Boxeando con mi maestro

Round number one.

Era el año 2002, quizá el 2003; me había enfrascado ya en la investigación para mi tesis de licenciatura y mi tutor era Freddy Artiles. Fue el tutor de mi tesis no por varios meses, como es lo común, sino por tres años. Por ese entonces, como corresponde al estereotipo del estudiante de teatrología, era más rebelde e insolente que en la actualidad, creía que mis descubrimientos eran inéditos e inapelables y, por supuesto, me oponía rotundamente a la idea de que Pelusín del Monte se constituyera en el Títere Nacional.

Caminaba por la calle Línea con Freddy y le decía que siendo de Guantánamo jamás había visto al tal Pelusín, así que muy nacional no era,  y que me molestaba esa necesidad imperiosa que teníamos siempre de ponerle nombres pomposos a las cosas cuando Pelusín bien que podría quedarse tranquilo en sus “cuatro texticos”. Freddy ni se inmutó con mis provocaciones; maestro como era, sonrió y contraatacó con una calma “madura” y me dijo un par de motivos por los cuales creía que el título honorario era justo. Sus razones están escritas en un excelente artículo del año 2006 titulado “Pelusín del Monte ¿Títere Nacional?”; sin embargo, lo más contundente no fueron sus certeros juicios, sino su pregunta de coda: No eres la única que se opone al título, pero ¿qué utilidad tiene en tu vida como investigadora dedicarle razones a esta batalla, cuando no tienes una propuesta mejor que la nada?

Allí ganó el primer round.


Freddy Artiles
 

Round number two.

Dos años después de aquella historia me estaba graduando. Dos amigas mías teatrólogas, menores que yo, me obsequiaron como regalo el libro Nuevas aventuras de Pelusín del Monte con la siguiente dedicatoria: Es necesario que acabes de desinstitucionalizar al “títere nacional” para que tus regalos nos sean más económicos. Y me indicaban con una flecha el precio del libro. Habían pasado dos años de aquella plática, pero de alguna manera tenía la certeza de que aquella tesis marcaba el principio de lo que me importaría en lo adelante. Empecé a leer aquel libro sin consultar el prólogo, como acostumbro, para no sugestionarme con las palabras de los antologadores. Me había leído con pereza y desgano algunas de las obras. Un día en casa de Freddy le comenté que aquellos textos me parecían más ñoños aún que los del teatro. Freddy volvió a reírse —creo que en verdad el disfrutaba mi tozudez— y me preguntó: ¿Te has leído el prólogo? No, porque no quiero sentirme influenciada por tus palabras,  riposté. Pero si los textos son ñoños no habrá palabras que los hagan más interesantes. Léetelas y ahí decides si continúas con el resto de las historias.


Nuevas aventuras de Pelusín del Monte. Ilustración: Armando Morales.
 

Pasada una década no puedo decir dónde recayó el efecto, solo puedo confesarles que después de leer su prólogo empecé a reír a carcajadas con los textos. Cuando caí en la cuenta hube de conformarme con la idea de que soy una mujer sugestionable.

Allí ganó el segundo round.

Round number three.

Freddy ya no está, y yo regreso una y otra vez a Pelusín con la misma convicción que regreso a Villafañe y a su obra La calle de los fantasmas cuando me faltan ganas de seguir pensando este teatro que, cada día me convenzo más, es para gente loca, pero apasionada. ¿Por qué Pelusín? Nadie reflexionó sobre el tema mejor que él, basta ya de repetir sus palabras. ¿Por qué no Pelusín? sería una versión de aquella pregunta genésica. Particularmente creo que un personaje que dice: “Yo no entiendo ni mirringuito, don Sorullo. Si Pascualina fuera mi novia le daría un zumbón y le diría: Mire ciudadana, ¿usté está viendo ese trillito? ¡Pues piérdase por ahí y olvídese de Pelusín del Monte y Pérez del Corcho!”[1], no puede ser sino eminentemente nacional y, ciertamente, ya no son lícitas las razones para dudar de su identidad.

Pelusín y los pájaros. Guiñol Nacional de Cuba
 

 

Si hace 13 años alguien me hubiera dicho que me iba a levantar a las 6 de la mañana para dejar a mi hija en la escuela y venir hasta Matanzas a celebrar el cumpleaños del Peluso Patatuso, habría reído con fuerza por el gran absurdo. Hoy, que soy parte de esta celebración —parte consciente, por demás—, la asumo tan poderosa como aquella reunión de cientos de titiriteros en Inglaterra que celebraban el cumpleaños 400 de Punch. Somos una tierra joven, hace 400 años no había una nación cubana.

Freddy es tan solo diez años mayor que el Peluso. Y en su batalla por enaltecer un títere nacional, hace ya tiempo que ha ganado por knockout.

Notas:
1. Alonso, Dora. El muerto resucitado. Nuevas aventuras de Pelusín del Monte. La Habana: Editorial Gente Nueva, 2003 p. 228.