No recuerdo con exactitud cuáles fueron las primeras canciones de Silvio Rodríguez que escuché. Acaso “Quédate” y aquella de la bruja solitaria que padecía sed de amor.

De lo que sí estoy segura es del impacto que aquellas letras y melodías causaron en una aspirante a poeta que enseguida sintió el deseo de escribir como él. Mientras más lo escuchaba, más me parecía la persona que había cambiado todo dentro de mí, lo mismo que Los Beatles o César Vallejo. Así de importante fue este artista para mi “educación sentimental”.

Silvio Rodríguez
Fotos: Iván Soca


En este 2016 oigo las polémicas que ha despertado el otorgamiento a Bob Dylan del Premio Nobel de Literatura y, aunque no puedo comprender las letras de sus canciones porque no domino el inglés, pienso que si ese galardón se lo hubieran concedido a Silvio, hubiera sentido que se lo merecía con creces.

Silvio es, sin duda alguna, un poeta. Y es también un músico. Y un líder de opinión. Es uno de los artistas más trascendentes que ha dado Cuba en toda su historia y un hombre valiente, consecuente y, sobre todo, auténtico.

Es por eso que lo siento como una presencia familiar. Desde mi adolescencia asistí a sus conciertos. Hice colas inmensas para conseguir una butaca en la pequeña sala del teatro Hubert de Blanck,  en los finales de los 60 o principios de los 70, y atropellé en mi piano sus canciones copiadas en libretas escolares durante sus recitales.

Dije en un cuento que le dediqué, que fue y continúa siendo la banda sonora que me acompaña siempre. Y ahora que cumple 70 años, no veo mejor homenaje que colocar en el lector de mi equipo de música los incontables CDs que guardan una de las obras más sólidas del panorama musical y poético de esta Isla, que atesora músicos y poetas muy grandes. Pero ninguno como él.

Casi todas sus canciones me gustan. Y coincido con los criterios que suele expresar en su magnífico blog Segunda Cita, por el cual recibió la Orden Félix Elmuza de la Unión de Periodistas de Cuba.

Recuerdo su viaje a bordo del barco Playa Girón de la Flota Cubana de Pesca, recreado hace poco en un magnífico documental. Para entonces, ya había ocurrido el lamentable incidente de la cancelación de su programa televisivo Mientras tanto. Porque como todos los genios, Silvio fue también incomprendido. Tal vez porque no tenía referentes. Molestaba hasta su forma de vestir, tan alejada de las lentejuelas y de esas “lucecitas” a las que se refiere en “La Maza”.

Más de una vez lo entrevisté o hablé de él cuando trabajaba como periodista para la Agencia Latinoamericana de Noticias Prensa Latina. Tengo el orgullo de que la gran compositora Marta Valdés todavía recuerde esos trabajos en los cuales no pude adoptar una actitud imparcial hacia quien siempre he considerado un paradigma, un músico y un poeta lúcidamente cuerdo. Porque siempre supo qué se proponía.
Como Los Beatles y los Rolling Stones, Silvio Rodríguez llega a sus 70 años joven y creativo, rehaciendo y haciendo sus nuevas canciones siempre al compás del presente que le tocó vivir.

Como Los Beatles y los Rolling Stones, Silvio Rodríguez llega a sus 70 años joven y creativo, rehaciendo y haciendo sus nuevas canciones siempre al compás del presente que le tocó vivir. Crítico y leal al mismo tiempo.

Su historia comprende su temprana incorporación a una Revolución que no ha dejado nunca de celebrar. Con sus luces y sus sombras. “Como le cabe a un hombre despierto”.

Ha estado con los presos y mantiene su gira interminable ofreciendo conciertos gratuitos a los más desfavorecidos, en barrios marginales o en zonas de la capital donde viven personas a las que les cuesta trabajo moverse o pagar los costos de las entradas en los teatros.

Nadie “orienta” a Silvio Rodríguez para que haga estas cosas.

Creo que en los últimos tiempos su música se ha enriquecido gracias a los que le acompañan, casi siempre el trío Trovarroco y la excelentísima flautista Niurka González, con la que está casado hace ya más de 20 años.

Nació en San Antonio de los Baños el 29 de noviembre de 1946, y dicen que la afición de su padre por la poesía y la de su madre por el canto fueron las que decidieron su carrera posterior.

Sin embargo, Silvio Rodríguez fue también dibujante e historietista en el semanario Mella y estudió pintura en la Academia de San Alejandro, además de piano.

Silvio Rodríguez
Tanmy López


Escogió finalmente la guitarra. Quizá porque era un instrumento portable con el que podía transitar tanto esas “madrugadas sin ir a dormir”, como presentarse en los escenarios que hace algún tiempo parecían no ser de su agrado del todo.

Cuando su fama creció por toda Hispanoamérica, ya en la década de los 90, alentó y contribuyó a la construcción de los estudios Abdala y Ojalá, en La Habana, y al Eusebio Delfín en Cienfuegos.

En “sus” estudios de grabación ha abierto puertas a jóvenes y desconocidos talentos, y también a muchos consagrados.

Puede ser que algunos le reprochen su carácter “difícil”, pero hay que comprender lo que significa contar con tantos admiradores de todo el mundo que lo solicitan, quizá, en los momentos que Silvio destina a su intimidad.
Creo que él ha sido fiel a sus amigos de siempre y que su principal propósito en la vida ha sido luchar “por el mejoramiento humano”.

Creo que él ha sido fiel a sus amigos de siempre y que su principal propósito en la vida ha sido luchar “por el mejoramiento humano”.

En su extenso arsenal de composiciones no hay palabra que se pronuncie con más frecuencia que amor.

Y eso es, en definitiva, Silvio Rodríguez: amor. Un músico, un poeta, un hombre lúcido de cordura ejemplar a quien mucho me gustaría que se le otorgara, como a Bob Dylan, el Premio Nobel de Literatura.

Falta saber, en caso de que así fuera, si nuestro trovador estaría dispuesto a aceptarlo.