“Al cantar, elegimos la manera de morir” me dijo, hace muchos años, en 1980 para ser preciso, Eduardo Langagne, desde las páginas aún inéditas del libro que, a la postre, ganaría el premio Casa de las Américas. Donde habita el cangrejo se llama esta obra, que sigue ahí, resistiendo los embates del tiempo, recordándonos una voz que ha asumido muchos registros, pero que ya estaba lista para el canto desde entonces, y aun antes. Yo era jurado en ese año y hubo varios libros que pugnaron, con justicia, por el premio, pero los versos de Eduardo, poco a poco, se fueron imponiendo, sin estridencia, con cierta hondura noble a la que, con igual placer, puedo inclinarme ahora mismo, varias décadas después; porque aún me resulta imprescindible dialogar con Sammy Macoy, con ese Sammy Macoy donde se funden Gelman y Eduardo en el herido temblor de un saxofón.
 


Eduardo Langagne. Foto: Internet
 

En ese caos, en esa confusión de tiempos donde es imposible delimitar las fronteras entre lo que fue, lo que ahora mismo está sucediendo y lo que será mañana, es donde funda la poesía sus dominios.

Muchos libros vinieron después, mucha vida vino después; otros amores, otros desengaños, las primeras ausencias, leves al principio, tatuadas luego en lo más hondo de la memoria, aunque el poeta nos diga, para convencerse a sí mismo: “Lo que pasó se fue”. Nada se va, todo queda de algún modo en la memoria, todo vuelve una y otra vez, en cada verso, hasta que se convierte en recuerdo de lo que vendrá. En ese caos, en esa confusión de tiempos donde es imposible delimitar las fronteras entre lo que fue, lo que ahora mismo está sucediendo y lo que será mañana, es donde funda la poesía sus dominios. Asumo con Saúl Juárez, la cita que este amigo entrañable de Eduardo y mío hace de Nietzsche, cuando nos recuerda, hablando de la poesía de Langagne, que “Hay que tener un caos en uno mismo para dar a luz una estrella que baila”.
 


He tenido la suerte de mantener, desde aquellos lejanos días de 1980, una perdurable amistad con el poeta. He visto nacer muchos de sus libros, la mayoría de los cuales han peregrinado conmigo por la ciudad y siguen ocupando un lugar entrañable entre los más queridos de mi casa. A más de uno le debo ciertos poemas con los que he querido dialogar con el amigo, con el poeta, con la poesía. Recuerdo con particular cariño Navegar es preciso. Recuerdo que revisando un día la portada de este libro, en cuyo diseño entraban varios instrumentos de navegación, me detuve en uno que no lograba identificar hasta que me dije: “Se supone que esta sea la Rosa de los vientos”. Repetí de nuevo esa frase y sentí de pronto la urgencia de escribir, y nació uno de los poemas de amor que más quiero. Cuando el poema estuvo terminado, volví a la portada del libro y descubrí que mi Rosa de los vientos no era tal cosa, sino una simple gota del café mañanero. O tal vez no, quién sabe.

Cerca de una veintena de libros de Eduardo Langagne me acompañan, a los que se suma ahora Verdad posible. Si tuviera que definirlo, diría que los versos que lo componen, con una mayor limpieza, con un calado más profundo, siguen buscando lo que intentaba decir, y ya decía, el joven que se acercó a la poesía como la única manera de dialogar consigo mismo, con sus amigos, con su barrio, con los poetas que ama, con el país y con el mundo que le tocó en suerte habitar. Sigue buscando, porque Eduardo, como todo poeta auténtico, sabe que la poesía no está en lo que ya tiene, sino en lo que le falta.

Considerado uno de los poetas más importantes de su generación, Eduardo Langagne nos revela en este libro un acendrado dominio del oficio, una fidelidad insoslayable a su voz, a su manera de hacer. Hay poetas que ensayan en cada libro, que intentan ajustar su voz a las tonalidades que imperan en el momento que deciden escribir. Estos corren el riesgo de desdibujarse, de desaparecer entre los múltiples y opuestos registros que ensayan; y cuando se dan cuenta y quieren volver a rescatar su timbre verdadero, el original, no tienen la menor idea de cuál es. Hay otros, a los que pertenece Eduardo y entre los que me incluyo, que buscan ensanchar constantemente el registro que descubrieron y que, sin estar ajenos al coro de voces del entorno, no traicionan su manera de decir. Estos tampoco están exentos de riesgo, corren quizá uno mayor, que es repetir el mismo poema. Supongo que Langagne ha sentido esa angustia. Yo la he sufrido muchas veces y, con los años, he empezado a mirar detenidamente cada texto.

