El hombre que se llevó el gato al agua y consiguió para sí el trono imperial cuando nadie se lo esperaba y pese a obtener muchísimos menos votos que su contrincante en las elecciones presidenciales —algo que solo sucede en esa democracia que insiste en venderse como la mejor del mundo mundial—, está demostrando lo que tantas veces ha sido probado: que todos los caminos llevan a Roma, y que Roma está que arde.

Ahora ha prometido a Corea del Norte, ante las cámaras, en un arranque de soberbia televisiva, “una furia y fuego nunca antes vista”. Palabras más, alardes menos —todo es cuestión de detalles—, lo cierto es que nada de eso se aparta de lo que cabría esperar del tipo contratado, él o cualquier otro, para que durante cuatro años represente el papel de dueño del mundo.

De todas maneras y por si las moscas, para que la sangre no llegara al río, sobre todo la sangre de ellos mismos, enseguida su recadero presidencial se vio obligado a pararse ante los micrófonos para hacer el necesario control de daños y suavizar aquellas declaraciones, pasarlas por agua, reducirlas a casi nada. De fondo, solo faltaron los violines.


Todos los caminos llevan a Roma, y que Roma está que arde. Foto: HispanTv


Sus antecesores no es que hicieran otra cosa, salvo que quizá el lenguaje de Trump sea un poquito más florido y menos polite. Porque en un solo detalle consiste toda la diferencia claramente visible entre Trump y Obama, Bush —los dos Bush—, Clinton, Reagan y todos los demás, y ese detalle es apenas su peinado. 

Claro que en sus bravuconerías de turno, las de él y las de sus antecesores, olvidan que fue esa misma Corea quien ya los hizo correr con el rabo entre las piernas, a mediados del siglo pasado.

No importa: para decirlo con palabras del sistema, el show debe continuar. Por ello aquella repentina e irracional andanada coheteril lanzada en su momento contra Siria, con pocos resultados militares, mas no por eso menos publicitada por la prensa. Y luego las sanciones a Rusia, que no escampan, las intromisiones constantes y las amenazas a Venezuela, la obligatoria verborrea ocasional contra Cuba, el coco que se sigue agitando alrededor de Irán.

Pudiera llegarse a pensar que los sesudos del Imperio desconocen aquella ley de la lógica más natural y sencilla que advierte: hacer las mismas cosas, una y otra y otra vez, esperando conseguir un resultado diferente, no es más que una suprema estupidez. Pero tal vez ellos no esperan un resultado diferente, sino justo este que consiguen: un mundo permanentemente amenazado y temeroso.

Con lo que no cuentan es con el hecho de que la gente al final se cansa y un día no harán más caso al grito de que viene el lobo, y el que grita perderá entonces su poder. Y ese día, lo sepan ellos o no, está a la vuelta de la esquina.