Béisbol cubano, sin fama y ¿sin historia?

Cuando en diciembre pasado el Parlamento Cubano incorporó al Salón de la Fama del Béisbol Cubano en su agenda de debates, se alentaron esperanzas de que nuestro pasatiempo nacional “ponchara”, definitivamente, esa manquedad histórica. 

Pero, al parecer, la intervención del presidente de la Federación Cubana del Deporte Higinio Vélez, no pasó de una mera exposición formal. Según él, se sigue trabajando de conjunto con el INDER para concretar un proyecto a la altura de la rica historia de nuestro pasatiempo nacional, en la que se incluyan a los atletas que, estén donde estén, hayan representado dignamente al país.

Dicho así, huele a cierta hojarasca sin sazón. Lo que él habla de “concretar”, también. El Salón de la Fama se refundó ya en el 2014 en medio del Coloquio Nacional, con la participación de investigadores, periodistas, narradores, comentaristas y otras personalidades del béisbol, compulsados por el cineasta Ian Padrón e integrado por hombres de la talla de los historiadores Félix Julio Alfonso, Ismael Sené, Oscar Fernández, el escritor Leonardo Padura, los periodistas Sigfredo Barros, Elio Menéndez Víctor Joaquín Ortega, Ramón Rivera… hasta completar 25. 

Entonces fueron exaltados, como reconoce el propio Higinio, cinco peloteros del “pasado”: Esteban Bellán, Camilo Pascual, Orestes Miñoso, Amado Maestri y Conrado Marrero (1874-1961) e igual cantidad de contemporáneos:  Omar Linares, Luis Giraldo Casanova, Orestes Kindelán, Braudilio Vinent y Antonio Muñoz. (de 1961 a la actualidad).

Pero el Salón ha tenido una vida errante y etérea, por cuenta, primero de la familia deportiva nacional y de la beisbolera en particular. La del 2014 pudo no ser la mejor elección, ni tampoco el mejor de los tribunales. A fin de cuentas, en Cuba y en pelota, la unanimidad es la más falsa de las posturas. Pero más allá de detractores, lo más importante entonces fue que al menos se rescató algo que nunca debió morir. Y de paso se desenterraron 53 años de silencios y olvidos en una iniciativa que buena parte del pueblo apoyó.

La reapertura contó con todos los visos de oficialidad, rigor histórico y sustento legal, desde la conformación del jurado, la anuencia de la Comisión Nacional de Béisbol hasta la entrega pública de las placas a los diez primeros exaltados, quienes se unieron a los 68 que tuvieron ese honor desde 1939 hasta 1961. Tal como se acordó en el Coloquio, el 2015 debió abrir paso a otros cuatro exaltados (dos por cada “época”). El año pasó y nada. Iguales suertes corrieron el 2016 y el 2017. Sobre el tema indagué con el propio director nacional de la disciplina, Yovani Aragón Rodríguez, quien habló de no dejar morir el Salón.

Mas si no está muerto, es lo más que se le parece. ¿Por falta de consenso o de voluntad? Si me dejan escoger, voto por la segunda.  Para sustentarlo, ahí está el béisbol matancero que abrió su Galería de la Fama del béisbol local en el mítico Palmar de Junco, donde han sido exaltados glorias de ese territorio.

Se incluyen, en el  Salón de la Fama del Béisbol Cubano, a atletas que,
estén donde estén, hayan representado dignamente al país

 

Desde su renacimiento advertí en esta iniciativa una manera de oxigenar a nuestro béisbol, mucho más ahora que se cuestionan hasta sus esencias y se ven de él solo sus manchas. No fue un asunto de locos empedernidos refundar un símbolo que devela el alma misma de nuestra identidad en tanto se intenta eternizar la memoria de quienes engrandecieron o engrandecen la pelota puramente cubana y la elevaron a rangos universales.

