Tengo claro lo que la Revolución significa para mí. No es algo ajeno a mi andar diario. Con asiduidad pienso en sus méritos y faltas, de tal manera que practico con amigos, colegas, alumnos y familiares un análisis habitual de su curso histórico y de su realidad presente. No temo poner ventajas y desventajas en una balanza mediante un coloquio constante, incluso un soliloquio.

¿Por qué desconocer que cualquier proceso social, más si se trata de una transformación total de estados, acarrea búsquedas, sueños, tanteos, aciertos, errores, heridas? A quienes ese tejido no parezca natural es porque son enemigos que solo ven las manchas o puritanos cegados por la luz.
 



 

Ahora mismo, mientras manuscribo estas líneas, espero que mi hijo mayor salga del aparato donde le hacen una Resonancia Magnética Nuclear por una investigación médica. Cuando llego al salón y entrego el turno, una señora de piel negra espera. Enseguida nos ofrecemos sonrisas y entablamos conversación. Poco después me enseña en el móvil una foto de su nieto de 24 años. Luego sale su esposo de la famosa RMN, se despiden con calidez y se van. No nos hemos dicho nuestros nombres.

Ambos hechos, fortuitos si se quiere, son la Revolución. La facilidad de hacerse una prueba de ese rango por el proceso médico habitual, sin hablar con nadie, y ese encuentro casual, son la Revolución.

Si yo prefiero el segundo, la naturalidad, la cercanía y la horizontalidad del contacto humano, será por mi sensibilidad y porque creo que esas inscripciones en lo humano son las marcas más profundas, duraderas y vivas de la Revolución. Pero también sé que no se producen en abstracto, sino porque esa señora, su esposo, mi hijo y yo podemos acceder como iguales a un examen de ese calibre sin mediar el dinero ni alguna otra cosa que nos separe en derechos.

No me hacen falta 59, ni 60 líneas por 60 años, para explicarlo.