El intento por conceptualizar la cultura urbana resulta engorroso ante la amplitud que encierra la terminología y las diversas perspectivas desde las que se ha abordado. Conscientes del riesgo que implica la tarea y ante la necesidad de poner límites a nuestro análisis, entenderemos por cultura urbana a todas aquellas manifestaciones alternativas gestadas dentro del ámbito citadino y protagonizadas por los sectores jóvenes de la sociedad. Entre sus expresiones más generalizadas se encuentra el grafiti, música y tribus urbanas, teatro y danza callejera y los deportes extremos. La fotografía dentro de las artes visuales cubanas ha registrado con mayor énfasis estas distintas vertientes, unas veces como mero registro visual y otras con una intención reflexiva y provocadora, convirtiéndose incluso en verdadero estudio de carácter antropológico.
 

 Humberto Mayol, de la serie Espacios Cotidianos, 2007
 

Indudablemente el grafiti ha sido la manifestación más visibilizada en la fotografía, siendo el cartel, las pancartas y los pósteres con fines propagandísticos o de protesta las variantes más generalizadas. En América Latina el cartel se ha comportado como la forma de expresión por excelencia, dada sus posibilidades comunicativas dentro de un complejo entramado sociopolítico. En el caso de Cuba, el triunfo de la Revolución impulsó su utilización como forma de divulgación del sistema ideológico defendido por el gobierno. Tales medios no solo han marcado el imaginario del pueblo, sino también la estética del paisaje urbano hasta el día de hoy.

El fotodocumentalismo se ha apropiado de esto y ha creado una visualidad ya clásica de escenas cotidianas donde el grafiti funciona como elemento provocador y contrastante. Fundamentalmente el cartel político asociado al escenario de lo popular es un motivo representado una y otra vez por los creadores desde los años 60 y 70 del pasado siglo. Incluso algunos fotorreporteros extranjeros en Cuba como el suizo Luc Chessex y el francés Marc Riboud durante los primeros años de la Revolución, aprovecharon la presencia del cartel popular en el espacio urbano para la construcción de sus reportajes.

El grafiti se ha convertido en un elemento clave en la narrativa de la imagen fotográfica, y su reiterada representación está asociada a la recepción del mismo como signo identitario. No obstante, el acercamiento hacia esta expresión de la cultura urbana se ha realizado desde similares poéticas. Producto del aporte simbólico del grafiti en cualquiera de sus variantes estéticas, es muy común su presencia en la fotografía en pos de potenciar la tensión de la escena retratada y una serie de relaciones entre todos los elementos de la imagen que, en muchas ocasiones, alcanza lo lúdico.

Producciones de este tipo se pueden hallar en la obra de fotógrafos como Paco Bou, Humberto Mayol y Raúl Cañibano. A la vez se ha manifestado como un camino para los más jóvenes en el oficio, que incluso lo han asumido a modo de ejercicio creativo. Probablemente la documentación del grafiti, no como ente aislado, sino como parte de una historia, esté presente en todos los archivos personales de los fotógrafos contemporáneos. Sobre esta base y revisando el quehacer fotográfico en la actualidad, resulta interesante la obra de los artistas Alfredo Ramos y Rigoberto Oquendo (Chacho), quienes se separan de la más trillada aproximación al grafiti.

En el caso de Chacho, documenta los interiores en ruinas del Instituto Superior de Arte: espacios vacíos, aparentemente inutilizables, pero cuyas paredes conservan los dibujos y carteles plasmados por egresados de la academia. Tal registro analógico (proceso técnico que caracteriza el trabajo de Chacho) conforma la serie Rupestre, metáfora que relaciona la pintura en las cavernas como práctica primitiva y el grafiti como contradictorio medio de expresión de estudiantes de arte. Este ha sido uno de los acercamientos más interesantes al tema, en tanto subvierte el espacio creador del artista y el escenario habitual del grafiti. Alfredo Ramos, por su parte, se detiene en la costumbre popular de escribir sobre la pared. Se aleja de lo más tradicional y elabora cajas de luces para presentar la documentación a color de fragmentos de superficies intervenidas con lápiz. El gesto de grabar una palabra, un nombre o mensaje parece un impulso infantil, pero a la vez se comporta como prueba de algo, como cuño de autenticidad de un sentimiento. De cualquier modo es una obra que discursa sobre el poder comunicativo de esta modalidad del grafiti.

Otro de los caminos explorados dentro del amplio tópico es el referido a las tribus urbanas, fenómeno que en Cuba ha adquirido un matiz particular dadas las condiciones políticas y socioeconómicas que nos identifican. Se trata igualmente de una expresión subcultural originada internacionalmente en el ámbito de la ciudad y conformada por asociaciones de jóvenes que comparten un mismo estilo de vida (modo de peinar, vestir, actuar, similar gusto musical, comportamiento y empleo del tiempo libre). En el caso de Cuba, el fenómeno se hizo extensivo a partir del nuevo milenio, con la mayor accesibilidad a la información por las vías de internet, televisión clandestina o la llegada de productos de comunicación audiovisual procedentes de diversos países.

En la actualidad, estas asociaciones urbanas se encuentran dispersas por todo la isla y han perdido el impacto visual que tuvieron en sus inicios, dado que pasó de ser un modo de proyección social contracultural para automatizarse y asentarse en la psiquis cotidiana. Este proceso de legitimación estuvo amparado indudablemente por la fotografía, manifestación artística primera en advertir la complejidad del fenómeno y sus repercusiones sociales.

