“Atacados de olvido”

El sábado 20 de mayo del 2017 visitaron nuestra universidad espirituana el trovador Raúl Paz y el ensayista Ernesto Limia Díaz, como parte de un intercambio donde se presentó y entregó a la comunidad universitaria, la obra Cuba ¿fin de la historia? de este último autor, que ya había entregado a la ensayística cubana otros trabajos con el tópico de la soberanía y la independencia de la nación en medio de las amenazas y los golpes de la globalización neoliberal.
 

Presenta el libro Cuba ¿Fin de la Historia? el cantante cubano Raúl Paz. Foto: Radio Granma
 

Pasado tres meses de aquella mañana memorable, viajo hasta Guantánamo como parte de un programa de intercambio cultural y conozco a un joven promotor y profesor universitario que me comenta que Ernesto Limia y Raúl Paz también estuvieron allá y que tuvieron, al igual que en esta provincia, una acogida especial entre los jóvenes, que les hicieron muchas preguntas y que ellos, a su vez, regalaron los libros, como hicieran aquí. Recordé entonces que yo tenía uno de esos ejemplares circulando en préstamo por mi departamento, lo recuperé y, como se dice en buen cubano, lo leí de un tirón. De la emoción profunda de los primeros capítulos pasé a la consternación, a los cuestionamientos, a la incertidumbre y a la duda dolorosa. Pensé en nuestra historia cultural, atacada de olvido, y escribí algo sobre todo ello al calor de la lectura terminada.

Ernesto Limia con una prosa sentida, ligera y directa se recrea en el sentimiento patrio que dominó a los padres de la independencia cubana. Desde José Agustín y Caballero que proponía a sus alumnos el cuestionamiento, el intercambio, deteniéndose en Félix Varela que salió de Cuba y fue a las cortes defendiendo el derecho a la dignidad del pueblo cubano y murió lejos añorando a la patria amada, hasta el ejemplo más consternado de esa pléyade, José de la Luz y Caballero, que no diezmó sus esfuerzos ni dejó de ser maestro hasta el final de sus días “cuando  una noche se apareció en el aula de exámenes de fin de curso, sostenido por dos profesores del colegio. Ante el reclamo de todos sacó fuerzas para hablar, pese a lo difícil que ya le resultaba articular palabra. (…) Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres – reyes y emperadores- los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano, el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral”. [1]

Encabezados por Céspedes, una legión de hombres honrados se lanzó a la manigua a arrancarle a Cuba las cadenas. Resultado de todo ello, emergería nuestra nacionalidad. La historia que cuenta Limia en su obra no está matizada por acciones, ni es una cronología detallada de nuestras guerras. Es un recorrido por los hechos y los hombres cardinales de los principales momentos de la patria. Al menos es así en los primeros capítulos, donde también se habla de Martí, el más grande de todos los cubanos. Hombre que ha tenido la facilidad, de que tan solo al pronunciar su nombre se borre todo lo demás y salga de lo más sublime y hondo la palabra Cuba. 

Sin embargo, en toda la obra de Limia, el autor trasluce una preocupación constante, la batalla por la cultura frente a la globalización neoliberal. El propósito fundamental de la corriente neoliberal es borrar la memoria histórica de los pueblos y esto no es tratado por ello como algo resultante de la economía, sino como un proceso inteligente y creado, que objetivamente pondrá en sus manos la economía, la política y la cultura de los pueblos.  Para ello, en las más importantes universidades del Imperio realizan estudios de casos, como los mencionados por Limia en su obra. Buscan las formas de convertir la cultura en una mercancía homogénea, para borrar la memoria histórica. Recuerdo al respecto un artículo que leí hace muchos años, en el que un etnólogo entrevistaba a varios niños y jóvenes mexicanos teniendo como resultado que desconocían su historia y su cultura, que en sus aulas no era la historia de México la que se estudiaba.

Está claro que la intención es borrar la historia cultural de las naciones, a través de sucedáneos culturales y cuentan para hacerlo con todas las vías posibles sobre la tierra. En ello también se recrea el autor, expone ejemplos de la fuerza de la digitalización, del Internet y de las diferentes formas de dominación. Es lógico que, al barrer la identidad de las regiones de América, se elimine el recuerdo, la memoria pasada y nadie defiende lo que no conoce. Ahí está el objetivo poderoso. América convertida en un área sin límites geográficos, históricos ni culturales, fácil de penetrar económicamente. Cuestión que quitó el sueño al apóstol de la independencia cubana y a la que le dedicaría hasta el último aliento de su vida.

