Si bien el montaje de Cuatro, teatro coreografiado por Yadiel Durán y dirección escénica de Rubén Darío Salazar, no es, en rigor, un trabajo del Teatro de Las Estaciones, tampoco puede desligarse de la magnífica impronta de ese colectivo que nunca deja de ensayar nuevas alternativas para la escena, gracias a lo cual ha ganado un espacio distinguido en las tablas cubanas y más allá, como referente de buen hacer. La dupla Rubén Darío Salazar-Zenén Calero como líderes artísticos de un grupo integrado por jóvenes actores, algunos en franca formación, mantiene viva una carrera de relevos con puestas que articulan muñecos y objetos con el trabajo del actor, incursionan en variadas técnicas del oficio titiritero, y dialogan sin prejuicios con toda manifestación artística que pueda serles útil para ganar expresividad tras determinados objetivos.


Fotos: Sonia Almaguer


Experiencias de creación de teatro dramático ligado con música lírica —Canción para estar contigo, en la cual la soprano Bárbara Llanes es actriz invitada—; o con música popular y bailable en vivo, cargada de resonancia caribeña —Cuento de amor en un barrio barroco, protagonizada por William Vivanco acompañado de la típica y juvenil Orquesta Miguel Failde—; o búsquedas a partir de textos más experimentales como los de cámara de Lorca, concebidos para un teatro físico coreografiado, para lo cual invitaron a Yadiel Durán a diseñar el movimiento, diversifican tendencias y muestran la imposibilidad de estos artistas en acomodarse a la expresión titiritera, que saben hacer muy bien, para aventurarse y tomar derroteros más complejos.

Cuatro es una muestra elocuente de ese espíritu. La beca Santa Camila de La Habana Vieja, que convoca la UNEAC matancera para artistas escénicos menores de 35 años, recayó en 2016 en el proyecto de Yadiel Durán, y se conformó un equipo para trabajar a conciencia el multidisciplinarismo de la escena. Rubén fue una suerte de padrino retador y exigente desde la aproximación conceptual escénica, en permanente diálogo con Durán, responsable de la aproximación coreográfica, la selección y edición musical. María Laura Germán guio la aproximación dramatúrgica y decidieron crear colectivamente la aproximación espectacular, con el ojo y la mano de Zenén Calero en la intervención plástica, más otros colaboradores.

Así emprendieron la faena a plenitud, con sus cuerpos y sus mentes. El concepto de aproximación, que se alía con tanteo y búsqueda, fue pauta también para que aparecieran los personajes de cuatro seres emblemáticos de la cultura cubana que, paradójicamente, no les eran suficientemente conocidos ni a los jóvenes artistas, ni a los espectadores potenciales a que apunta de manera preferente un proyecto de esa naturaleza. Y la carencia fue desafío y provocación para investigar, probar pasos y movimientos, leer y elegir pasajes y claves esenciales hasta descubrir como hilo común insoslayable la cubanía.



 

Deliberadamente reñida con el propósito biográfico, la aproximación es también selección a fondo, tanteo en las esencias de lo excepcional de cada uno, trascendido y estilizado. José Jacinto Milanés afloró desde el apego del joven gran poeta del siglo XIX a la ciudad de Matanzas. Su cuerda lírica y su temprana locura, fruto de dolores compartidos por el amor imposible y la patria envilecida, absorbieron las energías de Yadiel, que bebió de su lírica y de su leyenda —recreada para el teatro con magistral intensidad por Abelardo Estorino—, así como del imaginario que flota en el ambiente más cercano. María Laura Germán se apropió de Rita Montaner, La única, con su talento y sus desplantes, su gracia natural y sus sarcasmos, su chispa de lengua lisa y sus dolores más íntimos. Iván García asumió a Ernesto Lecuona a través de la afanosa búsqueda de un espacio de pertenencia, desde la transterritorialidad y la médula de su música. Y Anis Estévez Rodríguez empeñó lo mejor de su lozanía juvenil para encontrar a Haydée Santamaría, la muchacha campesina que se hizo guerrillera persiguiendo sueños, la hermana cariñosa, la mujer empeñada en entregarse a crear para los demás mientras trataba de vencer el dolor, por la vida.

