Después del corre ve y dile que orquestó la administración de Donald Trump, en el escandaloso supuesto de un ataque usando hipersofisticadas armas sónicas contra su personal diplomático en La Habana, la AP acaba de hacer público que el FBI, tras meses de indagación y hasta cuatro investigaciones de sus oficiales especializados sobre el terreno, descubrió lo que todo el mundo sabía desde el primer momento: el asunto no es más que un embuste, otro, de la paranoia anticubana que corroe la política norteamericana hacia la Isla.

Un informe interno de la División de Operaciones Tecnológicas del FBI, con fecha tan temprana como el 4 de junio del año pasado y que ha permanecido convenientemente en secreto desde entonces, según la AP, asegura que el FBI: “probó la hipótesis de que ondas audibles, infrasónicas o ultrasónicas pudieran haber sido utilizadas clandestinamente para herir a estadounidenses en Cuba y no encontró evidencia alguna”.

Las conclusiones de los investigadores del FBI coinciden letra a letra, punto por punto, coma por coma, con lo afirmado por el Comité de Expertos cubanos, científicos de varias ramas que, por indicaciones del gobierno de la Isla, realizó su propia y exhaustiva pesquisa, sin encontrar la más mínima evidencia de ataque alguno.
 

Caricatura tomada de Internet
 

En todo caso, y aun cuando lo expresado en blanco y negro por los oficiales del FBI es letra vieja, el secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, todavía insiste en que el personal diplomático yanqui –que fue extraído a las carreras de la Isla, en histérica respuesta al tal ataque que ya se sabe que nunca sucedió– no debe regresar a La Habana, porque, según él, estarían “exponiéndolos intencionalmente al peligro”.

Entonces, no deben quedar dudas: las únicas víctimas del fantasioso ataque fueron el propio Tillerson y el mismísimo Trump. Ellos resultaron tan afectados por su mentira que han quedado sordos de cañón para escuchar las evidencias y el reclamo de Cuba y del mundo para el mantenimiento de una relación basada en la normalidad.