 A pesar de conocer todo esto, como una verdad que cualquiera puede recitar y de la que han versado los más importantes teóricos cubanos contemporáneos, incluyendo a Limia con sus brillantes disertaciones, cada día es más difícil acercarnos a nuestra historia cultural. Aquí está la duda dolorosa.

¿Por qué nuestras instituciones culturales han caído en el descrédito, en el mal gusto, en la falta de opciones, de comprometimiento con nuestras expresiones culturales? ¿Por qué si la corriente neoliberal crea sistemas y formas concretas para barrer la memoria cultural de los pueblos, nosotros que amamos la independencia y la soberanía de esta nación, creamos barreras, peros, por qué y respuestas, en vez de soluciones y propuestas a la hora de promocionar nuestra cultura?

Es conocimiento hasta del Ministro de Cultura, que los artistas pasan meses sin cobrar en sus provincias, por mecanismos abstractos, obsoletos, por falta de voluntad, de representación y por desidia. Un artista puede estar fácilmente meses sin cobrar su trabajo porque en la Empresa que lo representa no hay económico, o falta una chequera y así una larga lista de etcéteras. Un grupo portador puede realizar en el mes una o ninguna actividad, porque, sencillamente, no lo programan, aun cuando no hay que pagarle nada por pertenecer al movimiento de artistas aficionados o cuando cobran un salario fijo como subvención para protegerlos del olvido. ¿Pero quién logra salvar del olvido a un grupo musical o una práctica cultural cualquiera que sea que no tenga promoción? ¿Y por qué no se promociona nuestra historia cultural cercana, si existe todo un mecanismo integrado por asesores, promotores, metodólogos y especialistas de comunicación en cada uno de los centros? Todo ello, conociendo el importante papel que debieran desarrollar las instituciones culturales cubanas, frente a propuestas que pueden ser capaces de despertar el apetito, pero jamás de nutrir como sí lo hacen las prácticas culturales propias e identitarias de cada lugar.  Este derecho del pueblo a disfrutar su cultura autóctona está expuesto y defendido en la política cultural de la nación cubana, en los lineamientos del Partido Comunista, pero en la realidad se estrellan, salvo contados ejemplos que a fuerza de batallar logran mantener la dignidad en lo que hacen a favor de la cultura.

Si nos detenemos en las Casas de Cultura, significadas en la obra de Ernesto Limia, se nos deshace todo intento de una promoción cultural legítima, empezando por los bajísimos salarios de los promotores. Esto último, también lo señala el autor.  Un país como Cuba, que cuenta con prácticas culturales antiquísimas como es el caso de la Tumba Francesa, de nuestro Coro de Claves, de la rumba, de nuestra música campesina y que sea dolorosamente difícil la tarea de promoción aún cuando tienes los recursos, pues en este último caso, tienes que lidiar con la indiferencia y la no concientización de la importancia de defender la identidad de la nación, con barreras creadas por mentes acostumbradas al miedo, a encontrar problemas aun en la solución, con peros, con respuestas y respuestas y nada de hechos. ¿Cómo vamos a defender nuestra cultura y nuestra historia? No es a través de resoluciones, de informes socioculturales, de visitas de control, textos, ni de conferencias solamente; estas vías sin la participación incluida, son nada. Existen muchas formas de defender y llevar a los jóvenes nuestra cultura y nuestros sueños de un mundo despojado de injusticias, formas viables que más que recursos, necesitan voluntad.

Cuba ¿fin de la historia?, además de una respuesta contundente a las disertaciones de Fukuyama después de la desaparición de la URSS, es una invitación al recuerdo, a no olvidar la gloriosa historia que escribiría en la manigua Céspedes, el padre de todos los cubanos. Es un pedestal a aquellos valientes bayameses que prendieron fuego a sus casas, antes que los españoles cruzaran el río y llegaran a la ciudad.

Es una invitación a construir, a mirar con ojo de padre crítico nuestra obra. Es una propuesta para el debate y más que para ello, es un llamado a la legitimidad de la cultura cubana frente a la hegemonía de la globalización neoliberal. “Aprender y aprehender esa historia nos ratificará en un propósito que recorre cinco siglos: no ponernos de rodillas ni entregar la patria que nuestros padres nos legaron de pie” [2].

Notas:
 
*La frase del título fue pronunciada por el escritor cubano Karell Leiva en un debate en torno a la promoción de la cultura entre los jóvenes, en la sede de la UNEAC en Sancti Spíritus, junio del 2017.
 
[1] Ernesto Limia Díaz: Cuba ¿fin de la historia?, p.30.
[2] Ob. Cit.,  p.104.