Autoridad y autoritarismo

La autoridad está vinculada a la influencia de una persona sobre un colectivo o de una institución sobre la sociedad, y se sostiene en una plataforma de acciones y efectos positivos y reconocidos que ofrecen ventajas a muchos beneficiados. Esta atribución personal está relacionada con el prestigio ganado, y tanto potestad como crédito, se ganan y se pierden, perduran hasta el final de los tiempos o nunca se tienen a pesar de cargos, grados, títulos, condecoraciones… Quienes deben ganar autoridad, más que con palabras, tendrán que hacerlo con la mayor de las eficacias posibles: el ejemplo. Los que la han ganado en la Historia están en el deber de mantener el prestigio y la autoridad con una limpia actuación cotidiana; de lo contrario, se pueden perder, por muy glorioso que haya sido el pasado, pues no se trata de un título nobiliario, por lo que tampoco se transmite por la sangre. Honradez, honestidad, justicia, decencia, capacidad, inteligencia, habilidad, calidad, competencia, respeto, sistematicidad, limpieza, coraje… son algunas virtudes que distinguen la actuación de aquellos a los que se les reconoce autoridad en cualquier materia.
 

 “Quienes deben ganar autoridad, más que con palabras, tendrán que hacerlo con la mayor de las eficacias
posibles: el ejemplo”. Caricatura: Internet

 

No siempre la autoridad está relacionada con el poder del Estado, pero cuando tiene ese vínculo resulta también una forma de dominación. Los que representan el poder estatal, gobiernan o ejercen mando con facultades otorgadas por designación o elección, siempre deben encontrarse bajo la legitimidad de leyes y normas vigentes; al actuar en nombre de ese poder no deben perder de vista que en cualquier sistema legítimo hay una cuestión principal que atender: el poder ostentado por el funcionario estatal está construido bajo una autoridad que necesita acatamiento de los demás, pues de lo contrario no habrá autoridad, pero los gobernados también tienen derechos en ese pacto. La autoridad ejercida desde el Estado no se relaciona con la persona, sino con la representación que ostenta; su poder está asegurado con la posición en el sistema, pero si personalmente no tiene autoridad se quedará sin ella el cargo, por muy encumbrado que sea, y aún más, cuando sea sustituido, el desprestigio de la persona será incuestionable.

La autoridad en un colectivo es una necesidad. El británico Sir William Golding, premio Nobel de Literatura en 1983, en su magistral novela El Señor de las moscas, narra una situación límite de niños sobrevivientes de un accidente aéreo en una isla; en ella se demuestra la necesidad del liderazgo para la sobrevivencia en condiciones de contingencia; uno de los temas abordados es la alegoría de la naturaleza humana en relación con el poder y el papel del guía. De un lado, el protagonista, Ralph, atractivo líder electo por los náufragos, lucha bajo un orden democrático para implantar la justicia, auxiliado por Piggy, un gordito miope y asmático representante de la razón y el buen juicio; del otro, el antagonista celoso del poder de Ralph: Jack, que transformado en violento y arrogante obtiene la disensión del grupo usando su fuerza física y la posibilidad de cazar y tener más comida, y puede llegar a la crueldad y el asesinato apoyado por sádicos como Roger. A pesar de lo esquemático que resulta el argumento sintetizado, la novela lo elabora y desarrolla de manera admirable, para demostrar lo imprescindible de la autoridad, especialmente en situaciones de riesgo, y la importancia de ejercerla con justeza y claro juicio.

