Tres son las operatorias artísticas integradas en Marx en la Habana Teatral y con las que se resignifica ese militante contemporáneo, nacido en la calle Brückengasse de Tréveris, de Europa y del Mundo, como tres son los autores de este necesario rescate de su legado. El intelectual estadounidense Howard Zinnque escribió el texto dramático traído más de una vez a la escena cubana por el actor Michaelis Cué y captado en sus momentos más simbólicos por la artista del lente Sonia Almaguer.

En el monólogo "el eterno aguafiestas", decide regresar a la tierra para limpiar su nombre, o más bien a defendernos, para lo que inicia una revuelta en el más allá que obliga a los que lo custodian, permitirle volver al aquí y al ahora para hablar de lo que guste durante solo una hora. Producto de un “error burocrático” Karl Marx regresa al Soho; pero no al inglés donde había vivido exiliado con su familia, sino al Soho de Nueva York. Ahora, por sus 200 cumpleaños y por el feliz accionar de Cué, Almaguer y La Jiribilla, regresa a La Habana.


Karl Marx regresa al Soho de Nueva York. Foto: Cubadebate

 

Howard Zinn se interesó por el teatro desde la década del ’60. Su primera obra como dramaturgo fue Emma, sobre la anarquista y feminista Emma Goldma, representada en Estados Unidos, Inglaterra y Japón. Marx en el Soho la comenzó a escribir en 1989, luego de la implosión de la Unión Soviética, para decirle al público estadounidense: “Marx no está muerto y lo voy a probar trayéndolo de regreso a un escenario”. Para que el propio Marx le explicara la diferencia entre stalinismo y marxismo, que comprobaran como sus ideas tienen que ver mucho con la actualidad de los Estados Unidos.

Se estrenó en 1995 en el Church Street Theater de Washington, D.C.y luego se representó en varios escenarios estadounidenses, principalmente en universidades. Desde esa fecha ha recorrido diversos países, entre los que se encuentran Cuba, Costa Rica, Chile, Venezuela, Perú, México y Argentina. En estos momentos está en repertorio en buena parte del Continente y Europa.

Lo atractivo de la propuesta de Zinn radica en su estrategia de desacralizar a Marx, en presentarlo de cuerpo entero, iluminar los costados que más lo acercan al público e incluso los menos conocidos. No es el súper filósofo, que lo sabe todo, sino un humano con ideas geniales que bebe cerveza, padece forúnculos y siente desprecio por Pieper…. Que presenta sus ideas y descubrimientos de una forma clara y sencilla, recurre al sentido común y provoca la risa cuando cuenta que su amada Jenny y su revolucionaria hijita Eleonor se burlan de él. “Como no quería que la obra solo representase ideas, le agregué datos sobre la relación de Marx con su familia, un poco de humor, así como una visión de lo que pudiera ser una nueva sociedad” confesó su autor. “Por eso hago que Marx hable sobre la Comuna de París de 1871. La Comuna es una pequeña luz” [1].

Sobre el texto original de Howard Zinn, ha dicho el propio Cué: “es un gran texto, muy equilibrado, nada paternalista, escrito por un detractor absoluto del capitalismo, pero también por un detractor absoluto de lo que se llamó el socialismo real” [2].

El también historiador, politólogo, activista, profesor y ensayista Howard Zinn —Nueva York, 1922— es hijo de inmigrantes judíos que vivieron en una colonia de clase trabajadora en Brooklyn. Estudió Historia y Ciencias Políticas en el Spelman College de Atlanta y en la Boston University, donde llegó a ser profesor emérito. Desde la década de 1960, fue un referente de los derechos civiles y el movimiento antibélico en los Estados Unidos. Por su vida de praxis, pensamiento y acción, fue uno de los intelectuales más admirados, tanto por veteranos de las luchas sociales de la posguerra como por los más jóvenes. Es el autor de más de 20 libros, entre ellos: La otra historia de los Estados Unidos; Vietnam: La lógica de la retirada; y el SNCC: Los nuevos abolicionistas. Murió de un infarto el 27 de enero de 2010, mientras estaba de viaje en California. En la autobiografía sentenció: “No se puede ser neutral en un tren en movimiento".

