De todos los poetas de su generación, es al que más he visto pasar ante mí en ropas de casa. Visitando a Laidi, su hija, o tratando de provocar a Adelaida de Juan, que siempre logra escurrirse de mis intentos con esa mirada de quien viene ya de vuelta; él ha ido y venido por ese pasillo en el que los libros guardan una tranquilidad y un tiempo que también es el de parte de su poesía. Y digo parte, porque no toda cabe en ese espacio sombrío que también acoge fantasmas, ecos, amigos, polémicas, que han sido no solo su poesía, sino su vida. No sé si él entienda a cabalidad lo que encarna su presencia en las letras cubanas ahora mismo: el rol de ese intelectual comprometido que, más allá de lo que piensen otros autores más jóvenes, constituye un punto por el cual hay que pasar, y filtrarlo en otros diálogos, a fin de no quedar como incultos cuando hablamos de la poesía de la Isla.


 

Aprendí con él la necesidad de la diplomacia, y sin ánimo de éxtasis, sé que él ya forma parte de una memoria que compartiré incluso cuando lo mencionemos ya de otro modo, a solas con el libro donde se recogen sus primeros poemas, y los repasemos para calibrar nuestro deslumbramiento e inocencia comparando esos estados de ánimo suyos con los nuestros. Como cualquier otro, ha tenido batallas en compañía y otras en soledad, sobreviviéndolas con la mejor arma que ha sostenido, que es su palabra. Se empeñó en tener una obra y ahí está. Lo persiguen esos versos que ya forman parte de algún diálogo callejero, y un Calibán que desde 1971 —o sea, un ensayo con el que comparto una edad ya no tan fresca—  es parte de su vida. Incluso cuando no hemos compartido sus batallas, él ha sido mencionado como un rival de respeto, cosa de la que ya otros de sus contemporáneos no pueden presumir. Lo mencionamos y señalamos con las mismas manos, parafraseando aquello de “felices, los normales”. Hace algunos años, la actriz argentina Graciela Duffau  regresó a La Habana con un espectáculo unipersonal. Quiso terminar la función que vi declamando ¿Y Fernández?, esa elegía que también es parte del rostro y las guerras del autor, allí presente. Resbaló sobre algunas líneas del poema, cosa que solucionó con sus mañas de gran intérprete. Me descubrí repasando las palabras de aquella página mientras ella las revivía, aún en medio de algún tropiezo. No me di cuenta hasta ese momento de que también ese poema me pertenecía.

Como tal vez no me he dado cuenta hasta hoy de toda una galería de imágenes en las que le veo pasar, no solo en su papel de presidente y persona pública, sino como Roberto. Haciéndome preguntar de vez en vez, en la poesía y el calor habanero: ¿Y Fernández?

Lo felicito ahora, en su nuevo cumpleaños, como quien vuelve a esos poemas y esa galería esperando otra vez verlo pasar.

 

Nota:
Este texto fue escrito para el cumpleaños 85 del poeta e incluido en el libro Buena suerte viviendo, de Ediciones Matanzas, publicado en 2017.