Que el béisbol cubano atraviesa, de vez en vez, una crisis existencial, es cierto. También esta surca a los países caribeños,  donde tampoco se llenan los estadios, pero no por eso tales ligas han pensado en eliminar sus salones. De hecho, la más reciente Serie del Caribe, con asiento en Guadalajara, reactualizó su nómina en la que se incluyó al cienfueguero Yaser Puig, aunque en Cuba no pudimos oír su nombre cuando, “alguien” hizo el ridículo de bajar el audio televisivo al momento de pronunciarlo, pese a que igual lo escuchamos hasta la saciedad en las trasmisiones de los partidos de Grandes Ligas. ¿Será un asunto de selectividad ideológica? Vaya usted a saber.

Nuestro Salón no es atributo de un comité ocasional, ni del INDER, ni de la Federación, ni de la Comisión. Su patente pertenece al béisbol, que es como decir, al pueblo, a la historia, a la cultura, por lo que la pelota representa como rasgo identitario de la nación. Según han dejado correr algunos blogs, uno de los argumentos para el diluido anuncio de la segunda votación, es la presencia de Antonio Pacheco entre los candidatos y cierta resistencia de decisores del sector deportivo de tomarlo en cuenta.

Me abrogo el derecho de hacer pública una de mis “cruces” por el excapitán de capitanes, hoy entrenador de los Yankees de Nueva York. El sustento está en la vasta carrera de quien jugó en Cuba todas sus Series Nacionales con suculentos números que aún —por suerte—, no se han borrado de las guías del béisbol y por los títulos olímpicos, mundiales, panamericanos, centroamericanos que cuelgan en su pecho y que todavía contamos a la hora de darnos bombo y platillo como uno de los “mejores beisboles” del universo.

También me “paro” en las bases mismas del Salón, que no es excluyente, como no es ninguno de los existentes en el mundo. O lo que es lo mismo: a él tienen derecho a pertenecer todos los peloteros cubanos, estén o no residiendo en Cuba y así mismo, al menos frente al Parlamento, lo ratificó Higinio cuando habló de considerar candidatos “estén donde estén”. Tal idea se refuerza con la ruta del “hermanamiento” entre la pelota cubana y la estadounidense, que tuvo su punto cumbre con la gira de Buena Voluntad que en los dos últimos años trajo a suelo cubano a emigrados recientes, como parte de la visita de las Grandes Ligas.

Si no estamos jugando, como los niños, a los escondidos, para mí ambas acciones significan exactamente lo mismo.  A la luz de estos “nuevos idiomas”, como mismo hoy Pacheco tiene derecho a colmar el Salón cubano, pueden ser elegibles José Ariel Contreras, Orlando “El Duque” Hernández, Rolando Arrojo y Lourdes Gurriel, entre otros. Sería, además de un acto de justicia, un palpable cambio de mentalidad pues cada vez el límite entre “los buenos y los malos”, los de “aquí y los de allá”, se hace más borroso; mucho más en un contexto donde ambas pelotas se abrazaron en medio del Latino cuando el Tampa Bay se midió a una selección nacional, como ya lo hicieron una vez los Orioles de Baltimore, en una idea alimentada por Fidel.

Juego de pelota entre el equipo Cuba y el Tampa Bay. Foto: Cubadebate
 

No resulta lógico “trabar” un salón por cuenta de Pacheco, cuando hoy hasta la propia Federación Cubana de béisbol reconoce como un síntoma de calidad el que varios peloteros “made in Cuba”, formen parte de las Grandes Ligas o de las ligas del Caribe. No es posible que cubanos honren las listas exclusivas de salones de otros países y acá hagamos como el herrero y su cuchillo de palo. O peor, como el avestruz.

Confío en que la razón supere las controversias. Desconocer o matar de nuevo esta institución sería un irrespeto a la memoria de quienes lo integraron hace años o recientemente entraron a él, a todos los que han escrito la historia del béisbol, a los que lo defienden desde las gradas o desde las tribunas de la polémica.

Aun cuando espera por la definición de un espacio físico para asentarse, el Salón de la Fama ha de ser un recinto sagrado en lo simbólico, un espacio útil para mantener con vida este pedazo de lo cubano, al menos mientras un niño quiera empuñar un bate en lugar de patear un balón. El tiro de gracia no puede venir, entonces, de nosotros mismos, mucho menos en momentos en que, desde otros escenarios, se nos conmina a darle la espalda a la historia.