Se ha estudiado al líder a partir de sus habilidades individuales para influir en un grupo, comunidad o nación, capaz de elevar la eficacia y eficiencia en los logros de sus objetivos, por lo que es una condición singular relacionada con los rasgos de una persona en específico, y no siempre aparece fácilmente. Se caracteriza por la iniciativa y creatividad en la gestión, el poder de convocatoria, las facultades comunicativas para motivar el cumplimiento de tareas o misiones; por las capacidades administrativas y organizativas, y por la utilización de métodos y técnicas adecuadas para conducir a una meta satisfactoria. La autoridad en un sistema legitimado entraña que el líder y sus colaboradores estén sometidos al control popular, bajo el principio de responsabilidad compartida. Hay líderes carismáticos capaces de generar un entusiasmo desmedido, otros gozan de una reputación sancionada por tradiciones y costumbres, y algunos obtienen la aceptación de la mayoría con gran facilidad, pero todos pueden convertirse en autócratas, si no se someten a las leyes.

La autocracia, nacida no pocas veces del paternalismo —en que todo se puede justificar por la protección—, si añade acciones represivas, puede derivar en peligrosa autarquía. Cuando no existen vías para discutir y revocar las decisiones del líder, no se somete a ningún control y ejerce su poderío sin contraparte, el sistema se convierte en autoritario. El autoritarismo se relaciona con un régimen en que la voluntad del líder anula cuestionamientos y críticas, no atiende el consenso democrático construido de manera participativa y se impone su voluntad bajo diferentes tipos de coacciones. En política el autoritarismo puede ser de cualquier color, de derecha o de izquierda, y uno de sus rasgos típicos es la concentración del poder en manos de un individuo o de una élite incondicional que, a veces, ni siquiera forma parte del gobierno; generalmente no se rinde cuentas al pueblo, por lo que se resquebraja el orden legal en el ejercicio del poder, se convierten en arbitrarias e incoherentes las medidas de la política —lo que se permite a algunos, es delito para otros— y fuera del control de los cuerpos establecidos, se rompe la legalidad y se deslegitima el sistema. Este camino siempre está vinculado a la corrupción, y la Historia ha probado que conduce a la descomposición de cualquier régimen, no importa que haya aspirado a los más nobles intereses o que el líder no participe de esa corrupción.
 

En política, el autoritarismo puede ser de cualquier color, y uno de sus rasgos típicos
es la concentración del poder en manos de un individuo. Foto: Internet

 

La maquinaria publicitaria capitalista le ha otorgado al socialismo no pocas etiquetas indeseables, y una de ellas ha sido el rótulo de autoritario. Algunos afirman que solo puede incubarse bajo las condiciones de “comunismo de guerra”, como en la Rusia soviética de 1917 durante la guerra civil, cuando se lanzó la consigna de “todo el poder a los soviets”, en medio de una coyuntura singular que llevó a los bolcheviques al poder revolucionario, aunque se sabe que, en ese momento, no había otra solución para alcanzarlo. Hay quienes han querido igualar el socialismo revolucionario al “nacional socialismo”, representante de ideologías fascistas, nazistas y falangistas, provocando una confusión intencionada. Otros han identificado todo socialismo con el totalitarismo, el extremismo ideológico, la condición antidemocrática, y con un régimen que viola derechos y libertades, según categorías establecidas por los países occidentales del primer mundo. Se ha atacado el socialismo relacionándolo con el autoritarismo de partido único, régimen militar, fundamentalismo ideológico... sin que se visibilicen en los medios hegemónicos ni las características propias ni las circunstancias históricas de cada país.

No son ni la fuerza de la verdad ni la potencia de la razón las que se imponen al hablar de totalitarismo, extremismo, derechos, libertades... El autoritarismo capitalista y la autoridad de las ideas socialistas no predominan hoy en el mundo como matriz de opinión pública. Sin embargo, el socialismo, por definición, no puede ser autoritario porque negaría su naturaleza democrática, ni se puede entronizar por la fuerza, porque resultaría indeseado y, a la larga, inestable. Quienes creen que con autoritarismos se puede establecer el socialismo, no han sacado lecciones de la Historia, y contribuyen a que muchos duden de su autoridad. Se trata de un sistema muy joven, con algunas experiencias fallidas que durante algún tiempo se ocultaron y otras prácticas erráticas, de las cuales se hereda un pesado lastre, entre otras cuestiones, por responsabilidad e incapacidad de revolucionarios frente a la cruenta, integral y sistemática guerra total desplegada por el actual capitalismo, mucho más destructiva que la planteada por la nobleza feudal a los burgueses, quienes la enfrentaron guillotinando a unos cuantos enemigos, entre otros métodos.

