas y Andares” de la Oficina del Historiador de La Habana, las exploraciones de Scouts asumidas por los Pioneros, y aquellos juegos sanos que convierten al entretenimiento en ámbito de socialización y dinámica de mente, pueden ser estudiados para nutrir las prácticas de las Casas de Cultura y los sitios de siembra cultural comunitaria.

3. Respecto de lo que está sucediendo con el mercado de exportación del arte en Cuba, es prudente comprender que el predominio de la comercialización de un “arte-mercancía” prácticamente sólo de significantes ajenos, cuyo fin es satisfacer las solicitudes foráneas, que no expresa al sujeto que lo produce y mucho menos a las complejidades y signos de nuestra sociedad y cultura; constituye un tremendo peligro que se proyecta hacia otros planos de la conciencia nacional. Como está muy claro desde los textos juveniles de Marx, que hay una interinfluencia entre quien produce un objeto o imagen y la condición intrínseca de tales imágenes y objetos, ocurre que la tendencia actual entre nosotros a producir y vender un simulacro de arte vacío de significado y sin sentido dialógico, repercute en la psiquis y la imaginación de quien lo produce, generando un efecto de vaciado. Y todos sabemos lo que implica contar con artífices visuales vacíos, desnaturalizados y deculturados. Actualmente se maneja una falacia que niega la existencia de un Arte Latinoamericano, lo que supone también la negación de un Arte nacional. De ahí que las empresas y galerías de mercado artístico de Cuba deban tener sumo cuidado en lo que promueven y venden, no sólo por lo que puede darse de exclusiones e injusticias, sino porque pueden derivar en canales para la enajenación mercantilista que tiende a negarnos como individuos socialmente activos y como partícipes de la Nación. Debe evitarse, dicho en palabras aún más claras, el modo mecánico y ciego de cumplir el plan económico de ventas.


Composición, de Amelia Pelaez. Mover parte de los fondos existentes permitiría la circulación de colecciones de
carácter ejemplarizante, útiles para la formación de estudiantes y públicos.  


4. Se impone atender el mejoramiento y la protección de los inmuebles que funcionan como Museos, no sólo en La Habana, sino igualmente en el resto de las provincias; de manera que todos los que puedan tener colecciones de arte tengan la posibilidad de ser partes del reservorio y resguardo del tesauro artístico de nuestro país. Ello implicaría la creación de salas para colecciones permanentes de arte genuino –ya sea histórico o de nuestra época-, donde se podría exhibir no sólo parte de lo que permanece almacenado y de hecho “escondido” en la pinacoteca del Museo Nacional de Bellas Artes, sino además creaciones importantes de los artistas de cada provincia, e incluso de la capital y del exterior que puedan adquirirse por compra, depósito o donación. De esa manera existirían más colecciones de carácter ejemplarizante, imprescindibles para el desarrollo de los estudiantes de arte y para la educación estética de las gentes. Al mismo tiempo, se podrían situar en justa dimensión a creadores y realizaciones que no pueden ser puestos en espacios públicos fuera de los límites del Museo Nacional de Bellas Artes. La necesaria rotación y revelación de los fondos ocultos en la nombrada entidad, junto a la multiplicación de colecciones de arte en otros Museos del resto del país, podría ser completada con la adecuación (en calidad de sitios memoriales) de casas y talleres de artistas medulares, como pueden ser los casos del taller de cerámica de Amelia Peláez, la vivienda de Antonia Eiriz o la casa natal de Portocarrero en el Cerro, entre muchas otras

5. Finalmente, considero que el valiosísimo trabajo desarrollado por la Comisión de Ciudad, Arquitectura y Patrimonio debía tener ya su extensión lógica en todos los municipios principales del país, ya sea como grupos de tareas locales o áreas de atención conectados a esta Comisión, a la UNEAC de cada territorio, al Ministerio de Cultura y a la red de sitios históricos. Ello contribuiría notablemente a salvar, de una manera u otra, edificaciones y otros valores materiales naturales y muebles que se están perdiendo. Seguramente existen varios sitios donde esta problemática se expresa, pero como soy originario de Manzanillo, debo reiterar aquí la preocupación y el dolor constantes de los manzanilleros por el deterioro urbano de esa ciudad nuestra, que en parte ha sido preterida, no obstante su rica historia patriótica, revolucionaria, literaria y cultural. En julio se conmemorará un aniversario cerrado de su fundación y esperamos que para entonces exista una justa reconsideración de su peso en la cultura cubana.