Desde fines de los años veinte, el son y la poesía habían establecido las bases para un maridaje que trascenderá en el tiempo. Ignacio Piñeiro le aportará los elementos propios de la rumba, de los toques y los cantos cercanos al mundo del ñañiguismo; pero también dará a esta forma musical un lenguaje literario que superaría con creces lo que le precedió.

El son ya era una realidad en la sociedad y en la música cubana cuando Nicolás Guillén presentó su poemario Motivos de son en las páginas del Diario de la Marina. Sin embargo, será Nicolás quien dará el toque de gracia que definirá la mulatez del género, y de la poesía que le ha de acompañar desde ese instante y que en los años setenta se verá reflejada en la obra de Juan Formell y los músicos que le acompañan.


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Cierto era que los trovadores —los nuevos, los primeros de estos tiempos— se habían refugiado en la figura de José Martí, no solo por su universalidad, sino por el hecho de que su poesía encajaba con muchas de sus inquietudes y búsquedas existenciales y sociales. Los hombres de la Nueva Trova de alguna manera amaban como Martí. Mas, este es un pueblo que también baila, y hay poesía que puede ser bailada.

Conocida era la impronta trovadoresca que había definido parte de la primera etapa creativa de Formell en los años sesenta. No importa que se haya refugiado en mixturas musicales; sus temas venían desde la guitarra, solo que él tuvo la suerte de tener a su disposición una orquesta para darle a esa canción del trovador otro ropaje, una vestimenta que en los setenta hará que los cubanos le reconozcan como el eslabón musical entre el pasado y el futuro: él hacía el son del hombre nuevo e interpretaba sus sueños y sus alegrías.

Formell y su orquesta, los Van Van, son en los años setenta una de las agrupaciones que convoca a los cubanos de todas las edades en las plazas bailables, no importa cuán cansado pudieran estar sus compatriotas ni lo difícil que fuera la vida o la altura del sueño: bailar con los Van Van, corear sus estribillos, reconfortaba el cuerpo y el alma.

Martí, a pesar de su universalidad, ya estaba en clave de son con la inclusión de sus Versos Sencillos en la “Guajira Guantanamera”. Se debía buscar un poeta que estuviera más cerca del hombre común; que alguno de sus versos entrara en el círculo humano de un buen montuno y se le pudiera hacer un tumbao de esos que ponen los pelos de punta; indiscutiblemente, el poeta más cercano a esa rítmica era Nicolás Guillén. Había otros, pero Guillén estaba más cerca del hombre común.


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Formell musicaliza el poema “Cuando yo vine a este mundo”; el tema se convierte en un suceso de difusión y entra en la preferencia de los bailadores. Como todo tema que se baila y que atrapa al hijo del vecino, la frase “…nadie me estaba esperando…” compitió con la de Silvio; o se mataba canallas o nadie te esperaba.

Y como se trataba de poesía llana y pura, Formell se arriesga y escribe bajo la influencia de Guillén otro de sus grandes temas: “Si no hablo de ti, me muero”; que literariamente encajaba en el espíritu de la obra del poeta nacional, se ajustaba a los postulados estéticos que comenzaban a definir a la Nueva Trova y, curiosamente, coincide con temas como Cuba va y la trilogía dedicada a Playa Girón, que para ese entonces componía el Grupo de Experimentación Sonora.

El son y la trova, la trova y el son. Para esta primera mitad de los setenta ya habrán muerto Ignacio Piñeiro y Sindo Garay, dos de los más importantes músicos cubanos de todos los tiempos; tal vez los más influyentes de su época en sus respectivos géneros. En la memoria popular resonaba aquello de “Párate y oye, cantor…”, todo un poema soneado o simplemente un son con alma de gran poesía.