Los revolucionarios socialistas han resultado en no pocas ocasiones malos propagandistas y han permitido que se potencien sus errores, mientras hábilmente la publicidad capitalista ha sabido ocultar, y hasta sepultar, sus grandes desmanes. El socialismo debe concientizar que enfrenta a un enemigo dueño del arma más poderosa de la historia de la humanidad: el dinero. Habrá que contrarrestar las agresiones del experimentado imperialismo, desde las más sutiles hasta las militares, con el tratamiento adecuado para cada caso; y habrá que continuar combatiendo sus nefastos efectos; pero junto a la capacidad defensiva, siempre en perfeccionamiento para pasar a la ofensiva, habrá de trabajarse duro, rápido y bien —con el dinamismo que requieren estos tiempos—, para que verdades y razones socialistas se acepten desde la comprensión en la práctica social cotidiana y en su real construcción, con la autoridad que emana de su justeza, despojándose del fácil y peligroso autoritarismo de otras épocas.

Si Cuba hubiera construido un socialismo autoritario bajo las reglas y modelos que muchos imitaron, no hubiera sobrevivido, aunque eso no quiera decir que nunca se cometieran errores. El 17 de noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana, Fidel alertaba: “Esta Revolución puede destruirse… nosotros podemos destruirla, y será culpa nuestra”. Mejor que nadie sabía los planes de subversión de todos los colores y tipos que en aquellos momentos, como desde 1959 hasta hoy, estaban en marcha en el exterior para destruir a la Revolución, pero frente a los que iban a dirigir la nación en un futuro muy próximo, reconocía que también nuestro “enemigo principal” se localizaba en los errores propios. Fidel sabía que la autoridad ganada por los líderes históricos no se podía perder. Por esa razón, hay siempre que seguir explicando al pueblo, con la misma intensidad y eficacia, las verdades y razones revolucionarias. La derecha no necesita explicar nada porque por su condición conservadora no lo necesita, pero nadie dude que, si los revolucionarios lo dejamos de hacer, nos derechizamos. Fidel estaba al tanto de la nueva época, cuando no se podía establecer comunicación con la gente de la misma manera que se hacía en los primeros años de la Revolución, porque la guerra estaba planteada de otra manera; por eso añadía: “Si vamos a dar la batalla hay que usar proyectiles de más calibre, hay que ir a la crítica y autocrítica en el aula, en el núcleo y después fuera del núcleo, después en el municipio y después en el país”.

Todavía hay quienes no ven en la crítica y autocrítica una forma imprescindible de lucha, no solo para identificar, sino para resolver los problemas actuales del socialismo. El consignismo y el triunfalismo, junto al secretismo —no pocas veces encubridor de corruptos—, son ingredientes anacrónicos que a veces funcionan como nuestros propios cantos de sirena, que a la larga obstaculizan el avance real. Sin olvidar las labores subversivas preparadas para destruir a la Revolución por varias vías, desde la económica, comercial y financiera, hasta la ideológica y cultural, y que hoy están más vivas que nunca, el Comandante en Jefe llamaba a los más jóvenes a que prestaran mayor atención a los problemas internos y propios, usando la crítica y la autocrítica; no en balde las situaba como las armas más potentes para solucionar las dificultades internas, pero siempre de manera consensuada, es decir, democrática. Con esta tarea pendiente, nadie debe imaginarse que en Cuba pueda ganarse esa guerra con autoritarismos. Ahora más que nunca el socialismo revolucionario cubano necesita de autoridad, cuya base es el conocimiento real de la sociedad, no solo para enfrentar a un enemigo externo prepotente y envalentonado, sino para vencer al oportunista, al simulador y al corrupto, convertido hoy en el otro, silencioso, enemigo principal.