“Cada país en su teatro se pinta a sí mismo”

Si una obra te atrapa, no importa qué tipo de lenguaje plantee, qué estética o mundo recree. Puede ser la más conservadora y tradicional, de estructura aristotélica, o la más rupturista que aporte otra mirada; lo que define la fortaleza y el valor de un trabajo es que levante mundos en tu cabeza, que no te abandone, que sus imágenes permanezcan grabadas en la mente…”.

Así, desde el sentimiento, concibe Mariana Percovich la obra que puede ser acreedora del galardón en la categoría Teatro del Premio Casa de las Américas. Al parecer, desde el miércoles 20 de enero, cuando sostuvimos nuestro encuentro, ya la llevaba consigo, pues me refirió la existencia de una en especial que la seguía acompañando, a pesar de la acumulación de lecturas de más de un centenar de propuestas escénicas.

Jurado del presente año junto a otros cuatro dramaturgos y directores teatrales de Cuba, Perú, México y Brasil, la también profesora y gestora cultural uruguaya, confiesa sentirse particularmente atraída por la muestra cubana, debido al descubrimiento que ha significado para ella, tanto en el rol de espectadora-lectora, como en el de directora teatral y dramaturga. También porque ha percibido “la preocupación por una nueva Cuba, por otras mitologías, por el diálogo entre la tecnología y la comunicación, el fantasma del consumo, la mirada al pasado, el futuro posible…”.

Su trayectoria en el ámbito de la cultura y las artes escénicas en particular, hacen de ella una de las más relevantes figuras de la dramaturgia latinoamericana. Su formación se ha enriquecido con la estancia en núcleos teatrales de Francia e Inglaterra; ha ejercido el periodismo y la crítica teatral en diversos medios; ha sido asesora de Artes Escénicas del Ministerio de Educación y Cultura y directora del Instituto Nacional de Artes Escénicas en su país. Ha recibido varios premios y su obra se ha publicado y representado en Uruguay, Argentina, Francia, Canadá y Brasil. Actualmente, se desempeña como directora de Cultura en el gobierno de la ciudad de Montevideo.

En la escena, Mariana es de las que apuesta por alejar al teatro de las salas tradicionales y desarrollar el diálogo con el espacio público. Además, se declara feminista y busca colocar a la mujer en el epicentro de su creación, otorgándole una voz propia, más allá de los estereotipos de género, contra los cuales insiste en batallar sin descanso. Defiende el redimensionamiento de los clásicos con elementos contemporáneos y su lectura desde el hoy. Ejemplo de ello es su exitosa trilogía Yocasta, Clitemnestra y Medea, donde narra la historia de cómo serían las tres heroínas en el mundo actual.

“Las mujeres hemos sido narradas por los hombres a lo largo de la historia, y eso ha provocado que haya un gran malentendido. Por eso en mi dramaturgia trabajo mucho el tema de género y el lugar de la mujer en la sociedad. Se trata de una necesidad personal, soy feminista y considero que, desde mi teatro, puedo provocar cierta reflexión y contar historias donde permita a las mujeres narrarse a sí mismas desde su condición.

“En estos momentos estoy haciendo una investigación para un espectáculo que voy a llamar Melancolía. Es sobre los tratamientos médicos a las mujeres en Uruguay entre 1850 y 1930 en el Psiquiátrico Nacional, para denunciar el grave problema que sufrieron aquellas que se salían de la norma y no estaban encuadradas en lo que la sociedad esperaba de ellas”.

“He trabajado de todas las maneras: ficcionalizando al público y dándole un rol que asume o no, o simplemente manteniendo su posición de observador; a veces como tomador de decisiones donde elige qué ver, qué hacer, a dónde ir y a quién seguir”.

Para la directora teatral no existen límites en cuanto a estéticas, lenguajes y conceptos; la versatilidad, el estudio y la renovación constante parecen ser sus directrices en la escena: “He trabajado de todas las maneras: ficcionalizando al público y dándole un rol que asume o no, o simplemente manteniendo su posición de observador; a veces como tomador de decisiones donde elige qué ver, qué hacer, a dónde ir y a quién seguir”.

Existe cierta tendencia en el presente encaminada a mixturar los lenguajes artísticos (danza, teatro, música, artes visuales…) ¿Qué cree de estas alianzas? ¿Las considera positivas o negativas para el desarrollo del teatro actual?

Son nuevas formas, cada tiempo tiene sus tendencias y hoy lo transdisciplinar marca un cambio de recepción en el espectador. En Cuba ustedes no tienen casi publicidad, pero nosotros estamos rodeados de tecnología y carteles en las calles que se mueven de manera constante con publicidad electrónica. Entonces, el espectador es multipantalla, puede estar viendo cuatro cosas a la vez, va al teatro con su teléfono móvil. Hay espectáculos que lo quieren atraer y le dicen “usa tu celular y forma parte de la obra”. Me parece que es inevitable. No me peleo con eso, al contrario, lo recibo.

Hay que estar con las antenas abiertas, sobre todo si queremos comunicarnos con los jóvenes. De otra manera, nos vamos a quedar dándoles la espalda, quejándonos y diciendo que todo tiempo pasado fue mejor, y eso no hace avanzar a las artes.

