Breve y maravillosa cita

Cuando en diciembre del año 2015 dos mujeres jóvenes fueron presentadas en el espacio (ya inexistente) “Miércoles de sonrisas”, lejos estábamos de imaginar que los textos leídos esa tarde tomarían forma, solidez y estructura de espectáculo, hasta convertirse en una puesta escénica. Tal es el caso de La cita.

Hasta ese momento, Venecia Feria y Andrea Doimeadiós se admiraban mutuamente, respetaban el trabajo que cada una hacía, y compartían un origen común, pero no habían participado juntas en ningún proyecto. Venecia, nacida en Holguín, hija de holguinero fotógrafo, integraba (y aún lo hace) el grupo humorístico “Etcétera”, amplio ganador en varios certámenes del Aquelarre, y Andrea, hija también de un holguinero, ya formaba parte del grupo teatral “El Público”, dirigido por Carlos Díaz.


Cartel de la obra.


La conjunción de una actriz experimentada, con amplios registros humorísticos y una marcada plasticidad (Venecia), con una veinteañera que se iniciaba en el complejo mundo teatral, pero sobre todo, se atrevía a escribir textos de alto contenido artístico (Andrea), dejó en un pasmo a quienes presenciamos la suerte de performance que ambas interpretaron en el Centro Cultural Dulce María Loynaz hace más de un año.

Hoy, La cita reúne la mayoría de los parlamentos leídos en aquel momento, y se enriquece con otros nuevos, lo cual demuestra la audacia de quien no solo interpreta y comparte sus textos, sino que conserva gran capacidad de generar argumentos que rinden homenajes, y se nutre de figuras nacionales e internacionales, utilizando una admirable intertextualidad. Andrea se revela como una escritora de alto vuelo, en el dificilísimo camino de una literatura teatral que, además de bien lograda, no es fruto del azar ni de un momento iluminado: se trata del resultado de amplias lecturas, de mensajes aprehendidos a fuerza de inteligencia, de sutilezas y, sobre todo, de humildad. No intenta deslumbrarnos esta muchacha de apenas 22 años a través de apabullantes demostraciones de su cultura: todo lo contrario. Nos impresiona la manera en que rinde homenajes, nos impacta su hábil manejo de la historia, el tributo que ofrenda a figuras nacionales (Cirilo Villaverde, Fernando Ortiz, José Antonio Saco, Silvio Rodríguez) y a artistas extranjeros que marcaron pautas en sus respectivas épocas (Humphrey Bogart, Alfred Hitchcock, Frida Kahlo, Marilyn Monroe), por solo mencionar algunos nombres cuyos orígenes y estilos distan mucho entre sí.

En La cita todo es un juego mágico. Desde el título de la obra, que alude al doble sentido de lo que pudiéramos parafrasear como “Citas citables”, hasta el marcado intento por desnudar los intríngulis del mundo del espectáculo, el público se deja atrapar y participa en el manejo lúdico. Aunque la mayor parte de los parlamentos es interpretada a dúo por las actrices, y así se abre y se cierra el telón, hay dos momentos en los cuales aparecen por separado. Una Venecia Feria transfigurada en loquilla aspirante a actriz, fea, ofendida y al cabo resignada, abre las compuertas de su proverbial ductibilidad para mostrarse espléndida, eficaz, en un difícil rol de mujer luchadora a quien la vida no cesa de lastimar. Por su parte, Andrea, como monja María, hipócrita, sonsacadora, transita de una postura a otra sin respiro. Es la devota sor que intenta predicar su fe, para de inmediato convertirse en una mujer ávida de sexo, tal como fue su madre, Magdalena. Ambos momentos remarcan las dotes histriónicas de las actrices, y el público no logra contenerse. Lluvia de vítores escapan, como ocurre en los solos que hacen los integrantes de bandas de jazz, por ejemplo. Insisto en la condición femenina de todos los personajes de La cita. En términos de presencia, de ímpetu, y de fuerza, no he visto nada más demostrativo de la presencia de la mujer en el teatro cubano contemporáneo.

Con toda intención, no he mencionado hasta ahora quién tiene a su cargo la dirección del espectáculo. No es sano contaminar un comentario con nombres que refulgen por sí mismos, pero Osvaldo Doimeadiós no permite ocultamiento de ninguna clase. Es el intérprete intenso que conocemos; es Premio Nacional de Humorismo; es el creador de personajes popularísimos como Margot, Feliciano, Mañenga, Domingo Díaz; es el profesor de varias generaciones de actores; y su unipersonal Aquicualquier@, inscrito en la Historia del teatro cubano de todos los tiempos, así como sus múltiples trabajos en cine, radio, televisión y teatro, avalan su consagración al arte.

No es esta la primera vez que Doime asume la dirección de una puesta en escena. Ha brindado su magisterio en dicho sentido en varios espectáculos previos, cuyos registros van desde el género musical (Con Liuba María Hevia, con el maestro Leo Brouwer, entre otros) hasta lo puramente dramatúrgico, dirigiendo a Omar Franco y a Gilda Bello en obras como la del desaparecido Amado del Pino, que más tarde fuera llevada al cine por Charlie Medina, y en esa memorable adaptación que él mismo hiciera de Monólogo de una vagina, que disfrutamos bajo el nombre Vaginas hace pocos años.

En esta ocasión, se coloca, batuta en mano, tras las cuerdas del ring donde una de sus hijas (y exalumna suya, con todo el riesgo que ello implica, pobre Andrea) y una actriz ya reconocida, se dejan guiar por él. El estilo de Doime se nota en esta puesta: economía de recursos, vestuarios exactos y mínimos, cambios de apariencia “a pleno sol” y “sin móvil aparente”, transiciones inmediatas, vértigo de movimiento, y pura sangre. Entrega absoluta es lo que más se aprecia. En conjunto, se agradecen la inteligencia, la refinada intención, las depuradas actuaciones y los enjundiosos textos de La cita. No es necesario ser especialista en materia de teatro para sugerir al público una obra donde el humor predomina, y de la cual salimos gratamente impresionados.