Camejo: esas ciudades que lleva a cuestas

La exposición más reciente de Luis E. Camejo, Ciudades II, abierta durante los meses de julio y agosto en el Centro Hispanoamericano de Cultura, da continuidad a la serie presentada el pasado año en la galería Artis 718. La persistencia de este tópico indica cuánta atracción le provoca La Habana donde reside y otras ciudades del mundo que ha visitado, al punto de ser un motivo principal en su pintura. No puede desprenderse de ellas. Le persiguen.

Su mirada es la de un testigo emocional. Parece cercana a la de los grabadores europeos que, a su paso por Cuba, dejaron una notable huella en la captación de nuestros ambientes decimonónicos. Pero a diferencia de estos, necesitados de dibujar previamente la imagen, Camejo se auxilia del recurso instrumental de la fotografía para luego traspasarla al lienzo o al papel, de acuerdo al uso del óleo, el acrílico o la acuarela. Sus imágenes se distinguen por un tono monocromático, un filtrado de la luz, impreso no en el momento de la captación fotográfica, sino al volcarlas a la pintura. Dicha tonalidad establece una distinción simbólica entre las obras y les confiere las cualidades de una emotividad, personalizada según el color empleado.


Fotos: Kike


El artista no se detiene en el registro documental a la manera acostumbrada de las postales turísticas o de los recuerdos de las personas al visitar las ciudades. Su cacería de imágenes responde a inquietudes perceptivas. Desea atrapar en una instantánea las densidades existenciales de la vida urbana. Con ese fin se interesa en determinados emplazamientos y excluye otros numerosos que pudieran resultar pintorescos. La naturaleza no entra dentro de su atención, lo suyo es otra cosa, aunque hay algo de ecologismo en su poder de penetración visual respecto a la integración de las personas a esos ambientes. En ese sentido, resalta la unidad integradora entre sujetos vivos, arquitectura y objetos en derredor. Ese diálogo de lo multiforme tiene en él un poder de seducción irresistible.


 

¿Qué lugares escoge? Preferentemente los del cruce vehicular y peatonal. Le gusta contrastar sutilmente los ritmos de la vida de ambos en un mismo escenario. No muestra los vínculos entre las personas. Estas aparecen en solitario, inmersas en sus preocupaciones, en una existencia ajena, despreocupada respecto al entorno en el cual transitan diariamente. Las aglomeraciones no conducen necesariamente a encuentros, no forman grupos; permanecen casi siempre aisladas a la espera de un cruce peatonal o en tránsito por los espacios públicos.

El sentimiento de soledad de las grandes urbes adquiere un protagonismo visual y conceptual en esta serie y en las realizadas con anterioridad. Las personas pasan unas junto a otras sin apenas percatarse de las demás. Son sujetos anónimos. Ni siquiera entrecruzan sus miradas. Hay cierto deseo de resguardo en eso y de no desviarse del camino. Es saberse el individuo parte de un conjunto cambiante de individuos, constantemente mutante a lo largo de su acostumbrado circular.


 

Infrecuentes son las detenciones para facilitar los encuentros. Raro es encontrar a alguien conocido. Eso está ausente en sus obras. De ocurrir, es signo de un breve oasis de calor emocional. Por el contrario, resalta la frialdad de los aislamientos. Esa soledad en medio del bullicio reduce las posibilidades efectivas de contacto, de encuentros mutuos. No es únicamente intención de las personas el mantenerse aisladas; la separación se provoca por el dinamismo propio de las ciudades.

Camejo destaca la fenomenología del comportamiento humano en los espacios citadinos mediante la forma subjetiva de mostrar a las personas  sumidas en sus pensamientos individuales. No importa que coincidan físicamente, inmersos en la corriente de caminantes o vehículos en puntos nodales, en callejuelas o esquinas de las grandes urbes.


 

Los edificios se ofrecen a manera de testigos mudos de esa agitación humana y vehicular. A pesar de eso, edificios y gente no pueden ser separados, forman una textura de presencias mutuas, nunca ausentes de relación. El reflejo en los grandes paños de cristal les multiplica y señala un esbozo teórico del arte en cuanto a sistema visual de duplicación modificada de la realidad.


