Bordeando El lado alegre del corazón, de Sergio Chaple

Sergio Chaple, crítico literario, Doctor en Ciencias Filológicas, Profesor Titular, e investigador del Instituto de Literatura y Lingüística desde hace más de cinco décadas, agrupa cinco cuentos suyos ya publicados, a los cuales añade nueve inéditos, para conformar El lado alegre del corazón. La Editorial José Martí tuvo a su cargo la edición de este volumen, con maravillosas ilustraciones de José Luis Fariñas (lástima la mala calidad del papel).

El registro de las narraciones varía, como es natural, aunque todas tienen en común no el tono humorístico que el propio Chaple considera (divertimentos, dice en el prólogo), sino otro aspecto del cual no parece ser consciente el autor: el reflejo de una época intermedia en todo sentido. Ni es el espejo de un pasado remoto (con el cual se suele ser drásticamente crítico, o, por el contrario, muy benevolente), ni los destellos que dejan salir los relatos llevan implícita una ideología asumida concienzudamente. Y en ello, en la mezcla de retratos hechos con mesura (de países, de personas, de actitudes) radica el atractivo de El lado alegre del corazón.

portada del libro El lado alegre del corazón de Sergio Chaple
Foto: Cortesía de la autora


Si bien “De cómo fueron los quince de Eugenia de Pardo y Pardo” (el cuento que da inicio al libro) es abiertamente humorístico, y aquí y allá está presente cierta dosis de comicidad (en “Magia negra”; en “Todo un lord”), insisto en que no es ese el aire que se recibe al concluir la lectura de las 14 narraciones. Más bien se perciben dos momentos históricos: el de Cuba prerrevolucionaria, y el de Cuba en países del campo socialista europeo. Sobre todo este último ambiente.

El mundo de los becados cubanos en esos lugares; la transculturación sufrida por muchachos de diferentes carreras; la complicada adaptación de adultos responsables de los becarios, o ubicados allí en virtud de actividades de diversa índole —son traductores, profesores, activistas culturales, acompañantes, funcionarios en general—, mostrado casi de forma testimonial, da fe de autenticidad. No es posible describir esos ámbitos (ni ningún otro, vale aclarar, aunque en este caso se trata de contextos bien distintos —y distantes— a los nuestros) sin haber estado (padecido o disfrutado, da igual) allí, en Europa del Este. En ese sentido, nos parece recrear la imaginación de “Los viajes de Miguel Luna”, novela de Abel Prieto que hiperboliza dicha circunstancia.

Al menos seis cuentos: “Todo un lord”, “El hombre quieto”, “Nacieron con las botas puestas”, “Jarmila”, “Tren nocturno” y “Recuerdos de la Alhambra” son dedicados por Chaple a la descripción de un universo que hoy no existe, al menos no como él los utiliza de esqueleto para lo que quiere contarnos. Nada de esto es reflejado con remordimiento, ni con énfasis en demostrar la suerte de haber sido trasplantado a condiciones desconocidas. Una provechosa contaminación de géneros literarios resuelve el dilema: estamos ante un testimonio ficcionado (por decirlo de alguna manera). Sergio Chaple realizó estudios de postgrado en la Universidad Carolina de Praga durante varios años, y aunque nunca aparecen nombres específicos en sus narraciones (si acaso menciona “El Castillo de la Plaza Vieja”, imposible de situar geográficamente), queda claro que los sucesos sitúan a los personajes en una ciudad del viejo continente, y con simpatía por nuestro país. Socialista, sin dudas. En “El hombre quieto” va más allá, al aludir a las transformaciones que sabemos tuvieron lugar en el llamado Bloque del Este: “…aquel proceso depurativo que, en forma lamentable, fue degenerando paulatinamente” (p.103).

Otros aspectos saltan a la vista: el narrador, siempre en primera persona, se dirige a un interlocutor masculino (esa es la impresión que se recibe), y la figura de la mujer es utilizada como centro de atracción física, sobre todo si es cubana: “bestiales mulatas”, p.99; “cintura de avispa y copa, caderas indescriptibles y senos de paraquétecuento”, p.100. Esto también acentúa la época, en términos del tratamiento habitual que solía otorgársele a las damas, y en el afán por demostrar la irresistible atracción que el hombre cubano ejerce donde quiera que esté (“defendiendo, con la guardia bien en alto, el honor patrio”, p.117).

Por otra parte, el uso de neologismos (graciosos, esos sí) descubren al investigador Chaple, al cultísimo narrador que es capaz de contar con ligereza, pero que no descuida la materia que tan bien domina. El público sonreirá, cómplice, ante la aparición de “donfernándico ajiaco”, “protoprieto”, “pasas protohistóricas”, “proto-rabo”, “ascendencia mandarínica”, así como ante la alusión a músicos, a actores, a hacedores de literatura, representantes todos del arte universal (“Los hombres de Pánfilo”, “La carretera de Volokolansk”, Bach, Cary Grant, entre otros).

El resultado es agradecible. Recrear momentos del ya inexistente campo socialista europeo, visto a través del prisma de un cubano que allá o aquí asume la no siempre grata tarea de fungir como traductor, o acompañante, o corrector de estilo, exalumno y ahora profesor, resulta interesante. Y si se añade que las narraciones quedan libres de segundas intenciones más allá del puro acto de contar, sin que el autor pretenda “vendernos” la experiencia directa de haber vivido largo tiempo fuera, se comprenderá que El lado alegre del corazón es justamente eso: la alegría que se percibe cuando el tiempo pasa. Y de pronto, ya no somos los de entonces, pero evocamos con añoranzas épocas antiguas. Agradezco a Sergio Chaple su franqueza al narrar sin artilugios ni ánimos de experimentación. Insto al público a conocer las historias reunidas en este libro, de cuyas peripecias seguramente él mismo podrá decirnos más, mucho más. Por ahora, disfrutemos de este racimo de cuentos que, sin pretensiones, nos hace pasar un buen rato.