Eduard Encina (XXII Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, 2017)

 

Manigua

 

menos yo, todos se han ido

menos yo, todos menos yo

eligieron un camino para regresar

una voluntad para irse; yo he quedado

dueño y señor de lo que todos dejaron.

(Alberto Rodríguez Tosca)

 

En agosto del noventa y cuatro

el mar estaba revuelto,

pero yo no.

 

La manigua amplificaba

el desplome del malecón,

áspero contra cabezas negadoras,

áspero contra el lunes, la hogaza, el desatino.

El mar era un punto ciego.

Internados en la zarza

no había una mujer árbol

a quien robarle los ojos,

ni un hacha con qué abrir tajos

hacia la orilla.

 

En agosto del noventa y cuatro

el mar no era una solución.

 

Fijos en el horizonte,

extraviamos la edad de volver hacia adentro

y escuchar la espesura

que lo cubría todo.

 

Los perros no se veían,

la calma no se veía,

“tal vez los dioses escuchen”,

tal vez los dioses devuelvan al Ruso,

a Víctor Adriel que me dejó su miedo

velando la sombra que construimos.

Construir/destruir,

destruir/construir.

 

Duermen muchos cuchillos en el recuerdo,

a veces se despiertan

y Ángel Escobar en el aire hace piruetas

detrás de unas voces,

Dylan Thomas y yo tumbamos bejucos

con la botella de azuquín casi hasta el fondo;

otros malditos ponen su poco de carroña

para completar al tipo/

oscurecido/

frente al espejo.

 

“Tal vez los dioses escuchen”, decía mi madre

con un enfisema, con un país fracturado

en los pulmones.

Agosto/angosto

angosto/agosto

fracturado en los pulmones.

 

El paisaje se nubló

y extraviamos la palabra

que era el único camino,

nadie dijo: “pinga, por aquí no pasarán”,

en silencio pisotearon el silencio

de cabezas negadoras,

mientras kurdos y chechenos no tenían mar

ni agosto ni zarza donde esconderse

del fuego/fuego/ fuego/ fuego.

 

Sentir la manigua nos hacía respirar,

internarse despacio

en la parte más amada.

Nadie lo entiende,

quizás entonces tampoco lo entendí.

La manigua era un mar hacia dentro,

confuso

frágil,

pero nos hacía respirar/ fuego.

 

De este lado

las olas se volvieron eco,

carne a la deriva,

pero nosotros preferimos la tierra

sin saber que iba a tragarnos el sueño.

Tierra hay en todas partes,

país no.

 

Anatomía patológica

 

Un país en silencio

se muere.

No hay dolor,

sino cuerpo dividido

en pequeñas porciones

de indiferencia.

La gente no se detiene

ante el cadáver cotidiano.

No hay dolor,

solo un país abierto

sobre la mesa,

acostumbrado al bisturí,

a ser el que se pierde

cada día.

 

El leñador

 

Es que el hacha cortante/

solo se aparta de nuestras cabezas /

con el golpe de otra hacha.

J. Martí

 

Para no convertirme en ti/ me alejo.

Ser animal o poeta no marca diferencias,

pasto y escribo/ escribo y pasto,

odio la hierba,

la enveneno

y el bosque se multiplica.

Lo que necesito es distancia,

Tú en ceba/ Yo en mi dolor

sin aceptar la sombra,

sin cabecear un minuto,

alejado,

para entender el bosque,

tomar el hacha

y destruirlo.

 

 

José Luis Serrano (Premio Ilse Erythropel)

 

Albert Einstein kaputt. Últimas jarras

de cerveza en el bar. Último round.

Últimas logomaquias de Ezra Pound.

Ser libre es disfrutar nuestras amarras.

 

Verdades más o menos adventicias

con que ingeniamos la terrible mezcla.

Que un himno (que una danza) se establezca

sobre los restos de la noche. Albricias.

 

Multitudes movidas por la lógica

del carnaval. Pedante, pedagógica

inflexibilidad. Hay inyecciones

 

que nos absuelven del dolor. Hay óbolos

que nos hacen felices. Los discóbolos

tensan ante las gradas sus tendones.

 

La formidable puerta se desquicia.

Los aurigas han muerto. Frida Kahlo

resbala bondadosa sobre el falo

del muralista insigne. La delicia

de sostener sus delicadas corvas.

Acantilados. Desleídos. Luzca

sus atributos de manera brusca.

Clavicémbalos, cítaras y tiorbas.

El hombre orquesta, el narcotraficante,

entra al segundo o al tercer cuadrante

de la desilusión. El terciopelo

de la desilusión. Virgen de cera.

Entrañas conservadas en salmuera.

Aguardiente bebido a contrapelo.

Tokio. Roma. Berlín. Washington. Londres.

Núremberg. Nagasaki. Potsdam. Yalta.

¿Necesitamos tósigo? ¿Hace falta,

Dr. Bettelheim, que nos atolondres?

Membranas, densidades y gradientes.

Tendrás que echar el bofe, la atrabilis,

mientras las Sandras o las Amarilis

te observan a hurtadillas, subyacentes.

En su concha de nácar, el molusco.

Tenochtitlán ha colapsado. El Cuzco

ha colapsado. Copas de ginebra

para calmarle a la ciudad los nervios.

Los humildes esperan. Los soberbios

también esperan. Algo se vertebra.

Una fiesta, un banquete, se sazona.

Vidrieras convertidas en añicos.

Los persas se quedaron chiquiticos.