 

Camejo borra la precisión de la fotografía debido a su temperamento y al propósito de no limitarse a reproducir lo común. Le confiere a lo mostrado una inquietante sensación de incertidumbre, misterio y desvanecimiento, reconocible en obras anteriores a esta muestra. Tal vez intuido en las veladuras y transparencias de las aguadas en las que se ha ejercitado durante años, aunque posteriormente decida emplear el óleo o el acrílico al llevarlas al lienzo.

¿Cómo captar la impermanencia de lo visual que inquietara desde otra óptica a los impresionistas? El sentido del tiempo en Camejo es aprehendido en el instante de un momento, pero no inmovilizado. Deja percibir una sensación de movimiento ralentizado hasta lo infinitesimal, en una eventualidad prácticamente suspendida, propia de los modos del arte. El fluir de lo temporal es uno de sus centros de atención.

La fugacidad contrasta con la fijeza de la arquitectura. Sus atmósferas son teatralizadas y no se encuentran nutridas únicamente por la visualidad; hay un entrecruzamiento con lo literario que responde a sus inquietudes personales y culturales de representar de un modo subjetivo. El chorreado y los brochazos amplios le impregnan a la obra un dramatismo atemperado, una opacidad semántica y misterio a sus escenas. A veces me recuerda a las pinturas metafísicas de Chirico, aunque a diferencia de las del pintor italiano, las suyas, por lo general, están pobladas de gente.   

Interesado en captar lo propio de cada una de las ciudades, no ceja en encontrar las similitudes, las constantes antropológicas, pese a los modos diferenciados de ser de estas. Percibo un suavizado sentido metafísico del Ser en esas mutaciones de lo visual, en sus desvanecimientos y la fugacidad temporal. El artista se interesa en encontrar lo permanente en el cambio y en expresar el modo de fluir del existir humano en la dinámica citadina.


 

No todas las metrópolis se revelan semejantes en sus imágenes pictóricas, dadas en un doble condicionante cultural antropológico: en lo específico de sus ambientes y en lo común que las acerca. Para poder sentir la calidez, frialdad, agitación o tranquilidad que les anima, debe situarse el receptor en un acto contemplativo, sereno, sin prisa, aun cuando la vida mostrada en sus pinturas sea agitada.

Algunas ciudades son más acogedoras, otras más frías, en correspondencia con el modo de ser y de sentirlas su creador. Esa sensación es fruto del impacto emocional. Hay ciudades que permiten y estimulan las concentraciones humanas, en las cuales el sentido de atomización de las personas disminuye. De todos modos, apuntan a la característica general de las áreas metropolitanas, donde las personas se mueven de manera individualizada desconociendo a los circundantes.  


 

Años atrás, su obra poderosamente centrada en los espacios urbanos, básicamente de La Habana, hacía insistencia en los estallidos lumínicos a partir de los efectos técnicos de las fotografías tomadas por él mismo en experimentaciones con los lentes fuera de foco, como si este creador y su capacidad instrumental se desdoblasen en un ser de naturaleza extracorpórea, el cual, al haberse acercado a esos espacios en la condición de viajero, los mirase de un modo curioso, interesado en apropiarse de ellos visualmente. Sin embargo, pareciera que estos se le escapasen, volátiles, neblinosos, como si los órganos de percepción con los cuales los observara, difiriesen en los mundos de su pertenencia respecto a los de nosotros. De tal forma que en la visión poética de su creación, pareciera que el espíritu del artista, al verse separado de sus circunstancias carnales, adquiriese en su peregrinaje una penetración diferenciada de lo real.

Con el tiempo, las figuras de los espacios urbanos mostradas por Camejo se han ido haciendo más visibles, menos fantasmales, especialmente las de Europa, Norteamérica y Asia, las cuales no se encuentran tan exaltadas a la hora de pintarlas, al pasar el artista a un modo diferente de verlas y sentirlas, menos agitado y estremecido. Tal vez su espíritu creador se perfile ahora más cercano al propio artista, después de los revuelos que antes hiciera frenético por la ciudad habanera, su espacio urbano inicial.