Para los pintores, por ejemplo, eso no parece ser un problema. Descubren una marca, su marca, y pueden darse el lujo de repetirla sin correr riesgos. Los mejores siempre le agregan una línea, un accidente inesperado, un color como al descuido, pero lo esencial está ahí. Verdad posible, este libro que nos acompaña hoy, es una estupenda lección de cómo se puede mantener esa fidelidad a la voz poética sin correr el riesgo de que el lector diga: “Pero esto ya lo había dicho el poeta”. En este libro Langagne vuelve a sus obsesiones, al diálogo con los poetas que quiere. Ahora es de nuevo Pessoa, pero esta vez contextualizándolo con los Beatles, recordando su encuentro con el maligno Crowley desde la portada del Sargento Pimienta. Pero vuelve Machado, y Pierre de Ronsard hablando desde la voz de Rubén Bonifaz, pidiéndole a la muchacha de su vida que no envejezca; vuelve la rosa de Ronsard, la que descubrió el poeta latino Ausonio, y la que canta Eduardo acompañando a ponerle rosas a Marilyn, durante siete lustros, a un Joe Di Maggio comido por la ausencia.

Eduardo nos demuestra que no hay temas gastados, que todo puede volver a ser leído, que la vida y sus sorpresas resultan inagotables, que cada asunto es otro en la voz de los poetas.Retomar el tema de la rosa en un poema puede parecer un suicido, pero Eduardo nos demuestra que no hay temas gastados, que todo puede volver a ser leído, que la vida y sus sorpresas resultan inagotables, que cada asunto es otro en la voz de los poetas si esa voz responde a la verdad de la poesía, que, como sabemos, es otra muy distinta a la que nos revela la apariencia del hecho o del objeto que provoca el poema. La rosa de este poema puede ser también la melancólica de Guillén, la distraída en la noche de Pellicer, la blanca de Martí, la de Xavier Villaurrutia, la de Sor Juana, pero es, sobre todo, una rosa traducida en la memoria. Vuelven en este libro las memorias de la infancia, las muchachas misteriosas que se vieron pasar y que asumieron destinos insospechados, los ídolos de los primeros años como Mae West, quien seguramente está esperando que el poeta lea los versos donde ella le acompaña; pasa harapiento y eterno Bob Dylan; se lamenta del transcurrir del tiempo el nieto a quien solo le quedan fragmentos de las canciones con que el abuelo intentaba conjurar, desde la montaña que ahora mismo es ajena, los desastres por venir.

Pero está también la reflexión permanente sobre el oficio del poeta, sobre los destinos de la poesía. Otra vez nos dice Eduardo en esta Verdad posible, que la poesía no está en el verso, que la palabra ordenada del poema solo es un medio para intentar atrapar esa sustancia con que se amasan las estrellas, al decir de Guillén, o esa sombra de la memoria que expresaba Gelman. Por eso no excluye de su modo de decir ninguna de las formas posibles de atraparla; y encontramos de nuevo, en este libro, la estrofa tradicional junto a los versos libres, la reflexión cercana a la filosofía junto al coloquio, o la intertextualidad sin que sienta el lector la presencia agobiante del autor. Eduardo, como nos recuerda Luis García Montero, sabe estar y sabe borrarse al mismo tiempo del poema para dejar espacio al lector, para que este sienta que se está hablando de él, que él puede asumir esa voz porque reconoce en ella los registros de sus propios sentimientos, de sus experiencias personales, de lo que necesitaba decir. Verdad posible es un excelente libro donde Eduardo Langagne confirma su condición de estupendo poeta; un libro donde se han afinado ya todos los tonos de una voz imprescindible en el coro de voces que forman lo mejor de la tradición lírica de nuestra lengua.