Bienvenido cartel

Muchos son los carteles del cine cubano que guardo en mi memoria. Verdaderas obras de arte que ostentan inconfundibles sellos, variopintos estilos, exuberantes líneas estéticas o sobrias propuestas estilísticas que construyen riquezas, conceptos, rupturas y una sólida corriente artística dentro de la gráfica cubana. A todos les une una esencial nota: el hacer de sus creadores desde los más renovados ingenios. 


Ellos forman parte de la leyenda de nuestra historia cultural, de nuestro acervo sociológico, de esa necesaria iconografía impulsada por el ICAIC en el período fundacional de los años 60 y 70 del siglo pasado. Un arte requerido para acompañar a la naciente cinematografía de la Revolución cubana, que no discriminó a ninguno de los géneros e interpretó a las producciones de otras geografías que enriquecieron la obra intelectual de la nación. Más de 40 artistas plásticos conformaron el núcleo de esta epopeya. Que aún hoy sigue dejando trazas en la retina de los que saben apreciar sus firmamentos.

Sara Vega, especialista de la Cinemateca de Cuba y coautora del libro, Ciudadano cartel (Ediciones ICAIC, 2011), en su ensayo “Máximo esplendor” lo delinea con meridiano acierto: “Se convirtieron, de hecho, en la punta de lanza de una significativa revolución ocurrida en el campo de las artes visuales de nuestro país. Fueron en gran medida responsables de un cambio en la visualidad íntima y urbana, en especial de esta última, al ser colocados en fachadas, muros, postes, y a la vez formar parte de la ambientación de lobbies de edificios públicos, en oficinas, escuelas, universidades, teatros, restaurantes, o aparecer, en versiones de formato horizontal, en vallas situadas en calles, avenidas o carreteras”.

Esta reflexión sociológica nos confirma la trascendencia cultural que tuvo en varias generaciones el cartel cinematográfico impulsado por el ICAIC. Ese rol de visualidad lo ocuparon como constructores de mensajes, removedores de ideas, de apuntes cuya síntesis no están desligadas de sus fuentes naturales: el cine cubano. Carteles que hoy son reconocidos como textos icónicos.
Esa relación ha menguado en las últimas tres décadas por las limitacionesmateriales y financieras que persisten en nuestra nación, ante la imposibilidad de multiplicarlos desde el tradicional soporte de papel. Restricciones que han de ser solventadas por las rutas digitales y las heterogéneas vías de socialización que estas nos brindan, acompañadas de notas, de agudos ensayos, reportajes y entrevistas, atemperadas con las dinámicas que caracterizan a los lectores jóvenes, ávidos de consumir lo que les viene desde esas fuentes.

La Cinemateca de Cuba por el 57 aniversario de la fundación del ICAIC nos propone una vivencia excepcional. La relación con el cartel en su dimensión real, en el degustar de sus texturas, en sus más precisas líneas o sus horondas pátinas, removiendo antológicas películas cubanas y de otras geografías. Son, en definitiva, parte de las lecturas que podemos hacer de la selección que nos ha organizado en el Cine 23 y 12, bajo el rotulo: “Pequeña muestra de una gran donación”.

Obras de René Azcuy, Antonio Fernández (Reboiro), Jorge Dimas González, Alfredo González (Rostgaard), Antonio Pérez González (Ñiko), Julio Eloy, Jorge (Dimas) González, son parte de la curaduría de esta selección que vieron la luz en ese período fundacional y que hoy se exhiben frescas y restauradas.

La ingenuidad de Charles Chaplin, pintado por Eduardo Muñoz (Bachs), en el mítico cartel creado por este gran artista para el documental Por primera vez, de Octavio Cortázar; los trazos de dibujos (animados) que lo singulariza, la multiplicidad de cromas como bocetos de un jardín, las alegorías que esta pieza nos revela, son también buenas razones para asistir a la muestra, fruto del rigor, la excelencia y el talento. La invitación está hecha.