Considero a Arturo, al igual que a Norberto Codina, como hermanos mayores. Desde mis años en La Gaceta, hace ya dos décadas, pasamos del trabajo a la más sólida amistad, a la familia que no cree en la sangre. Comenzamos hablando de todo y esa conversación se ha vuelto interminable. Tal cercanía no es precisamente ventaja, ni tampoco la constricción que impone el objetivo, para cumplir este encargo de La Jiribilla por los 55 años de la publicación que marca las coordenadas del revistero cubano desde fines de los 80. Sin embargo, las respuestas de Arango explican muy bien, y de manera sintética, la solidez de La Gaceta de Cuba y los imperativos del universo revistero en la isla.

foto del escritor cubano Arturo Arango
Arturo Arango. Foto: Internet


Desde la atalaya que es toda revista, ¿cómo se observa un panorama cultural?

El deber sería mirarlo todo, comprenderlo todo, pero ya sabemos que es imposible. Esto mismo, sin embargo, condiciona una manera de observar: para mantenerse al día, para no convertirse en objeto arqueológico, cualquier revista necesita estar muy atenta a cuanto ocurre en ese vasto espacio del que se ocupa. Lo más útil es descubrir enlaces, generalidades, tendencias nuevas, tópicos que se van enquistando en esta o aquella rama del arte y la literatura.

¿Cómo lo hacen desde La Gaceta de Cuba y de qué te ha servido a ti?

No hay una sola forma. La primera está en la propia interacción con los colaboradores, los de siempre y los que nos envían por primera vez un texto. ¿Qué dice el conjunto de esos trabajos cuyos autores quieren darlos a conocer en la revista? ¿Cómo dialogan entre sí, qué señales nos envían? Luego, por supuesto, está nuestra propia vida en la cultura. En este punto es importante algo a lo que tú mismo alguna vez te has referido: aunque Norberto y yo tenemos muchos años en La Gaceta (él más que yo), tratamos de que el resto del equipo esté formado por personas de otras edades, y relacionadas con distintas ramas del arte. Al inicio ocurrió de manera espontánea, pero ya es una decisión muy meditada. Por ejemplo, en los últimos meses han estado con nosotros la crítico de arte y curadora Nahela Hechavarría, quien sigue atendiendo la sección de Crítica; la escritora Jamila Medina, quien no solo es una excelente poeta y ensayista, sino una editora rigurosísima; se acaba de incorporar la periodista y editora Mabel Machado, y se consolida en el equipo la diseñadora Marla Cruz, quien trabaja, además, en la Fábrica de Arte. Te imaginarás que todas ellas van dando miradas distintas, que provienen desde formaciones, perspectivas, experiencias e intereses muy diversos.

A mí, por supuesto, me ha servido para comprender un poco mejor el contexto en que vivo y trabajo (como escritor, quiero decir).

¿Qué le devuelve la revista a tal panorama en forma de flechas o provocaciones?

Siguiendo esa pauta, no nos faltan elogios. Pero los elogios no deben ser nunca tomados muy en serio, porque pueden ser paralizantes.

Eso, querido Omar, deberían responderlo los lectores. De alguna manera ya lo han hecho. En nuestro número 2 de este año publicamos un extenso dosier, coordinado por Mabel Machado, en el que unas cuarenta personas recuerdan un número, un trabajo, un momento de la revista que les haya resultado particularmente atractivo o útil.

La nota a ese dosier se titula “Modestia, apártate”, que es una frase tomada al poeta colombiano Juan Manuel Roca.

Siguiendo esa pauta, no nos faltan elogios. Pero los elogios no deben ser nunca tomados muy en serio, porque pueden ser paralizantes.

Alguna vez nuestra mentora, la inigualable Graziella Pogolotti, nos contó que cuando ella trabajaba en la Biblioteca Nacional a inicios de los 60, la directora, María Teresa Freyre de Andrade, solía reunir cada seis meses a los trabajadores y comenzaba con una frase tremebunda: “La Biblioteca está en crisis”. Era un modo de incomodarlos, de repensar los retos que toda profesión debe rediseñar constantemente. Y nosotros, de vez en cuando, la seguimos: “La Gaceta está en crisis”, y a renovarse.


Portada del número Mayo-Junio de 2013


¿Cómo se cruza la mirada de La Gaceta con la del resto de publicaciones periódicas cubanas del ámbito de la cultura?

