Béisbol en el cine cubano: En tres y dos, 30 años más tarde

Entre las paradojas más singulares del cine, y del audiovisual cubano en general, se cuenta la escasez de filmes musicales y deportivos en una nación con extraordinario potencial en ambos derroteros. Se ha escrito mucho sobre la escasez de largometrajes de ficción donde los personajes sean también cantantes o bailarines (el documental presenta otro panorama), y menos se reflexiona en torno a ese otro déficit, amparado tal vez en el argumento de que el cine se encargaba de otros temas, supuestamente más trascendentales, mientras el béisbol, nuestro deporte nacional, ocupaba el tiempo de unos pocos documentalistas y estaba a tiempo completo en la televisión nacional.

Deben mencionarse, entre otros que se escapan a mi memoria, los documentales Redonda y viene en caja cuadrada (1979, Rolando Díaz), Algo más que una medalla (1992, Rogelio París) y Fuera de Liga (2002, Ian Padrón). También existen otros testimonios, de corte televisivo, pero de estimable contenido, como Un poco de historia sobre el béisbol en Cuba con Eddy Martin, Con la Historia a cuestas (sobre la frustración del equipo de Santiago de Cuba por la derrota de 2005, en los play off más largos del deporte cubano) y Bola y Corredor, que se refiere abiertamente a la rivalidad eterna entre los equipos de La Habana y Santiago de Cuba. Además, hay importantes escenas de pelota en las tramas de Los pájaros tirándole a la escopeta, Plaff y Páginas del diario de Mauricio.

cartel de la pelicula cubana en tres y dos
En tres y dos, que se inicia y clausura con deslumbrantes panorámicas del Estadio Latinoamericano

 

Sin embargo, el primero y probablemente único largometraje de ficción cubano que transpira devoción y conocimiento respecto a los entresijos del béisbol contemporáneo se tituló En tres y dos (1985) y lo dirigió Rolando Díaz, dos años después de anotarse un exitazo extraordinario con Los pájaros tirándole a la escopeta. Aunque terminó siendo uno de los filmes más subestimados de la década, En tres y dos manifestaba la comprensión de su realizador de una de las líneas más nítidas del cine cubano en los años 80: la urgencia por reactivar la comunicación con su espectador natural a través de un tratamiento cálido de lo idiosincrásico, y de lo popular, muy presente en títulos como Se permuta y Plaff, de Juan Carlos Tabío; La bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet; Clandestinos, de Fernando Pérez, y por supuesto, los tres filmes realizados en esta década por Rolando Díaz: Los pájaros…, En tres y dos y La vida en rosa.

Para los coterráneos interesados en la cultura nacional, urge la revalorización de la filmografía realizada por Rolando Díaz, dentro y fuera de Cuba. No se trata de forzar el descubrimiento de nuevos clásicos, sino de reconsiderar condenas que, en su momento, determinaron el olvido, con demasiada premura, de demasiadas películas con valores que, a veces, exceden lo estrictamente cinematográfico. Urge revalorizar sus virtudes desde los instrumentales proporcionados por la sociología, la sicología, la semiótica y la narratología, y si tales senderos parecen improcedentes, tal vez debamos apoyarnos simplemente en el análisis de la esencial comprensión de lo cubano que signa la obra de Rolando Díaz, cuya firma de autor tiene que ver también con un omnipresente dejo de ironía o de choteo. Con este espíritu está realizado En tres y dos, que se inicia y clausura con deslumbrantes panorámicas del Estadio Latinoamericano (Guillermo Centeno nos regaló algunas de las más grandiosas imágenes del béisbol cubano vistas en una pantalla de cine), el duelo por el campeonato nacional entre Industriales y Villa Clara, y las músicas combinadas de Vivaldi, José María Vitier y los Van Van (recordar que otra obsesión ochentera consistía en mostrar la dinámica relación entre lo culto y lo popular).