Es el minuto de la comadrona.

Un iceberg, unos pernos, unas lycras

arrancadas delante del azogue.

Una cerveza, un cónclave, un desfogue.

Estamos a milímetros, a micras.

¿Habrá por siempre puercos en las púas?

¿Tostones? ¿Aguardientes? ¿Capicúas?

¿Vencedores habrá siempre en el podio?

El labriego se quita la polaina.

El pie de Ulises entra en la jofaina.

Los pretendientes cierran su episodio.

Furiosa (impredecible) degollina.

Los apparatchiks. La nomenklatura.

Bronquios expuestos a la picadura

del tabaco. La lenta nicotina.

El lentísimo alcohol. La pantomima.

La verticalidad. Cuando concluyas

habrá unas loas, unos aleluyas.

Vendrán a levantarte la autoestima.

Hay que entregar las piedras al malandro.

Esto es el ápeiron, Anaximandro.

Lo que queda del ápeiron. Los griegos

estaban locos (fíbulas, ajorcas,

algo que los Albertis y las Lorcas

no pueden comprender), estaban ciegos.

Cuando despiertes, cuando te acomodes

al descalabro, tu cocorotina

dejará de soñar con Palestina

y los desmanes del terrible Herodes.

A toda prisa, comediante, empacas.

Los clavadistas correrán el riesgo.

Hay un mazo de llaves, hay un sesgo.

Bolas que ruedan hacia sus buchacas.

¿En realidad nos hace falta un antes

y un después de tal cosa? Fulminantes

entradas y salidas de Houdini.

Una alegría que nos atraviesa

como un clavo oxidado, sin cabeza.

Chandler prepara el último martini.

 

¿Hacerse el talibán? ¿Hacerse el sueco?

¿Solicitar información? Conspicuas

formas de amedrentar a los boricuas

y los chicanos. Quítate el chaleco

y pon las drogas en la mesa. Baba.

Espumarajos. Es mejor que hiervas

estos bejucos, estas buenas yerbas.

La hermosa construcción se nos desclava.

¿Entonar unos cantos gregorianos

a estas alturas? Al tuntún, rayanos

en la entropía, en el sentido fuerte

de la entropía. Modus operandi.

Acaba de morir Mahatma Gandhi.

Impecable estructura de la muerte.

Hay demasiado polvo en los estantes.

Las cornucopias y las risotadas.

Los caprichos de las embarazadas.

La voluntad de los agonizantes.

Hemos llegado tarde al replanteo.

Es comprensible que nos aborrezcan.

A pesar del hedor, algunos pescan.

A pesar del hedor y el chapoteo.

Calendarios, programas, libros de horas.

Institutrices, acomodadoras.

Exposiciones fuera de concurso.

Las semillas más crudas del realismo.

El eterno regreso de lo mismo.

La desesperación como recurso.

Alberto Korda sabe de antemano

que su patria es la noche. Robert Capa

le da al obturador y se agazapa

en la trinchera de lo cotidiano.

Las plantaciones de Nestlé. Las habas

de Nestlé. La recóndita disnea.

Es el motor de Dios, que cancanea.

Es la lenta montaña que socavas.

Stalinestá muerto. No permitas

que contaminen tu dolor las cuitas

del joven Werther. Un tijeretazo

por la línea de puntos. Nunca, nunca

conseguirás salir de la espelunca.

La contaminación aprieta el lazo.

¿Flotar entre lisonjas y diatribas?

¿Penetrar disfrazado en el enclave?

¿Dejarse succionar por el deslave?

¿Alegatos? ¿Pretextos? ¿Evasivas?

Todas las pruebas en el portafolios.

Los polímeros vencen al esparto.

Verdades que se urden en el cuarto

de edición. Filantrópicos escolios.

El Madrid es goleado por el Barça.

Somos los figurantes, la comparsa

que aplaude, aplaude, aplaude. Una manera

de vincular islotes inconexos.

Borrachos más o menos genuflexos.

Helen Keller. Cipriano de Valera.

 

 

Milho Montenegro (Beca de Creación Prometeo)

Quien se asoma, se asusta.

Quien escucha ruidos,

sabe que solo ratas

me visitan.

Nelson Simón

 

I.

hueco en la sombra

donde he perdido los arbitrios.

las paredes dialogan

con estos restos

y

mi nombre se diluye

en ecos.

celda:

ámbitos donde no alcanza la luz/

extensión/

apéndice del vacío/

pilastra de un reflejo

que boquea.

 

II.

me acomodo

entre residuos de pasos

que se alejan.

ardid

para resistir el desplome/

días/

eso que habita/

estorba

como tela de araña.

actos que procuran

desmembrar

la oquedad.

súplica:

maquinación inútil

para asir/

saber.

 

III.

hundo la cabeza/

dejo que el musgo muerda

mis párpados.

ellos pasan/

escupen al mirar/

alimaña de celda

(vociferan)/

escoria-estorbo sin voluntad/

bramando

mientras los ojos pisotean

¿estas manos/ los pies/ mi frente?

pedazo de carne que padece

aquello

que no ha de rozarme.

 

IV.

forma de la existencia

donde

mueren rezos

para abonar

el espanto.

subterfugios disueltos

en desagües de fragmentos

sin memoria/

el tiempo guarda centellas

bajo mi frente/

voy sobre la palma

de mi mano/

bregando contra lo que soy/

(yo-aborrecible/yo-fenómeno)

corrompiendo/

descepándome

dentro.

 

Especial para La Jiribilla