Al aparecer cada uno de los actores bailarines como tal y compartir con el público una síntesis de su propia biografía y un chispazo de sus sueños, la vocación de presentar previene cualquier ilusión biográfica y nos hace parte del juego performativo. El discurso que da sentido a cada palabra, y a las acciones y movimientos, vertebra actuación y danza según la pauta del teatro coreográfico, con su propósito de alcanzar un equilibrio cómplice y fecundo entre ambas. Las escenas corales, los dúos y pasajes aleatorios acusan el rigor del entrenamiento para armonizar los dos lenguajes y el desempeño a fondo de las aptitudes psicofísicas de los cuatro. Y los cuatro se lanzan para ser los puentes entre la impronta de aquellos y nuestra percepción de hoy.



 

La mirada de María Laura contrapuntea con la energía irradiante de Rita, interioriza sus impulsos y ocurrencias, pues la actriz sabe mirarnos y mirar hacia dentro de sí, su construcción de la diva, que aflora en el absoluto control de su musculatura facial al hacerla transitar del desparpajo al temor, sin bajar la guardia en el toque de gracia. Yadiel Durán sabe moldear su cuerpo entrenado y dúctil de un halo de lirismo, de agitación y pasión enajenada, y decir bien los versos, seguro de sí cuando fija su vista en la platea y en la interacción orgánica con los otros. Iván se vuelve carne de la tensión de Lecuona entre la trascendencia universal del camino elegido y el desarraigo en la memoria insular. Su búsqueda afanosa de la partitura perdida de una ópera de cubanísima estirpe, El sombrero de yarey, metaforiza la naturaleza de la angustia. Y Anis Estévez abre el candor de sus 19 años para compartirnos sus tribulaciones en busca de los secretos de una mujer extraordinaria. El pasaje de la agonía de Haydée, trabajado a nivel del suelo en una cadena febril de movimientos, es auténtica lucha contra el dolor de las ausencias que alcanza un momento cimero en su propuesta. Cada uno podrá seguir madurando sus sagas, pero a la altura de la novena función, cierre de su breve temporada habanera, Cuatro acusa la ganancia de lo auténtico.



 

La palabra es sintética, en fragmentos monologados o en ráfagas que se cruzan con la de los otros y tejen un crescendo en el ensayo de la pertenencia que los une. Los versos y las citas se recrean en licencias poéticas y rítmicas que exploran en nuevos sentidos. El trabajo con los objetos manifiesta la aprehensión de técnicas familiares que crecen en elocuencia. La mochila de guerrillera de Haydée, sus piedras y su amada bandera; el portafolio lleno de partituras del músico; la maleta del poeta con el tesoro que son sus libros, y el neceser de Rita con su inseparable micrófono, bastan como sintéticos atributos para corporizar deseos y revelar el alma de los caracteres. Sumado a la búsqueda actoral, el vestuario de Zenén Calero, en tricolor patrio, elige una sencillez cercana al presente y efectiva para que el montaje pueda alcanzar los escenarios más diversos por la Isla. Y el coreógrafo vuela en lo sonoro al hilvanar con sentido dramático temas de Lecuona con Matamoros, Eduardo Saborit, Carlos Puebla, Edesio Alejandro, Gema Corredera y Los Muñequitos de Matanzas, entre otros.

Un golpe de artificio, restallante de contemporaneidad, compone el conjunto final, cuando los cuatro cuerpos se yerguen ante las letras agigantadas de la palabra cuatro, en concentrado clímax. Con la quietud y la belleza del efecto, sencillo y conclusivo, aflora la sostenida emotividad que atraviesa el espectáculo.

Vale Cuatro por su arriesgada búsqueda de lenguajes, el compromiso verdadero de entrega artística y la síntesis de cubanía profunda.