Tocar madera con los nudillos constituye un gesto cotidiano encargado de alejar acontecimientos nefastos o atraer la buena suerte. Tan cubano como universal, forma parte indisoluble de idiosincrasias y supersticiones operantes en múltiples latitudes.

Algo similar ocurre con el número trece, considerado de mala suerte por muchos. Tras añadir su imagen a la procesión de los doce dioses principales, Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno, murió asesinado a las puertas del teatro por el general Pausanias de Orestis. La Cábala enumera trece espíritus del Mal, y entre los arcanos Mayores del Tarot, el número trece se corresponde con la imagen de La Muerte. Trece fueron los comensales de la Ultima Cena; el decimotercer capítulo del Libro del Apocalipsis es el del Anticristo y de la Bestia. Llamamos triscaidecafobia al miedo irracional hacia el número trece, y friggatriscaidecafobia al temor hacia los viernes trece, el cual debemos, sobre todo, a la expulsión de los Caballeros Templarios perpetrada por el monarca galo Felipe IV.

Por consiguiente, no resulta casual que el artista visual Arístides Fernández (Ares) haya escogido la tarde del pasado viernes trece para efectuar la inauguración de Tocar madera, muestra personal que hasta principios de mayo acogerá la galería Villa Manuela.


Visual con público. Foto: Maité Fernández 
 

Curada por el propio Ares y Odette Bello, Jefa de Departamento de Historia del Arte de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, la muestra toma como leitmotiv iconográfico los aldabones o llamadores que forman parte indisoluble de la arquitectura colonial cubana. Asimismo, las puertas de madera también juegan un papel fundamental, deviniendo, en muchos casos, las superficies sobre las que el artista dibuja y pinta.

Supersticiones, praxis identitarias, creencias, orichas y programas iconográficos del arte occidental: he aquí algunos de los elementos que podemos encontrar en  esta propuesta, cuyas pinturas y esculturas entremezclan efigies de la Virgen de la Caridad del Cobre, el Cristo Crucificado de Cimabue y el Divino Pantocrátor con el azulino Vishnú, un Buda de orejas alargadas (símbolo de sabiduría e inmortalidad), una representación antropomórfica de Elegguá, la medialuna islámica y la Estrella de David. Así, estas puertas, decoradas con sus respectivas aldabas no constituyen vías de escape para eludir la realidad y abstraerse en un universo místico o religioso que anula los sentidos y silencia los ruidos del mundo, sino que devienen puertas de entrada hacia nuestro plano existencial de lo espiritual en el más amplio sentido del término: cultural, literario, cognitivo, emocional…


 Buda Acrílico y Metal sobre madera. Foto: Maité Fernández
 

El humor cáustico y reflexivo que Ares suele desplegar en gran parte de su trabajo está presente en piezas como Paradise, Santa Pasta y Sweet dreams: tríada de advertisements, inspirados en programas iconográficos cristianos, que promocionan restaurantes u hostales a la caza de clientes. En otras, el artista intertextualiza con obras o estilos pictóricos significativos, retomando motivos e imágenes muy conocidas. Tal es el caso de Girasoles para la Virgen: significativa pieza en la que Cachita es agasajada con un ramo de heliotropos a lo Van Gogh.

A ello se suman un autorretrato del artista (Autorretrato 5 minutos antes de despertar), una bellísima instalación inspirada en el entorno capitalino (Habana 6 am) y tres obras que retoman la bandera cubana y la imagen de José Martí para discursar sobre la pervivencia y defensa de los símbolos nacionales (Cuba, Blindaje y Martí).

Un viernes trece, sistemas religiosos, puertas dispuestas al llamado oportuno: Tocar madera, triscaidecafobias aparte, convida a la reflexión oportuna y al pensamiento útil mediante un selecto grupo de metáforas que nos muestran una faceta poco conocida y menos visibilizada de un artista cuyo talento hoy nos convida, parafraseando la inscripción presente en una de las piezas, a sacar lo que en el pecho tengamos de cólera y horror.