El Día de Reyes de 2017, por fin, le di la mano a Silvio Rodríguez. Y —a lo mejor, por un regalo que me hizo mi padre desde el cielo— el Día de Reyes de 2017 también le di la mano, por fin, a Frederich Cepeda. Luego los vi, felices, parados uno junto al otro. “Esta foto la voy a poner en mi blog”, prometió Silvio. “Toda mi vida soñé conocer a este hombre”, me había confesado Frederich.

Silvio y Cepeda: tercer y cuarto bates de una noche enorme.


Silvio y Cepeda. Foto: Kaloian


Venía uno a ofrecer el concierto 79 de su Gira por los Barrios. Llegaba el otro para lucir en el play off de la Serie Nacional el traje de Villa Clara.

El encuentro duró apenas los minutos que el chachachá Miñoso al bate, de Jorrín. Pero ya el trovador y el pelotero comparten una sonrisa contra el prejuicio de quienes nunca entienden: cantan a dúo en la sangre de un pueblo que necesita tanto el papalote de Silvio como el jonrón de Cepeda.

Llegó Frederich a este mundo el mismo año en que nacieron canciones como Supón, Son desangrado o La gota de rocío. Pero hoy ambos pertenecen a la misma generación, puesto que un deportista al borde de los 37 resulta igual de longevo que un músico de 70.

Silvio es Cepeda cuando hace desbordar estadios, cuando nos impulsa a saltar desde las gradas y apostar todo por el equipo Cuba. Cepeda es Silvio cuando se lanza al dulce abismo para atrapar una pelota enemiga o cuando manda un batazo hasta el lugar remoto en que la Osa Mayor corrige la punta de su cola.

Yo los vi, juntos, posar para unas pocas fotografías. Yo los vi, juntos, compartir su ración de eternidades cuando se dieron la mano en ese punto ignoto en que mi padre despierta cada Día de Reyes. Silvio y Cepeda se funden sobre la línea del horizonte, allí donde el papalote cae, cae, cae, cae, cae… mientras la bola se va, se va, se va…