Cuando en el terrible otoño de 1941 el plan de guerra relámpago de Hitler se desgastabafrente a las fuerzas del Ejército Rojo, a las puertas de la sagrada Moscú, nadie, en ninguno de los dos bandos, sabía cuánto habría de durar la guerra. El mando alemán apostaba confiado a que sería cosa de semanas más, semanas menos: a fin de cuentas, las tropas soviéticas no lograban contenerlos, apenas conseguían ralentizarles el avance. La verdad es que no podían hacer más, pero aquello era justo lo que querían, retener el avance alemán cuanto fuera posible, en tanto se preparaban y apertrechaban las unidades necesarias para la batalla definitiva.

En medio de aquello, con el sonido del cañoneo permanente de fondo, el entonces general de ejército Gueorgui Zhukov, Comandante del Frente del Oeste, recibió la orden de presentarse en el Gran Cuartel General. Allí el propio Stalin le comunicó lo que a todas luces parecía una locura:

–Queremos celebrar en Moscú, además del acto solemne con motivo del aniversario de la Revolución, una parada militar. ¿Qué le parece, la situación en el frente nos permitirá realizar estos actos?

Zhukov aseguró que el enemigo no empezaría una ofensiva en esos días, pues había sufrido serías pérdidas y debía reemplazar y reagrupar sus tropas. No obstante, habría que concentrar en la ciudad la aviación de caza de los frentes vecinos.

Así fue como el 7 de noviembre, durante el primer año de la guerra, en la Plaza Roja, tuvo lugar la tradicional parada militar dedicada al XXIV aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre. Ello desempeñó un inmenso papel en el fortalecimiento del espíritu del ejército y el pueblo soviético. Las unidades recién formadas y la técnica de combate que desfiló esa mañana por Moscú, sin detener su marcha, pasaron frente a la Plaza Roja y de ahí siguieron directamente hacia los frentes de combate en los accesos a la capital.

Veinticuatro años antes, el miércoles 7 de noviembre de 1917, un día frío y húmedo, en la esquina de Morskaya, el periodista norteamericano John Reed entrevistaba en plena calle de Petrogrado al capitán Gómberg, jefe militar de los mencheviques, el cual le aseguró:

–Quizá los bolcheviques puedan tomar el poder, pero no serán capaces de mantenerlo más de tres días. No tienen hombres que puedan manejar un gobierno. Quizá sería bueno dejarlos probar… eso acabaría con ellos…
 

Una de las cumbres periodísticas de John Reed.  
 

Sin embargo, duró mucho más de tres días… pues, al decir de Trotsky, se trataba de: “un experimento único en la historia, vamos a fundar un poder que no tendrá otro objetivo que el de satisfacer las necesidades de los soldados, obreros y campesinos”. Algo así no tenía más remedio que estirarse en el tiempo, pues por primera vez surgía un gobierno que excluía a los explotadores de toda la vida y quería gobernar para la gente.

Quienes con mala leche miran al pasado y dicen que en todo caso el experimento fracasó, la verdad es que se mueren de ganas de tener razón, pero mal que les pese no la tienen. El experimento fue de un éxito rotundo: mostró al mundo, y a los oprimidos y explotados en primer lugar, que había una posibilidad de liberarse de todos los yugos y emancipar a la humanidad.

Resultado de ese experimento “fallido” es la potente China de hoy, es la Cuba soberana, la Venezuela de Chávez, la Bolivia de Evo, la propia Rusia que hoy planta cara al imperio norteamericanoy le para las patas.

Y también fruto de ese experimento “fallido” es la idea permanente de la utopía como sueño común, alcanzable, que vale la pena. Con otro par de fracasos como aquel Octubre de 1917, la liberación de la humanidad está garantizada.