Los revisteros (como nos llamamos, al menos en Cuba, quienes hacemos revistas) tenemos una palabra que define los propósitos de una publicación periódica: el perfil. Hay revistas que nacen con un editorial donde se define ese perfil. En otras se va construyendo. El de La Gaceta… se ha ido transformando. El actual se consolidó, a mi juicio, a fines de los 90, y no está escrito, se expresa en el día a día. Lo más estable es la pertenencia, y los deberes que esa pertenencia aconseja. Somos una publicación de la UNEAC y nos debemos, ante todo, no solo a los escritores y artistas cubanos (donde quiera vivan), sino también a los lectores del archipiélago.

Asimismo, hemos intentado respetar la cultura del diálogo, y que el lector tenga en su mano el haz y el envés de toda polémica que acogemos.

Lo demás puede ser variable, dialéctico. Durante un tiempo (segundo lustro de los 90) la novedad de La Gaceta... era dar a conocer parte de la cultura cubana que se realizaba en la diáspora. Ese gesto, con los años, se ha naturalizado, y por fortuna no solo en nuestras páginas.

Atendemos lo contemporáneo del arte y la literatura cubanos, pero no somos un órgano noticioso, menos aún en tiempos en que la información llega de inmediato desde cualquier lado. Y jerarquizamos el rescate de procesos, figuras, obras injustamente olvidadas, es decir, enlazamos lo actual con un poco de historia.

Durante un tiempo la novedad de La Gaceta... era dar a conocer parte de la cultura cubana que se realizaba en la diáspora. Ese gesto, con los años, se ha naturalizado, y por fortuna no solo en nuestras páginas.

Sobre todo para Norberto y para mí, ya es un acto natural leer una colaboración y darnos cuenta de si se aviene o no a ese estatuto que llamamos “el perfil”. Son esos perfiles los que van creando los espacios propios y también los cruces, los bordes donde se tocan las revistas.

¿En qué estado se encuentra el universo revistero nacional, tanto en lo conceptual como en lo práctico?

Lamentablemente, somos una excepción. No por la calidad de la revista, sino por cómo hemos podido enfrentar los retos de la poligrafía y los financiamientos. Me preocupa que los lectores celebren que La Gaceta… sea la única publicación cultural cubana que circula en el tiempo previsto. Sé lo duro que es para un revistero diseñar, concebir un número que no sabe en qué mes o en qué año llegará a sus lectores. Es algo que daña toda la cadena. Un libro se escribe, casi siempre, para un tiempo impreciso. Una revista se hace para el aquí y ahora. Nada de lo que respondí en las dos preguntas iniciales de esta entrevista tendría demasiado valor si La Gaceta… no pudiera respetar su periodicidad bimestral.

Es una fatalidad a la que, además de nosotros, escapan las revistas digitales. Aunque estoy hecho a la letra impresa, me atraen mucho las revistas digitales, que, para el lector cubano, tienen la enorme desventaja de la mala y escasa conectividad de Internet. No imagino que alguien pague para ir a un parque con zona Wifi a leer una revista digital cultural.

Pero, volviendo al principio, a mi juicio lo que más lastra ese universo revistero nacional son los problemas poligráficos. Y no voy a hablar de la distribución, que ya es casi inexistente. Cuesta entender por qué en Cuba no hay estanquillos que vendan publicaciones periódicas, y que sean vivos, funcionales.


Portada del número de Enero-Febrero de 2015


Puesto a soñar, ¿cómo proyectaría Arturo Arango esa función de las revistas, culturales o no (si es que podemos dividirlas), en la Cuba de pasado mañana?

Aspiraría a que existiera la mayor diversidad posible, y a que las revistas no sean solo patrimonio de las instituciones. Una vez colocamos en la puerta de La Gaceta… un párrafo en que Pedro Henríquez Ureña afirma que toda gran revista cultural se gesta en un grupo que vive en alta intensidad intelectual.

Ya sabemos que la cultura cubana (en su más amplia acepción) se desarrolla en medio de enormes, a veces peligrosas, tensiones que ponen en riesgo la existencia misma de la nación. Pero esos peligros no pueden seguir frenando la necesidad de democratizar el proyecto revolucionario cubano, de cumplir el desafío de que, bajo la unidad de la nación, quepan todas las voces e intereses posibles. Y repito “posibles”.

Habría que establecer las reglas del juego. Y luego que entren en el terreno los equipos a dialogar, a enriquecer el pensamiento y la espiritualidad de todos.