Café amargo en ángulo ancho

Por momentos parece no estar cerrado el debate. Me refiero al que suscita palabras cruzadas en torno a los argumentos en una obra literaria, los contenidos esenciales de la historia o el periodismo en sus más sustantivas vertientes, todas ellas reescritas en el arte cinematográfico. Ameritan un punto y aparte esas plurales maneras de contar cuando edifican el audiovisual, explosionado por las nuevas tecnologías y sus lenguajes.

Todo ello y más aflora desde los cimientos de códigos o preceptos visibles, por ese ejercicio de reciclar las ideas, los tópicos, los sustantivos temas. Un andamiaje de pretextos que por momentos parecen emerger como diálogos de presencia efímera.

Hablo también de un renovado cruce de palabras, de adjetivos que no aportan, avivado desde las carrileras de dogmáticas miradas muchas veces simplistas. Sin ignorar las de perfil estrecho o las que persisten como tercas definiciones claramente conservadoras. Esa que no toma de los cúmulos nimbos de la cultura construidos por la humanidad, edificado con paciencia artesana, ante las puertas comunicantes del lúcido pensamiento que la historia ha cosechado para nuestro presente. Como un legado inabarcable, un patrimonio muchas veces cautivo e ignorado por los trepidantes empujes de la modernidad social, que parece “avasallarlo todo”.

Ante él se impone hacer pensadas lecturas, renovados apuntes para rescribir las esencias del arte y la cultura desde nuestro presente. Toda esa armazón de retóricas pulula delineando un futuro que parece más cerca por la impronta que la era digital ha impuesto. Otra cultura que no debemos desconocer siempre que esta sirva a los intereses de la humanidad toda.

Esos diálogos toman del símil para sostener sus argumentos. Ante esa lectura muchas veces verbal, los receptores confrontan una puesta en escena, un personaje de inspiraciones pretéritas, un pasaje medular, un delineado vestuario o la majestuosidad de las construcciones escenográficas presentes en una narrativa audiovisual. Reiterado es también asociar una fotografía hermosa de vivos colores con el buen oficio de quién la ejerce.

Con todo derecho, así lo descifran los lectores audiovisuales ante un arte en el que los creadores erigen sus personalísima interpretaciones. Muchas veces denostadas, llevadas al patíbulo de la inquisición.

Ese ejercicio de la crítica social irrumpe también cuando una puesta de cine documental y las historias que en él habitan son llevadas a los rotas de la ficción.

Emergen los paralelismos, los abordajes esquivos, los argumentos pseudoculturales, ignorando lo esencial. Cada nuevo texto fílmico constituye una pátina de sonidos, construido con argumentos y símbolos que debemos decodificar desde sus propios firmamentos. Esta idea no niega las obligadas referencias, los impostergables recorridos retrospectivos historicistas o los antecedentes culturales que toda obra tiene.

Desde esta lente con vestidura de ángulo ancho sugiero leer el filme Café amargo, del cineasta cubano Rigoberto Jiménez, ficción inspirada en el documental Las cuatros hermanas, que el realizador produjo con la legendaria Televisión Serrana en el año 1997. Una película cuyo argumento original es de Roberto Renán Pérez y el propio Jiménez, materializada como guión por el escritor Arturo Arango y la dramaturga Xenia Rivery, ambos con una significativa obra como guionistas de cine.

Cuatro personalidades muy bien construidas centran la atención de estos literatos. Lola, Gelacia, Pepa y Cira son cuatro hermanas asentadas en la oriental Sierra Maestra, empeñadas en preservar memorias, valores y preceptos. Los suyos.

Coexisten aferradas a los cánones de su tiempo, a las herencias de las tradiciones que la ausencia de sus padres no mitigaron en su andar por la vida. Son personajes de una gran riqueza sicológica, que sus contradicciones y confrontaciones no les catapultan a renunciar a normas y costumbres de la época prerrevolucionaria cubana. Un período en el que el machismo y lo patriarcal imperaban como eje cultural de la familia, núcleo esencial de la sociedad.

Los personajes lo asumen aferrándose a la soledad, a la contenida socialización en un entorno natural duro, agreste por momentos, que ellas saben “dominar”. Un hábitat anclado en el corazón de la serranía, donde solventan sus carencias materiales, sus diálogos de colores tercos.

La casa en Café amargo no es un espacio cualquiera, no es una locación más en medio de la montaña. En ella afloran las gestualidades, los roles que cada protagonista asume en ese contexto familiar o los más agudos y bien pensados diálogos de esta puesta cinematográfica. Son parlamentos enriquecidos por la atmosfera de la luz que se filtra por las ventanas o las puertas. Un escenario donde brotan tonos de voz de disímiles texturas acentuando los ritmos, los clímax construidos desde la dramaturgia de un guión que sabe a cuento, a buena literatura. Es la historia de cuatro mujeres que la irrupción de un joven citadino le agita los tiempos, los compases, las preguntas aferradas por respuestas de follaje arcaico, claramente detenido.

En este hogar, los elementos escenográficos que “participan” en la historia dibujan los contextos, los tiempos retrospectivos del filme. Un espacio erigido para jerarquizar retratos humanos donde el acusado conflicto es una de sus más logradas fortalezas.

La fuerza de las cuatro mujeres, los avatares que le abruman, adsorben y magnifican, son delineados por la fotografía. Se erigen a partir de encuadres que dialogan con cada una de ellas, interactuando como un testigo omnipresente, de “caminar” sinuoso, de reflexivo enfoque. Pensado para singularizar sus historias de vida, bocetadas en cada tramo de sus palabras, en cada gestualidad que les caracterizan, en cada jerga que les abraza. Un arte fotográfico que no aspira a sembrar rupturas estéticas, tan solo pretende acompañarles desde la sobriedad del trazo, el ángulo dibujado con apego al entorno de un espacio de íntimas historias. Una faena que toma a la luz como cómplice.

Esta película es una pieza construida en dos épocas, humanizada en una segunda etapa por actrices de sólidas carpetas curriculares, que confluyen sin desfasajes junto con intérpretes debutantes. Jóvenes protagonistas que ponen su oficio en letra mayúscula.

Bien justificado que estas últimas hayan sido nominadas a los Premios Caricatos que convoca la sección de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Iliety Batista, Danieyi Venecia y Yunia Jerez, fueron las merecedoras del reconocimiento, junto a Yudexi de la Torre, quien obtuvo el premio.

Miradas de retrato, movimientos escénicos en organicidad con los parlamentos y las circunstancias construidas. Claro ejercicio de la soltura corporal, verbos y tonos de voz de cuidado timbre son algunas de sus riquezas actorales, que contribuyen a crecer este fílmico Café amargo con acento cubano.

Entonces valen revisitar el documental Las cuatro hermanas y la ficción Café amargo. Y cabe hacerlo desde sus propias naturalezas estilísticas, desde los firmamentos narrativos con que fueron construidos. Cada uno trabajado con textura propia, escritos con manos artesanas.

El goce está en revelar sus medulares propuestas narrativas, en dejarnos seducir por las historias que nos cuentan. Los paralelismos entre estas dos piezas cinematográficas nos agrietan la mirada y nos hace perder el rumbo sobre los preceptos fundacionales que definen al cine: disfrutar y hacernos pensar.