Puedo hacer un ejercicio nostálgico y recrear un melodrama del siglo XIX porque me gusta, pero, al mismo tiempo, concebir un espectáculo interactivo con celulares y multipantallas, porque es parte de la diversidad del siglo XXI. No creo que eso sea malo, hay que estar con las antenas abiertas, sobre todo si queremos comunicarnos con los jóvenes. De otra manera, nos vamos a quedar dándoles la espalda, quejándonos y diciendo que todo tiempo pasado fue mejor, y eso no hace avanzar a las artes.

Con respecto a los tópicos, el teatro contemporáneo en Cuba se ha vuelto reiterativo, creándose un círculo vicioso enfocado a las problemáticas internas y perdiendo de vista la noción universal. ¿Estima que sucede lo mismo en la dramaturgia del resto del continente?

Depende, en Argentina y Uruguay tenemos una tendencia a lo universal, pero también, en paralelo, a pintar a nuestra gente y nuestra sociedad. En Río de la Plata tuvo un peso grande en la dramaturgia hablar de la familia disfuncional, pero ya se está dejando, ahora hay escrituras más políticas y profundas. Quizá en Cuba es más lógico que miren a lo interno e intenten reflexionar sobre los distintos momentos que les toca atravesar, porque el contexto de su historia es distinto al resto del continente. Pero en eso somos todos iguales, cada país en su teatro se pinta a sí mismo, es inevitable. Solamente depende un poco de nuestros contextos sociopolíticos el cómo contamos las historias.  

En los últimos tiempos han surgido grupos alternativos que promueven un teatro callejero, más interactivo, donde el público se hace partícipe al punto de formar parte de la propia dramaturgia de la puesta en escena. ¿Cuál es su valoración sobre estas propuestas?

En los años 70 hubo una tendencia al teatro de calle como vía del compromiso político y social en el continente, para salir al exterior y hablar sobre estos temas. Hoy el teatro está ocupando los espacios públicos de otra manera, hay un desgaste en lo ficcional. La gente necesita renovar la creencia, y el hecho de salir a los espacios no teatrales permite hacer eso, aunque parezca paradójico. El público puede así percibir una historia contada de otra manera, es una tendencia que practico mucho y me gusta.

 Hoy el teatro está ocupando los espacios públicos de otra manera, hay un desgaste en lo ficcional. La gente necesita renovar la creencia, y el hecho de salir a los espacios no teatrales permite hacer eso, aunque parezca paradójico. 

El teatro de cuarta pared, mirando hacia adelante en una sala oscura, ya no lo soporta mucha gente, entonces creo que debe renovarse el vínculo con el espectador. De hecho, en el seminario que daré en Matanzas para dramaturgos y actores después del Premio Casa, voy a trabajar sobre los espacios no convencionales, porque ahí hay mucho por investigar. Pienso abordar las cartografías de los creadores, revisitando los espacios y redescubriendo vínculos; cómo hacer contar historias al espacio y trabajar la actuación en estos; cómo interactuar con el espectador que está tan cerca; cómo no aplicar una actuación tradicional de escenario en un lugar público; cómo el activismo —desde las manifestaciones y protestas sociales— ha tomado los espacios y los ha hecho hablar, y cuánto puede enseñarle a las artes escénicas; así como toda la influencia del performance y su cruce con el teatro.

Cerrando el círculo, volvemos al Premio Casa. ¿Cuál es su valoración sobre las obras de teatro concursantes este año en cuanto a debilidades y fortalezas?

La muestra es súper variada, hay textos de hombres y mujeres de distintos países. La obra de las mujeres se destaca claramente, porque tenemos un pulso de escritura muy distinto, nuestra manera de construir personajes femeninos es diferente y he encontrado algunas voces bien interesantes.

Veo, además, una ruptura entre el drama más aristotélico y cerrado, de cuarta pared, y lo postdramático y los textos más libres, menos narrativos; son como dos bandos. También se notan las formaciones de las que vienen los dramaturgos y dramaturgas, así como los que no la tienen y escriben de una manera un poco intuitiva, sin mucha experiencia en lo teatral, y esos son textos más débiles siempre; la formación existe por alguna razón.

Igualmente, me ha pasado que he leído a alguien muy joven con un talento y potencial enorme, del cual me encantaría leer su segunda obra. Creo que eso es lo fascinante de un premio como este. También los que participan no representan todo el teatro que se está haciendo, habrá otras rutas para otros teatros posibles.

Para los dramaturgos del continente, ¿qué importancia posee el Premio Casa de las Américas?

Al Premio hay gente que llega y gente que no lo tiene en su panorama. Los que concursan representan una muestra, y después está la muestra que conformamos los jurados. Cada miembro es un organismo con personalidades, valores y lenguajes distintos, y a partir de ellos vamos a ver obras y calidades. Lo más importante es la selección del jurado, porque ahí se decide quiénes van a mirar y hacer el recorte. En ese sentido, destaco que este año hay ocho mujeres, un número muy bueno para la media de las cosas que uno ve. Relativizando todo, la sabiduría de Casa de las Américas es ir formando jurados diversos, con distintas miradas, lenguajes, historias, edades, géneros, para que podamos, a su vez, concebir muestras variadas. Lo más importante es la diversidad de voces, la riqueza para mirar y conocer, y espero que estemos a la altura del desafío.