Una presencia insoslayable

Rubén Sicilia

A propósito de la tercera gira del Odin Teatret a la Isla, dos representantes de diferentes generaciones de la escena nacional: el director Rubén Sicilia (líder de Teatro del Silencio) y la teatróloga Martha M. Borrás (coordinadora del Laboratorio Ibsen), ofrecieron sus opiniones acerca de sus contactos con el colectivo danés y la influencia barbiana en sus respectivas carreras.

Hablar de Eugenio Barba y del Odin, de su presencia invisible, pero al mismo tiempo permanente en nuestro teatro, es algo orgánico y a la vez escabroso para mí, quizá porque roza lo confesional. He estado en contacto con la enseñanza de Barba, con su concepto del entrenamiento, con las ideas sobre la antropología, a lo largo de más de 30 años. Y aunque en lo personal he sentido mucha más cercanía con los postulados de Grotowski por razones que sería largo explicar, todavía hoy mis actores me oyen citar frecuentemente las tres leyes básicas de la antropología teatral, como un elemento indispensable en la presencia del cuerpo en vida.

Conocí por primera vez las ideas de Barba viendo un extraordinario video del training del Odin en los años 80, casi con el carácter de una iniciación secreta en casa de Víctor Varela, director descollante de nuestro patio que marcó esa década con sus propuestas barbianas. Después, asistí a dos talleres del maestro, uno de ellos en el año 1994 en el Teatro Nacional. Y allí, a mis insistentes y provocadoras preguntas de joven descontento: “¿Dónde está el proceso interno en todo esto?”, Eugenio respondió sin perder la ecuanimidad: “Desde el principio, en toda la secuencia”. Y sonrió.

Desde entonces leí todos los libros de Eugenio y vi cuanto material del Odin caía en mis manos. He sostenido una larga relación epistolar, aunque ocasional, con Eugenio; y confieso que si bien mi atención va por un teatro menos performático, he recibido una enorme influencia. Barba y el Odin son una presencia insoslayable, están insertos en el teatro que se hace aquí y ahora.

 

El Odin Teatret y yo

Marta María Borrás

Todavía hoy lo recuerdo. Iba a ver una función a la cual no logré entrar. Decepcionada me senté en el portal del teatro Mella, que a esa hora de la tarde estaba totalmente vacío. Al poco rato, un hombre alto, rubio, a todas vistas nórdico, atravesó el portalón y fue hacia mí. Con un acento que corroboró mi primera impresión, me preguntó si venía a ver la función que pondría esa noche el Odin Teatret; al percibir que no conocía de qué se trataba, me invitó a que me quedara y lo viera actuar. Él sería Guilhermino Barbosa, soldado de la Columna Prestes, para mí, el último revolucionario que entraría al espacio destinado a los mitos. La obra era Mithos. Me entregó una invitación amarilla, que todavía guardo, donde se veía en medio de un descampado a un grupo de personas que formaban un gran círculo alrededor de un pequeño grupo de actores.

Lo primero que me impresionó al entrar a la sala fue que todas las butacas estaban vacías. Los espectadores recorrían el pasillo lateral y entraban al escenario. Sobre este había dos graderíos, donde se sentaba el público. La representación se desarrollaba entre ellos, en un área rectangular cubierta por gravilla y que en sus dos extremos estaba delimitada por sendos andamios. Era la primera vez que descubría que el espacio del espectador podía variar, y con ello la percepción. Se provocaba otro tipo de experiencia, basada, principalmente, en compartir un espacio, al cual, creía, solo tenía acceso el actor.

A la vez, en cuanto a la construcción de la dramaturgia espectacular, se debía escoger qué mirar, en tanto los actores trabajaban las complejas cadenas de acciones de los personajes durante todo momento en la escena. La iluminación podía llamar la atención hacia una determinada situación; sin embargo, los demás actores en sus distintos lugares en el espacio continuaban con sus cadenas de acciones construyendo imágenes y sentido. Aunque se conducía la mirada, en última instancia, el espectador decidía qué mirar, tenía la posibilidad de escoger entre los materiales, y así organizar su propia dramaturgia espectacular y, a partir del ello, establecer el sentido.

Aquella noche participé del teatro, viví una situación de comunión. Entendí que lo político estaba en el tema y su representación, así como en mi mirada, en cómo construía lo que yo quería observar. Se desalambraba el espacio escénico para también formar parte de él. Entraba junto al revolucionario (el nihilista de tantas resistencias) al teatro. El resto de las funciones volví para ver la obra. A los pocos meses me presenté a las pruebas de teatrología del ISA. Gracias, Kai Bredholt, por una invitación para el resto de mi vida.