Entre los autores que han abordado esta temática destaca Alejandro González, quien llevó a cabo un estudio sociocultural exhaustivo de fuerte carácter antropológico. Su proyección hacia el tópico no solo resalta por lo inaugural de la propuesta, sino por su consagración y constancia. Más que abanderado, Alejandro González ha sido de los creadores dedicados a reflexionar en torno a las tribus urbanas y sus determinados comportamientos. Su serie AM-PM radiografió el fenómeno a partir de un análisis de los diversos tipos sociales y sus transformaciones en los distintos momentos del día. La vida nocturna habanera en sus más intricados perfiles, los principales espacios de reunión así como la heterogeneidad de actitudes quedaron registrados en este proyecto fotográfico. Frikis, emos, punkys, repas, mikis se visibilizaron en conjunto por vez primera sin paternalismos ni perjuicios, sin alabanzas ni discriminaciones, en una serie que perpetuaba el derecho de participación de todo individuo dentro de la sociedad.

Luego de AM-PM, Alejandro González se enrumbó en otra propuesta fotográfica, centrada esta vez en retratar la adolescencia cubana con sus conflictos y desvaríos, pero rozando igualmente el tópico de las tribus urbanas. Cuba, año cero, se convirtió en otro registro visual de fuerte carácter sociológico que amplió el repertorio temático de la cultura urbana expresado a través del arte del lente.

Junto a Alejandro González, diversos artistas emergentes han abordado esta problemática, convertida incluso en objeto de ensayo y experimentación para aquellos que deciden iniciarse en el mundo de la fotografía. Yoanny Aldaya ha sido uno de los que le ha puesto mayor empeño; sin embargo, el estudio no cuenta con el rigor y la profundidad conceptual que caracterizó a trabajos anteriores. Este estancamiento se debe, tal vez, a que ya el fenómeno ha sido valorado en sus diversas perspectivas, por lo que una mirada renovada y genuina se torna compleja tanto desde el punto de vista formal como conceptual.

Estrechamente vinculada a las tribus urbanas, otra temática se vislumbra dentro de la fotografía cubana, asociada esta vez a los eventos anuales de música —ya sea Hip-Hop, reguetón o música electrónica— entendidos como marcos propicios para el examen de los diversos comportamientos sociales. Sin embargo, no se trata de una problemática común, sino de un tema puntual al interior de determinados relatos discursivos. En este sentido destaca Leandro Feal, quien desarrolló todo un estudio fotográfico sobre el Festival Rotilla en el que registraba la conducta de sus participantes. Junto al carácter documental de sus imágenes, esta serie se erige como un análisis sociológico de los diferentes colectivos humanos allí reunidos.

Raul Cañibano (Imagen ciudad)
 

Otra de las manifestaciones que forma parte de la cultura urbana y que goza de gran popularidad entre los más jóvenes en el mundo es la práctica de los llamados deportes extremos, tal es el caso del skateboarding o skate (monopatinaje) y el BMX (Bicycle Moto Cross). En cada uno de ellos se distinguen diversos estilos y modos de hacer, pero en ambos casos tiene una fuerte presencia el street style, que por sus características posee mayor relación con la cultura urbana. Alejando las especificaciones técnicas del estilo callejero, este se caracteriza por el uso del espacio público (calles, parques y plazas) y el aprovechamiento de los elementos urbanísticos (paredes, rampas, pendiente, escaleras) para su desarrollo. Unido a ello, otro aspecto esencial en este tipo de deportes es el predominio de adolescentes y jóvenes entre sus practicantes, en los que confluyen similares gustos estéticos, formas de vestir, comportamiento e ideología, alejados frecuentemente de las líneas culturales dominantes.

En la actualidad cubana, se puede atisbar la difusión y visibilidad que ha alcanzado dicha expresión a nivel internacional, por lo que no es extraño ver en la ciudad diversos seguidores de estos deportes. Sin embargo, tal afirmación en conjunción con el fuerte carácter documental que posee la fotografía cubana, desde sus inicios hasta la actualidad, no explica la escasa representación de esta temática dentro de la fotografía del patio.

Luego de un rastreo por el quehacer creativo que se abrió camino desde los 2000 se puede contar con muy pocos nombres, siendo Arien Chang uno de los más reconocidos. En su trayectoria posee un amplio número de fotografías analógicas que recogen ambientes, panoramas, zonas deportivas, retratos de grupos e individuales, que muestran las exploraciones iniciales del artista. No son imágenes audaces en cuanto a lenguaje artístico-compositivo, sino instantáneas fugaces de una realidad inmediata citadina, unida a la búsqueda y al autoconocimiento del propio fotógrafo, quien luego se convertiría en uno de los más destacados documentalistas de la escena nacional.

Una revisión primera confirma que la cultura urbana en sus diferentes caminos resulta un terreno virgen dentro de la fotografía cubana. No existe actualmente una obra con suficiente solidez que aborde estas expresiones como protagonistas, tan solo incursiones aisladas, siempre entendidas como etapa de iniciación y ensayo. No obstante, queda confirmado que se trata de un universo de gran riqueza visual y temático, siempre que la mirada se aleje del mero registro documental. La presencia de las mujeres, las diferencias de clases, las vidas privadas de estos personajes, la búsqueda de reconocimiento y aceptación, la inserción social de estos sectores juveniles, podrían ser algunas de las variantes conceptuales necesarias al quehacer fotográfico de la isla dentro del amplio tema de la cultura urbana.