El 26 de mayo del 2004 fue el estreno en La Habana de Marx en el Soho. Desde una de las sillas un hombre alto y canoso disfrutaba absorto de una original y eficaz puesta en escena, era Howard Zinn quien había regresado expresamente a verla. Esa era la fecha pactada con su actor y director, después de participar, un mes antes, en un ensayo de la obra en la pequeña sala teatral Adolfo Llauradó. Cuenta Cué que Zinn vio el espectáculo tres veces y que se asombró del cambio que dio su puesta en escena.

También ha relatado Cué, que el admirador de Fidel y amigo de Cuba “quedó asombrado cuando vio que los cortes hechos a la obra fueron precisamente los cantos al marxismo, los cuales para Cuba serían ‘teque’. Esperaba que yo hubiera quitado todo lo otro y hubiera dejado el teque y por el contrario yo dejé las zonas más conflictivas porque trabajé con una libertad enorme, decidí qué cortaba, qué no, y eso a él le fascinó” [3].

El espectáculo teatral tuvo un gran reconocimiento, del público y de la crítica. Ese mismo año, mereció el Premio Villanueva de la Crítica 2004, otorgado por la Sección de Crítica y Teatrología de la UNEAC a los mejores espectáculos estrenados durante ese año. En gran medida, por tres decisiones que como director y actor tomó el máximo responsable de su primer estreno fuera de los Estados Unidos, en Latinoamérica y en Cuba.

Primero, la adecuación del texto original a nuestras circunstancias, labor de la que se encargaron el propio Michaelis Cué y Bárbara Rivero, lo que propició que Marx resultara como un viejo conocido. La otra, la de no imitar física y gestualmente al pensador europeo; en tal sentido ha dicho Cué: “Desde el principio sabía que no podía tratar de imitar a Carlos Marx, ni ponerme barba ni afeites, porque Marx es un ícono pero también era un ser humano y en lugar de acercar Marx a mí, traté de ver qué yo tenía de Marx y cuánto de sus ideas tenían que ver conmigo”. Por último, su puesta en escena, dinámica y sencilla, centrada en la actuación, con un desarrollo de la acción en diferentes niveles marcados por las diferentes locaciones donde discurre. “Yo no quería una puesta en escena compleja, quería algo simple desde el punto de vista escénico pero más complejo desde el punto de vista actoral, entregarme más, buscar la verdad y así salió”—ha comentado su actor y director—.

Luego de sus representaciones en Cuba, la obra comenzó su recorrido latinoamericano que le valió un personalizado reconocimiento por parte del intelectual estadounidense: “Querido Michaelis: Muchas gracias por todas las críticas de diversos países. ¡Es un gran placer leerlas! Tú has hecho mi pieza famosa en Latinoamérica. Un abrazo, Howard” [4].

Michaelis Cué Pérez —Granma, 1945— es graduado de la primera promoción de la Escuela Nacional de Artes Dramáticas y de Licenciatura en Filología en la Universidad de la Habana. Recibió postgrado en Dirección Teatral en la antigua URSS. Su reconocida trayectoria artística se desarrolló en el seno de importantes agrupaciones como Teatro Estudio, Teatro Político Bertolt Brecht y Teatro Mío. Vale destacar, su trabajo por más de una década “de mano derecha” de Vicente Revuelta. Ha sido merecedor de la  Orden por la Cultura Nacional (1996) y la Orden Nicolás Guillén, de la UNEAC (2005), entre otros reconocimientos.


Michaelis Cué Pérez. Foto: Página de Facebook de Michaelis Cué

 

Buena parte de la documentación del paso y repaso de Marx por La Habana Teatral se exhibe por estos días en el lobby superior del Café Teatro Bertolt Brech. Antes, en la tarde del 16 de mayo, había sido inaugurada en la galería del segundo piso de la Casa del Alba Cultural. Bajo la curaduría de Gabriela Reyna López, se conforma por 21 fotos de la artista del lente Sonia Almaguer, 2 carteles y 3 collages de entradas y recortes de prensa que documentan y recrean las puestas en escenas del unipersonal de Cué.