Hay un exergo que advierte: “Los hombres se miden por su capacidad de ilusión”, y precisamente este es uno de los principales temas de En tres y dos: la necesidad de alimentar el entusiasmo y las ganas de volver a subir la cuesta, cuando disminuyeron las fuerzas, las habilidades y el entusiasmo juveniles. Porque al igual que las mejores películas de los años 80 (Papeles secundarios, Plaff y Clandestinos) el filme se plantea la pugna entre lo joven y lo viejo desde la necesaria e impostergable renovación. Solo que En tres y dos se atreve a ponerse del lado del veterano y adopta su punto de vista, con la consiguiente frustración, rabia y añoranza que implica, para este pelotero estelar, ser compulsado al retiro (cuando todavía puede hacer muchísimo en activo) y retornar a su abandonado trabajo (tener en cuenta que los deportistas en Cuba, incluso los de altísimo rendimiento, desempeñaban, en ocasiones, un humilde oficio) o resignarse a entrenar un equipo infantil municipal.

Y no solo el personaje principal, jonronero estelar de Industriales, interpretado con bastante soltura por Samuel Claxton, enfrenta los conflictos de una vida privada bastante disfuncional, precisada de mayor atención justo a la hora del forzado retiro, sino que el otro protagonista, manager de Industriales (Mario Balmaseda, tan expresivo y eficiente como siempre), también debió desafiar los retos que plantea el inevitable declive físico y el imperativo vital de cederle el espacio que les corresponde a los jóvenes. Por otro lado, está el narrador Bobby Salamanca haciendo de él mismo, y que entra en la película en tanto es amigo del protagonista y está realizando una serie de entrevistas a tres glorias del deporte cubano (Kid Chocolate, Teófilo Stevenson, Alberto Juantorena), y nunca falta una interrogante: ¿qué significa para un atleta, aplaudido universalmente, la decadencia física y el inevitable cambio de actividad?

De este modo, el guion de Eliseo Alberto Diego favorece los rejuegos entre documental y ficción tan amados por el cine cubano del ICAIC, puesto que los actores profesionales alternan y se funden en la trama con personajes reales haciendo de sí mismos. Entre los primeros se cuentan Claxton, Balmaseda; Alejandro Lugo en el papel de otro veterano estelar que mal vive entre la frustración, el alcohol y la nostalgia; Luis Alberto García (padre) haciendo de pelotero jubilado que se gana los chícharos como bolerista en un bar pinareño de mala muerte; Luis Alberto García (hijo) como el joven lleno de potencialidades y ansioso por ocupar el lugar que puede y debe asumir. En el flanco documental, la presencia de Bobby Salamanca, Stevenson, Juantorena, Kid Chocolate, Lázaro Vargas y Agustín Marquetti le confieren al filme un aire de realismo testimonial inapreciable, valor añadido a partir del loable empeño del director y el guionista por conferirle empaque mitológico a este relato, de tono reflexivo, en torno al ascenso y la caída de tantos héroes capaces de verificar auténticos prodigios.

Es muy posible que la escasez de elogios para En tres y dos, en el momento de su estreno, se relacione con el hecho de que Rolando Díaz se apartó del tono apologético en torno a todos los protagonistas de la historia real y legendaria del deporte cubano revolucionario, y más bien prefiera reflexionar en torno al Hércules vencido por las circunstancias, y contemplar el descenso, peldaño a peldaño, con los puños cerrados y el paso cansado, como asegura cierta canción a la hora de describir el momento en que se esfuma la pasión de nuestras vidas. El aplauso final de un grupito de aficionados a este pelotero, antes célebre y ahora a punto del retiro, en medio de un estadio semivacío, viene a ser uno de los momentos más elocuentemente emotivos del cine cubano en los años 80.

Independientemente de su trama dispersa, desniveles en las actuaciones, y lo previsible de algunas situaciones dramáticas demasiado cercanas al cine deportivo más convencional, En tres y dos se puede ver con agrado e interés, aunque por alguna razón pertenece al grupo de películas cubanas que la televisión exhibe con menos frecuencia. Quizás a ciertos programadores, o funcionarios, les desagrade el modo en que el guion del filme glosaba algunos de los principales inconvenientes del deporte nacional en aquella época, problemas que engendraron parcialmente la crisis que vive, hoy por hoy, el béisbol como pasatiempo preferido por los cubanos.