A mí me gusta observarlo todo, creo que mi pecado capital afín es la gula, pero la visual y la auditiva. A veces creo que me alimento de lo que observo, y también aguzo el oído para complementar todo lo que veo con el sonido que lo acompaña. Me gusta descubrir la banda sonora con que se va desenvolviendo el día, los diálogos, porque sin afán de chisme uno no tiene idea de lo que se aprende oyendo por ahí. Pero ahora tengo una nueva obsesión, cuando veo gente con audífonos quiero saber qué escuchan.


 

Hoy es 21 de marzo, el día tendrá la misma cantidad de horas que la noche en todos los lugares de la Tierra, es equinoccio otoñal para el hemisferio sur, y para aquí arribita es equinoccio de primavera, y el día mundial de la poesía. Hoy me habría gustado que me tocara el P5 que todavía deja ver algunas de las pegatinas que hace unos años, para otro 21 de marzo, pusieron los poetas. La mayoría están arrancadas ya, otras sobrescritas con “Fulanito ok Menganita”, que es como se usa ahora, o con aquella ininteligible “las rikas del Albaro”, que me imagino que se refiriera a unas niñas bonitas de un pre llamado Álvaro Morell.

Pero me ha tocado la 27 rota y nauseabunda, porque últimamente las guaguas tienen un olor a orine viejo muy desagradable, y esta en particular tiene casi todos los asientos rotos y partidos los tubos de aguantarse. Aquí no hay una sola pegatina, y un sesenta por ciento de los que viajan llevan audífonos puestos, y puedo escuchar, porque lo tiene altísimo, el bum bum del que al lado mío hace malabares para no caerse, y lo corroboro cuando ya estabilizado tararea el “te paso a buscar, para ir por ahí”, de uno de esos reguetones.

Pero aquella señora de más de cincuenta, acoplados sus oídos a un Blü gigantesco que casi no le cabe en las manos, debe estar escuchando a José José, o a Marco Antonio Solís —lo pienso por la edad y por la fruición con que aprieta los ojos y tararea bajito—, pero se mueve diferente, espera, me acerco, porque va a subir el volumen y se va a iluminar la pantalla del teléfono, allí está, de su lista logro ver El Chacal, Yomil y el Dany, y otros innombrables. Mi Dios, que José José es un poquito cheo, pero al menos tiene letra, y Marco Antonio Solís da ganas de llorar, pero es más poesía —“A veces creo oír que te necesito”—, que aquello de “La dura, la dura, la dura”.

Bueno, ya habré de comprarme yo mis propios audífonos. Todo va bien mientras el chofer no suba su propia lista de reproducción, que no sé por qué le dejan a las guaguas los aditamentos de poner música cuando los choferes no se miden con los decibeles, y ese bum bum bum crea un estado de enervación que ya es bastante conseguido en lo apretado que va uno y en lo que el otro se le quiere colar antes de subir, y en lo que el de al lado aprovecha para pasarte un poquito el paquete por el muslo.

Pero ni falta que hace, ahora entra este con su bocina portátil y su Romeo a to´mango, y ahora sí quisiera tener unos audífonos para regalárselos, a ver si toma conciencia de que a todos no tiene por qué gustarnos la música que él oye, pero la muchachita cerca de la puerta se quita sus cables rojos para tararear la fiebre de la bachatica, y el de más allá, y la guagua entera se mueve a tal ritmo y se les nota una luz en el rostro, y yo miro al hipster que pronto habrá de quedarse sordo porque sube el volumen de su música para eludir la imperante y quiero acercarme a él, pero hay un tumulto grande entre nosotros.

Quiero bajarme ya, pero aun me quedan muchas paradas, y cambiar de guagua es cambiar de defecto, y en todas va a tocarme una banda sonora que seguramente habrá de disgustarme, porque es temprano, son apenas las ocho y media de la mañana y ya la gente trae el tracatátracatá, y yo quiero aquel P5 con pegatinas poéticas, para olvidar también que en el edificio donde vivo cada vecino tiene un teatro en casa con el que compite en ganas de tumbar las paredes, y la religiosa canta su lamento a Dios en un tono de Dulce, aquella cantante mexicana de los ochenta, y desafina casi tanto como el señor del segundo piso, que se pone el karaoke de José Feliciano y grazna con su voz nasal, mientras el de al frente ha puesto a esos que le hacen versiones a Laura Pausini y a Aqua —estoy casi segura de que cantando frente a un ventilador para distorsionar la voz—, y la mujer enseña a bailar a la niña de dos años, lo imagino porque la escucho “Ahora, Dani, así, muévete, hasta abajo”.

Si esta noche va a tener las mismas horas que este día necesito otra banda sonora, que hoy también es el día del diseñador de imagen y sonido, y Sudáfrica celebra el día de los Derechos Humanos, y es el día del Síndrome de Down, porque la Down Syndrome International vio en la ecuación mes 3/día 21 un símbolo de la triplicación del vigésimo primer cromosoma, y eso es interesantísimo. Y Afganistán, Albania, Azerbaiyán, la ex República Yugoslava de Macedonia, Rusia, La India, Irán, Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Turquía, celebran el Día Internacional del Nowruz, fiesta ancestral que no solo marca el primer día de la primavera y la renovación de la naturaleza, sino que promueve los valores de la paz y la solidaridad entre generaciones y dentro de las familias, así como la reconciliación y la buena vecindad.

Y es el Día internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, proclamado en 1966 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, la misma que instituyó luego la Semana de solidaridad con los pueblos que luchan contra el racismo y la discriminación racial, porque esto no parece acabarse, y ahora la Casa Blanca destina 1 500 millones de dólares para iniciar la construcción de un muro fronterizo.

Pero Cuba se posiciona como destino líder en el Salón Mundial de Turismo de París, acaba de inaugurar su primer hotel de lujo y recibe las primeras operaciones de Norwegian, otra compañía estadounidense de cruceros; y aunque eso todavía no me haga feliz, pues no me baja el precio del jabón, hace más evidente la competencia entre el pollo que traen para los hoteles y el que traen a las carnicerías estatales, y me anula cada vez más la remota posibilidad de un alquiler.

Mira a dónde me llevan los sonidos. Quiero poesía, ah, que hoy es 21 de marzo y empieza la primavera, y recuerdo a Bécquer en su “¿Qué es poesía?”, y en la pupila clavada en la pupila azul, y me bajo de la 27, entro al Pan de París de al lado del Trianón y me compro un croissant, no está tan rico, pero lo miro con ternura y le aseguro —mientras me tarareo el “Hoy por ti, mañana por mí” que cantan a dúo Sabina y Serrat—, “poesía eres tú”.