Cabaiguán 200 años (II parte)

En la Memoria anterior dije que entre los encantos de Cabaiguán —a primera vista—, estaba la larga alameda o paseo o arboleda asfaltada, que multiplicaba la Carretera Central por dos, a diferente nivel, con bancos y escalones de acceso en diversos puntos.

Algunos amigos me reclaman que es paseo y no alameda ni arboleda asfaltada. Así lo llaman los lugareños. Otros  niegan que el lugar esté lleno de misterio y desaprueban la frase «con un increíble aire de mundo», que el poblado en verdad no tenía.

A mis amigos, mis disculpas. Hoy Cabaiguán es un pueblo interesante en el que me gustaría vivir mi jubilación, pero el de 1970 distaba mucho de tener el aire cosmopolita que proclamaba el paseo.

Conviene, entonces, que pongamos las cosas en contexto. Varios historiadores del lugar reconocen que los paisanos tuvieron como primer eje “social” del poblado al portal de la antigua Escogida de Quesada, que luego cedió paso a la calle Valle, de muchos modos el equivalente a la calle Obispo de La Habana.

El paseo clasificaba como tercero en la preferencia. Y la verdad es que hoy se anima solo en el extremo que colinda con la estación de ómnibus. Y hace algunos años también se poblaba los domingos, al amanecer, cuando entre los espesos ficus se instalaba la feria agropecuaria al uso. Por suerte el buen juicio decidió que ese no era precisamente el mejor escenario.

 Y el paseo de Cabaiguán puede verse hoy rejuvenecido en sus aproximadamente 436 metros. ¿Mejor que como se veía el 24 de febrero de 1931? Depende.

Aquel día —considerado como el de la inauguración oficial— era «un amplio paseo de concreto, con césped a ambos lados, dos vías para el tránsito e igual cantidad de anchurosas aceras».

La cuestión es que sigue siendo una maravilla.

En verdad, la vía existía antes de aquel febrero, más o menos ancha, con la rimbombante designación de Avenida de Placetas, pero solo a nivel de terraplén, para atravesar el pueblo en nombre del Camino Real, ruta que conectaba Sanctis Spíritus con el poblado de Placetas.

Aquel terraplén tenía sus buenos 12 metros de ancho, pero un negro augurio se atravesaba en medio. La ya proyectada Carretera Central, no pasaría por Cabaiguán. La larga trocha pudo haber sido con el tiempo una pista de aterrizaje o una carrilera para deportes hípicos, ¡vaya usted a saber cómo son de misteriosos los destinos!, pero nunca un paseo como se ve ahora.

Sin embargo, al comprender que para el pueblo sería de mucha importancia que pasara por allí la Carretera Central de Cuba, un grupos de empresarios, acaudillados por un comerciante libanés, llamado José Chamán Milla, la pensaron dos veces —la segunda seguramente como buenos negociadores— y a la capital de país se fueron, a ver al Secretario de Obras Públicas, el doctor Carlos Miguel de Céspedes.

Cuentan que de Céspedes quiso ver personalmente el terraplén que iba a merecer ser parte de la vía nacional y a  Cabaiguán se fue. El jefazo de las obras públicas nacionales fue recibido por el primer alcalde municipal, el Sr. Arturo Martínez-Fortún y tuvo encuentros con los notables del pueblo, en medio de agasajos y homenajes.

En un ágape sucedido en la finca del libanés, este dejó caer en manos del ministro un sobre: «aseguran también, que con una reverencia y sin perder segundo alguno, el visitante lo escondió en el bolsillo izquierdo de su camisa y pidió permiso para ir al baño. No demoró ni un minuto en regresar eufórico; entonces, de pie, ante la mesa frente a los demás comensales, que eran todos sus anfitriones, improvisó un ardiente discurso del cual sólo es importante para la historia el hecho de que afirmó rotundamente, que la carretera Central pasaría por Cabaiguán, porque el próspero pueblo se lo merecía, pero además, la ciudad contaría con un hermoso paseo, réplica del prado habanero, que sería la envidia de toda la República, cosa que aseguraba él como Secretario de Obras Públicas del Gobierno»1.

No pocos afirman que el sobre contenía un cheque por valor de cuatro mil pesos.

La Carretera Central había iniciado obras en 1927 y un año más tarde pasaban por Cabaiguán los aires renovadores a bordo de motoniveladoras, remolques con macadam, camiones y obreros viales.

El jueves 12 de julio de 1934, por inversión municipal, se encendieron por primera vez las originales luminarias, colocadas en sus dos bandas para esplender las frondosas majaguas que entonces habitaron el terreno.

Y desde entonces ahí está el paseo, para concierto y aquiescencia cabaiguanenses.

Con aires de mundo, lleno o no de misterios, más o menos concurrido, el paseo de Cabaiguán es un lugar encantador al que el tiempo le concede el mejor de los añejamientos posibles.

 
Notas:
1. Cabaiguán 200. Cultura y Tradición, autores varios.