Cuando se tiene el privilegio de figurar entre los amigos de un maestro en las artes plásticas como Eduardo “Choco” Roca, dicha amistad lleva implícita la expansión de un rango de afectos que nos compromete a preservar semejante relación en cualquier circunstancia por tratarse de un ser humano excepcional. Nos referimos a la hermandad que entre sus virtudes se cuenta con que mientras los demás conocen de sus cuadros cuando estos aparecen colgados en las paredes de una exposición, pinturas que sus amigos las perciben desde que nacen para verlas crecer hasta convertirse en el instante definitivo donde la conmoción resulta inevitable.

Disfrutar ese momento de creatividad en el cual Choco está construyendo arte, significa vislumbrar la devoción del pintor por su obra, pasión que por encima de las diferencias de estilos a través de los tiempos, es una condición imperecedera que descubrimos tanto en el arte del milenario Egipto como en el de la Grecia clásica o en el gesto apenas imperceptible de un trazado del pincel de Miguel Ángel. Es reconocerse en un estado de gracia, una especie de trance convocado por la creatividad exacerbada para volcar en el lienzo todo aquello que nos conduce a la configuración de lo cubano en este Premio Nacional de Artes Plásticas 2017.

No obstante, ningún artista puede ser valorado adecuadamente sin tomar en cuenta el entorno social al que pertenece como influencia mayor que le nutre. Si alguien ha pensado que Choco forma parte de aquellos artistas que crean encerrados en su torre de marfil, siento decirle que esta tendencia nunca la hubo por causa de los muchos de nosotros que le quieren, a la vez que de solo mencionar su nombre es evocar la intensidad telúrica de sus sentimientos en torno a todo lo que tenga que ver con Cuba y su gente.
 

La sencillez y excelencia de un arte y su artista  
 

Compartir una velada con Choco en su casa, si no está jugando dominó con sus hermanos de vida, es la posibilidad de dialogar con un alquimista del arte de la conversación sin percatarnos del transcurso del tiempo. Acompañar al Choco en sus movimientos por la ciudad, es poder constatar la felicidad que estos encuentros casuales provocan entre sus compatriotas, desde un chofer de guagua hasta un militar o la dependiente de una tienda, quienes lo saludan con la misma humildad y franqueza de la mejor sonrisa que él les devuelve a todo pulmón.

Sin lugar a dudas, la plenitud del intercambio de vibraciones tan positivas entre el relevante artista y el pueblo que le admira y respeta, constituye un factor imprescindible para la evolución de su obra a la hora de empuñar el pincel o la paleta con la certeza de llevar grabado en el pecho su mayor tesoro: el reconocimiento de los cubanos.

Cuando en nuestro lenguaje cotidiano del habla, nos referimos favorablemente a alguien por las cualidades que lo distinguen de los demás, habitualmente decimos que dicha persona tiene un don de gente. En tal sentido, el otorgamiento de este Premio Nacional de Artes Plásticas 2017, ha provocado tanta euforia que desde ahora bien pudiéramos decir cuando nos referimos a alguien estelar, es que tiene el don del Choco.