Benjamín y los pingüinos

No me dio gracia alguna la boutade que se gastó Benjamín Netanyahu en las Naciones Unidas. Al presentarse como adalid de “la gran revolución” que, según él, ha cambiado “la posición de su país entre las naciones” y lanzar el lema ilusorio de que “el mundo está abrazando a Israel e Israel está abrazando al mundo”, el estadista dijo: “Todavía no he visitado la Antártida, pero un día quiero ir allí, porque he oído que los pingüinos son también partidarios entusiastas de Israel”.


Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, durante su intervención
en Naciones Unidas. Foto: Telesur.
 

Si hubo alguna desprevenida sonrisa en el auditorio —descontando la de sus aliados en Washington—, inmediatamente se borró con lo que apostilló de inmediato: “Los pingüinos no tienen dificultad en reconocer que algunas cosas son en blanco y negro, son correctas o incorrectas. Infortunadamente cuando se trata de decisiones de la ONU sobre Israel, ese simple reconocimiento está muy a menudo ausente”.

Esa visión maniquea de la realidad, unida al menosprecio por la percepción de la comunidad internacional sobre el papel desestabilizador, depredador  e injerencista del gobierno de Tel Aviv, incluso más allá de su  entorno geográfico, retratan de cuerpo entero la filosofía política del mandatario israelí.

Después de que las propias Naciones Unidas certificaran en 1947 la partición de Palestina, el organismo multilateral ha emitido una decena de resoluciones encaminadas a tratar de poner  freno al expansionismo del nuevo estado. Sistemáticamente, la cúpula sionista gobernante ha desoído y rechazado  esas disposiciones. Podría comenzarse por la Resolución 242 del Consejo de Seguridad del 22 de noviembre de 1967, poco después de la Guerra de los Seis Días, que instó a “la retirada del ejército israelí de los territorios ocupados durante el reciente conflicto” y el “respeto y reconocimiento de la soberanía y la integridad territorial y la independencia política de cada Estado de la región, y su derecho a vivir en paz en el interior de fronteras reconocidas y seguras, al abrigo de amenazas y actos de fuerza”.

A Netanyahu  le incomodó  particularmente la Resolución 2334 (23 de diciembre de 2016)  del Consejo de Seguridad, acerca de la ilegalidad de los asentamientos israelíes en Cisjordania  y el este de Jerusalén. Donald Trump, electo ya, pero sin haber tomado posesión, se movió rápido y pidió al jefe del Estado promotor del documento, el egipcio Abdel  Fattah  Al Sisi, que retirara la propuesta,  pero no calculó que de conjunto Nueva Zelanda, Senegal, Malasia y Venezuela la suscribieran. La votación quedó 14 a favor y una abstención, la de EE.UU.

El capo israelí bufó y denostó a la diplomacia mundial. Ahora siente que ha llegado el tiempo de la revancha. Agradeció a quienes lo apoyaron: en primer lugar, a Trump. Había que verlo eufórico y radiante mientras su colega de la Casa Blanca lanzaba sus dardos en el podio neoyorquino. Llegó a decir que nunca había escuchado en la ONU un “discurso más valiente y más franco” que el pronunciado por Trump. Al Sisi también recibió su cariño en Nueva York.

Eso es parte de su concepción de abrazar y dejarse abrazar por el mundo. Antes de llegar a la Gran Manzana dio una vuelta por América Latina (Argentina, Colombia y México), precedida por una nota de su Cancillería en la que de manera explícita aplaudía un escenario propicio por la “llegada de gobiernos amistosos y la casi desaparición de gobiernos populistas”.  

Sus acompañantes en la gira no podían ser más representativos de las intenciones del estadista: empresarios y expertos en ciberseguridad, defensa electrónica y producción de materiales y equipos estratégicos.

A los analistas políticos argentinos, Silvina Romano y Aníbal García, les parece obvio que “lo fundamental es que Netanyahu percibe a América Latina como socio estratégico” y, por lo que ha dado a conocer en su visita, parece que el sector fundamental en esta relación es el de la ciberseguridad, que puede aparecer, incluso, como algo novedoso. Esto se liga sin tensiones a una indiscutible trayectoria del Estado de Israel en provisión de armas, equipos de seguridad y entrenamiento a las fuerzas armadas de América Latina. 

Netanyahu no es un histrión, pero sí posee habilidades para camuflar su ideología. Cuando habla de hallar paz y estabilidad duradera en el Medio Oriente, no es de fiar: verbaliza el odio, estimula la expansión de los colonos en tierras árabes y ataca a los compatriotas que lo desaprueban.

Pretende satanizar a todo el que denuncie su actuación o se oponga a sus desafueros con el sambenito del antisemitismo, cuando no como enemigo del derecho de los hebreos a contar con un estado nacional.

No hay que dejarse confundir. Una cosa es el antisemitismo —la aberrante doctrina que trata de justificar el odio y la exclusión de los hebreos, y la descalificación del judaísmo—, y otra bien diferente es el antisionismo, o sea, la crítica a las ínfulas hegemónicas y las prácticas anexionistas de un gobierno que responde a los intereses de un floreciente complejo industrial militar asociado al de EE.UU.

Tal vez estas verdades las comprendan hasta los propios pingüinos.