Bailarines en ropa de trabajo

El ballet es una de las artes escénicas más aclamadas. Los espectadores aplauden la fuerza del bailarín y la delicadeza de la bailarina, la espectacularidad de los saltos y la precisión del gesto, la comunión entre los bailarines, la belleza de los trajes y las tonalidades de la música. Se aplaude con fervor porque los habituales a las salas conocen del esfuerzo que realizan a diario los danzantes para entrenarse y dejar el cuerpo y el alma listos para presentarse ante el público. Es verdad archiconocida, pero en cada función, única e irrepetible, se renueva el intercambio de energías entre el escenario y la platea. Y es esa una de las grandes virtudes del teatro y la danza, por eso han sobrevivido a tantos impactos.


Fotos: Kike


A veces es posible asomarse a los entretelones de la escena, tal como ocurrió el pasado sábado, cuando pude asistir a un ensayo de la Gala de grandes figuras del ballet mundial, un evento anunciado para la noche de ese día en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Se trataba de ver, en ropa de trabajo, a grandes estrellas del ballet mundial, llegadas a Cuba gracias a los esfuerzos de Improvedance y el Consejo Nacional de las Artes Escénicas.


 

Como casi todos los ensayos, comenzó tarde; mientras esperábamos, los bailarines se sentaron en el escenario y conversaron entre ellos. Llegó la música y cada quien ocupó su lugar. Fueron desfilando uno tras otro: las bailarinas con el traje del personaje, sin maquillaje, sin el peinado correspondiente, y los bailarines en traje calentador para proteger sus extremidades inferiores. Por momentos se empeñaban a fondo, después solo marcaban los pasos, hecho que decepcionó a muchos porque entre nosotros son otras las costumbres, pero estábamos advertidos de que era un ensayo.

Fue posible asomarse a la cotidianidad de los artistas de la danza: repetir el mismo gesto varias veces hasta el cansancio, apropiarse del espacio donde va a bailar, entrar en correspondencia con el compañero, ajustarse el traje, controlar la respiración, ensayar hasta el saludo. Estos bailarines llegan con el rótulo de “estrellas”, un tratamiento que estimula la publicidad para acaparar titulares en la prensa y así convencer al público de que debe pagar una fortuna para ver a los bailarines en escena. Esa inversión vale la pena, le dicen. Así que verlos en acción es un lujo, aunque sea ensayando.


 

Aquella bailarina se arregla el peinado, el otro se ajusta el pantalón, una pareja pide detener la música y volver a comenzar, un bailarín solo marca sus pasos, pero establece contacto directo con el público, compuesto por bailarines cubanos, periodistas y críticos, estudiantes de danza, gestores y promotores, gente que ha visto bailar a muchas figuras relevantes. Entre ellos estaban Rubén Darío Salazar y Zenén Calero, que vinieron de Matanzas para la ocasión, pues ellos siempre están atentos a lo más relevante del panorama cultural del país. Fue un placer volverlos a encontrar.

Se anunciaba la Gala para la noche. Quienes alcanzaron entradas ocuparon las lunetas de la sala García Lorca, hermosamente remozada. Los otros interesados podían apreciar la función en las pantallas situadas en las afueras del teatro; algunos tendremos que esperar su puesta en televisión.


 

Después de escuchar los comentarios de mis amigos que fueron a la función, me arrepiento de haber ido al ensayo. Dicen que la noche fue magnífica. Solo me consuela que, a pesar del transporte, llegué a casa a tiempo para ver a Neymar encajar el penalti que llevó a Brasil a la gloria olímpica en su gran pasión, el fútbol, deporte tan parecido al ballet porque implica entrenar el cuerpo y ponerle pasión al juego, porque sus estrellas también arrancan los aplausos del público, y hasta por los precios de las entradas.

Me encantó que vinieran las estrellas del ballet, y fue una alegría saber que en ese firmamento brillan dos cubanos, Rodrigo Almarales, uno de los gestores de la presentación, y Adyaris Almeida.