Las instantáneas de mediano tamaño y preciso encuadre compositivo, consiguen captar las escenas y poses más representativas del espectáculo, trasmitir su atmósfera, pero más que eso trascender el encargo documental y devenir en nuevos acercamientos y resignificaciones del autor de El Capital.


Puestas en escena del unipersonal de Cué. Foto: Internet

 

Su paleta sobria armoniza con lo austero y discreto del vestuario y la escenografía de la puesta en escena, que representan la humedad del Soho, del “miserable y frío piso en Dean Street”, donde sobrevivió y padeció la familia de Marx. No es la atracción instantánea, sino el compromiso a lo que se alude.

Si bien predomina el plano cerrado, en algunas se abre el campo para incluir los tinglados del que se sirve Cué para ubicar las diferentes locaciones y definir los contextos en que se verifican los acontecimientos; en otros, solo un objeto o elemento escenográfico que redondea el discurso o la metáfora visual. Zinn y Cué nos sorprenden con detalles y relaciones imposibles de notar cuando nuestros sentidos se agitan por la ironía y el humor, con los que contrastan las pasmosas reflexiones del Prometeo de Tréveris.

Con estos fotogramas, puzzle de poses y posturas, también nos acercamos a un Marx de a pie, vivo y contradictorio, divertido y humilde. En unas parece  un vendedor de libros o periódicos, en otras un orador casi estatuario. Es activista efusivo y un obrero abatido —o tal vez mirando desde abajo—; yace sobre un podio y sobre una rueda de auto. Simbólicamente crucificado en una escoba por los desunidos proletarios del mundo o como un espantapájaros de mal agüero, tanto de los que traen los bebés de París como de los que llevan los muertos de Siria y Palestina.        

En el diálogo entre sí, las imágenes construyen un discurso polisémico, como el texto de Zinn y el espectáculo teatral de Cué. Marx está muerto y no está muerto, Cué es Marx y no lo es; es como uno de nosotros y no lo es, porque nos falta profundizar más en sus ideas, hacer más para transformar el mundo y ser libres. “Aquí tenéis un poco de dialéctica”.

Con esta, como en sus últimas exposiciones personales, se pone en evidencia sus preferencias con el documental y el retrato dentro de la fotografía de teatro y la experticia de la artista para apropiarse del arte escénico. Lo que comenzó siendo un ejercicio práctico se ha venido convirtiendo en una pasión y sello distintivo de su quehacer [5].

Sonia Teresa Almaguer Darna —Holguín, 1971— es graduada de Licenciatura en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Culminó estudios de fotografía en la Escuela de Fotografía Creativa de La Habana y el Taller de Fotografía de la UNEAC —impartido por el Chino Arcos—. Ha realizado las exposiciones personales: En primera persona, Retratos escénicos (2014 y 2015); La joven luz. Postales de teatro cubano (2015); Inventario Almaguer (2015); Reading in Cuba, Leer en Cuba… (1961-2015), en University of Reading, Inglaterra, (2015); MM Terry, instantáneas de un festival (2016); Cuba, estación de luz (2016) y Cuba es mi marca, Inglaterra (2016). Ha participado en las exposiciones colectivas.  Fotos suyas han sido publicadas en las revistas Conjunto, Tablas y Cubacontemporánea y en los sitios digitales Tablas, La Jiribilla, Bohemia, Lente Titiritero, Cubaescena, Cubacontemporánea y La Ventana, de Casa de Las Américas, entre otros.

Marx en la Habana Teatral, completará la experiencia de los que asistan a la reposición de Marx en el Soho, iniciada el pasado martes 22 y que se mantendrá en la cartelera del Café Teatro los próximos martes 29, miércoles 30 y jueves 31, a las 7 de la noche [6].

 

Notas al pie: